Coronabobos
“Un día pasó por allí
una hormiga que llevaba a cuestas un grano de trigo muy grande. La cigarra se
burló de ella: -‘¿Adónde vas con tanto peso? ¿No ves que estamos en verano y
hace calor en este día fantástico? ¡Ven conmigo aquí a la sombra a cantar y jugar!
Estás haciendo el tonto.’ Sin embargo la hormiga no le hizo caso y siguió
almacenando provisiones para el invierno”.
La cigarra y la
hormiga.
Si
hay un esquema que se repite entre los diferentes partidos de todo el espectro
político, poco importa a la derecha o a la izquierda en que se encuentren, es
que cuando la economía marcha viento en popa los Gobiernos sacan pecho, pero
cuando las cosas vienen mal dadas… la culpa es de Europa. El chivo expiatorio
perfecto.
Durante
los últimos días, desde el Ejecutivo, difundiéndose por los medios afines, que
son casi todos, y secundados alegremente por euroescépticos como VOX, se ha
intentado trasladar la culpa de todos nuestros futuros males económicos a la
Unión Europea, “¿cómo es posible que no
haya hecho nada para ayudar en esta crisis?”. Sin embargo, la auténtica
pregunta sería, ¿Y qué podría haber hecho? ¿Decretar confinamientos? ¿Cerrar
fronteras? ¿Mejorar los suministros de los sistemas sanitarios? Todas y cada
una competencias nacionales, gracias a la voluntad de los propios países
miembros. Lo único que pudo hacer la Unión fue alertar y recomendar a través de
sus instituciones… y ya pudimos ver la atención y el caso que le prestaron
países como España.
Sin
embargo, sí que existe una cosa en la que puede ayudar, la única en la que la
Europa de las mil nacionalidades decidió aparcar sus psicosis soberanistas y
problemas identitarios: la economía. Imprescindible ante el desastre que nos
espera, uno que se pagará con deuda. Y, ante esto, se ha vuelto a posar sobre
la mesa de negociación una vieja receta económica: los Eurobonos, renombrados
como Coronabonos. Una idea genial: en lugar de que cada país salga al mercado
emitiendo su propia deuda (con el consiguiente aumento de intereses hacia aquellos
con mayor riesgo de impago), la Unión en conjunto emitiría una deuda que
englobaría la de todos los países de la eurozona. Lo mismo que hicieron los
bancos en los 2.000, esconder deuda mala entre deuda buena, y que acabó
degenerando en la crisis financiera. Con fórmulas así, ¿qué podría salir mal?
Pero
bueno, a corto plazo significaría para los países del sur, los defensores de la
propuesta, que apenas pagarían intereses y que, si en algún momento no pudiesen
hacer frente a la deuda, serían los países más solventes y que han hecho los
deberes los que acabarían desembolsando su parte y la del resto. Dinero gratis
que viene, literalmente, como una riqueza caída del cielo para Sánchez e
Iglesias que servirá para postergar, una vez más, las importantes reformas que
España necesita y afianzar un fuerte sistema clientelar con un reparto
indiscriminado de fondos públicos que hará parecer una broma el que les sirvió
para perpetuarse en Andalucía durante 40 años.
Pero
si ninguna persona en su sano juicio querría dar ni un centavo por el proyecto
de Sánchez ¿quién invertiría en una empresa donde la mayoría de sus socios
buscan como fin último su destrucción?, ¿por qué el norte de Europa se debería
sentir más dispuesto a la hora de pagar la revolución bolivariana de Iglesias?
Y ahí comienza la batalla del relato, la excusa de la insolidaridad y crueldad
norteña que impide la única opción de salvación; el lavado de manos perfecto,
el levantamiento de la culpa. Como si no se hubieran aprobado entremedias medio
billón de euros en ayudas condicionadas a la situación del COVID y el BCE no
hubiera comprado casi 750.000 millones de deuda. Como si alguien nos estuviera comprando ahora siquiera
un ínfima porción de deuda a tan bajos tipos si no compartiésemos moneda con
los alemanes, austriacos u holandeses. Y eso también es mutualizar el riesgo.
Pero
el problema de Sánchez/Iglesias viene de esa condicionalidad de las ayudas, ese
quiebra a la discrecionalidad y el derroche, que les lleva a huir en una
carrera hacia ninguna parte, pidiendo solidaridad como la cigarra a las
hormigas que se prepararon para lo peor, con el flojo argumento de que este
invierno nos ha alcanzado a todos. Y es cierto, el COVID ha golpeado a todos
los países del mundo, pero tampoco es falso que cada Gobierno ha actuado de
maneras distintas, por eso España cuenta hoy con 52 muertos por 100.000 de
habitantes frente a los 9,46 de Portugal, los 7,8
de Alemania, 1,64 de Polonia o los 1,3 de Grecia. Es razonable, podríamos
convenir, pensar que alguien está actuando mal.
Hacer
creer en la ficción de cheques en blanco entra dentro del manual del populismo,
ese del que aviva un resentimiento euroescéptico difícil de apagar una vez
prendido tanto al sur