La Gran Epopeya


“¡Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario!”

Amanece que no es poco.

Si algo es fácilmente constatable, con la perspectiva que dan 60 días de confinamiento, es que el Gobierno ha aprovechado este tiempo no tanto en combatir los perniciosos efectos del virus, labor realizada por tantos y tantos policías y sanitarios, sino en implementar su agenda ideológica y conformar su nuevo relato de la tragedia.

Todas las energías del Gobierno se les han ido, y se les siguen yendo, en la batalla de la propaganda, pues la guerra contra el virus la perdieron hace mucho tiempo. Tras la palmaria imprevisión y la manifiesta dejadez durante los primeros momentos cruciales que hubieran permitido, según los primeros estudios, salvar a más del 60% de las víctimas, han buscado por todos los medios retomar la iniciativa y convertir un fracaso político, un fracaso sanitario, un fracaso social y un fracaso económico en un nuevo triunfo del Gobierno de la Gente.

Había que virar el rumbo 180º y evitar que la población, en la aburrida soledad de sus confinamientos, no empezara a plantearse y pensar ideas peligrosas. No se podía llegar a permitir que acabase encajando la sospecha de que el que España estuviese a la cabeza del podio mundial de muertos por número de habitantes, tuviera algo que ver con la gestión del Gobierno. Pero es justo reconocer que tienen talento para ello, aunque siempre sea fácil ganar una guerra cuanto tus tropas superan a las del adversario en 9 a 1, como ocurre en el terreno de la propaganda y los medios de comunicación. En eso, como en cualquier otra cosa que les beneficie, nunca han pedido cuotas.

Sus asesores seguramente saben que lo que más atrae y une a la gente es una buena historia; y a esas se pusieron, a fabricar el relato de la mayor gesta de nuestros tiempos. Y para crear una narración digna de tal nombre, con sus buenos y sus malos, había que definir un villano digno de serlo, malvado y poderoso, al que imponerle todas las calamidades habidas y por haber y, como contrapartida obligada, un héroe redentor que tal vez no buscaba serlo pero las infaustas circunstancias no le dejaron otra opción.

No os sorprendo si os revelo el nombre de los héroes, el dúo Sánchez e Iglesias, a los que esta situación les ha llegado como un cometa caído del cielo, una plaga egipcia surgida de sopetón contra la que apenas pudieron prepararse pero que, en cuanto se percataron del peligro, casi los primeros en el mundo entero, antepusieron la salud al vil metal de la economía, a diferencia de otros gobiernos, mientras implementaban el famoso Escudo Social. Pero la realidad es tozuda y no es tarea fácil borrar de la cabeza la parálisis gubernativa mientras el virus campaba por Italia durante semanas e, incluso por España, hasta la reacción, primero, de algunas CCAA y, por último, de nuestros supuestos paladines.

Para eso están nuestras televisiones, que nos han retransmitido un estado de alarma que parece sacado de los mejores anuncios de Coca Cola o Estrella Damm, con ciudades convertidas en un remanso de paz bucólica, donde la contaminación descendía hasta niveles nunca vistos, la gente aplaudía entre risas desde sus ventanas mientras alababan las últimas palabras de Fernando Simón (algún nuevo matiz del Síndrome de Estocolmo), se reían sobre la situación con las nuevas series de TVE sobre el tema y los enfermeros bailaban en sus hospitales frente a unas puertas cerradas donde muchos ancianos morían en soledad, tras 40 años de cotizar y construir un país, por la falta de respiradores.

Si resulta pavoroso comprobar, a tenor de las encuestas, como sus votantes prefieren que se acumulen a decenas de miles los muertos bajo un gobierno de izquierdas que un perro sacrificado por la derecha desde Moncloa, peor es comprobar como han conseguido hacer calar entre la población esa falta de humanidad, siempre tan criticada, que provoca que en tiempos normales nos afecte más un muerto en nuestra ciudad, o comunidad, que un centenar cruzando el Mediterráneo. Ahí les ayuda el veto gubernamental a cualquier imagen de la pandemia, a que solo podamos imaginarnos la gravedad de nuestros hospitales cuando vemos las imágenes de lo que ocurre en Italia, Inglaterra o EEUU, con gobiernos, parecería mentira, menos autoritarios que el nuestro. Solo convertir estas tragedias humanas en un número permite expresiones de júbilo y proclamar buenas noticias cuando “únicamente” mueren 200 personas diarias. 200 que no son nuestros vecinos, abuelos o amigos. Solo son números.

Pero volviendo a nuestra fabulosa historia, hay que definir el villano. Y frente a nuestros gloriosos adalides debía levantarse una oposición crispadora, furibunda y fuera de toda razón, responsable, por supuesto, de haber practicado imperdonables recortes en la Sanidad Pública. Así pudimos ver esas primeras vergonzosas semanas donde el Gobierno se llenaba la boca pidiendo unidad política mientras todas sus grabadoras mediáticas cargaban machaconamente contra las CCAA del PP, sus recortes, el Rey y los empresarios, los chivos expiatorios habituales de nuestra extrema izquierda patria. Que casi todos esos argumentos se demostrasen falsos o que, si hubieran sido ciertos, Sánchez bien podría haberlos revertido en sus 2 años al frente de la Moncloa son pequeños detalles sin importancia.

Sin embargo, pronto esa maniquea epopeya se vino abajo. Mientras los muertos se amontonaban en decenas de miles, los bulos del Gobierno se destapaban, los errores garrafales se encadenaban y, por si fuera poco, los villanos, lejos de asumir su papel, además de mostrarse dispuestos a ayudarlos, en algunos lugares alcaldes y presidentas forjaban verdaderas gestas heroicas.

Por eso se tuvo que remodelar el relato. Y como las verdaderas heroicidades, concluyeron, requieren de gestos y gestas, buscaron otro símbolo que pudiera interesar a cualquiera: dinero en efectivo. Nada de vagas promesas y falsos escudos que chocasen una y otra vez con la realidad del expolio mensual de hasta el último euro de la cuota de autónomos y la excepcionalidad española de no bajar los impuestos mientras se aumentaba el número, y presupuesto, de su ya mastodóntico gabinete ministerial.

En 500 euros de ingreso mínimo vital quedó la cosa, un símbolo bien pensado hasta en el nombre pues aleja las connotaciones de la renta básica universal mientras lo asocian con algo tan importante con la vida, pues sin él, morirían a miles... no como ahora. Pero nada más que eso, un signo, donde poco importan los requisitos (que todavía ni siquiera conocemos) sino la sensación de que se va a repartir dinero a troche y moche. Un dinero gratis y abundante. Un dinero con el que todos seremos agraciados pues, claro, todos lo necesitamos. Poco importa la contabilidad, y no hablemos de preguntas sobre quién pagara la factura.

Pero mientras los sanitarios, exponiendo su propia vida, iban engordando las tasas de contagiados en porcentajes superiores a los de cualquier otro país, Sánchez y los suyos seguían más preocupados de suministrar mordazas que mascarillas y hubo de cambiarse una vez más el relato. A partir de entonces el villano no sería el PP ni nadie al que pudiese ponerse nombre, pues estos elegidos demostraban una y otra vez superarlos, sino una amplísima y abstracta red, fuertemente financiada por la ultraderecha, que se dedicaba sistemáticamente a lanzar a las redes bulos y noticias falsas a nivel industrial. Y para ello ordenaron incluso a la policía a rastrear todas aquellas que consideraban “Fake News”, lo que definieron como “contrarias al gobierno”.

Se podría objetar que la libertad de expresión ampara también la libertad de mentir (excepto en calumnias o estafas), si no serían los propios terminales mediáticos del Gobierno quienes deberían estar frente a los tribunales, pero resulta tan elemental explicar que, mientras sigamos en democracia, criticar o fiscalizar al Gobierno  no es ilegal, que sonroja hasta explicarlo. Es la demostración palpable de que se les están acabando ya todos los argumentos.

Y ahora, con la mayoría de partidos en su contrata tras dos meses de chapuzas, están quemando su último cartucho. Alardear de un presunto éxito de gestión que permitiría, ahora sí, culpar a quienes se desmarquen de su labor de todos los males es un insulto a la inteligencia tan grande como indignante es la celebración de la Ministra de Trabajo ante el elevado número de personas que deberán acogerse a las prestaciones por desempleo. Aunque tal vez me equivoque y este último giro pivote más cerca de la óptica de Iglesias, quien marca el camino mientras el Ejecutivo marcha de derrota en derrota, hacia la victoria final del estallido social que abra la senda a unas jornadas revolucionarias que pueda dirigir desde su inmenso chalé en Galapagar.

Porque si seguimos en nuestra historia y Sánchez es el presidente que más ha hablado de la “guerra” contra la pandemia, también es el que menos ha hecho para ganarla. Bajo sus órdenes perdimos la batalla del calendario, la batalla de los respiradores, la batalla de las mascarillas, la batalla del cómputo de muertos, vamos perdiendo la batalla de los test, la batalla de las aplicaciones telefónicas como requisito para la desescalada y si seguimos así perderemos también la batalla de la economía y la batalla del paro y la desigualdad social.

Puede que vaya siendo hora de cambiar de General ahora que todavía quedan soldados dispuestos a seguir luchando.


A.C.G.

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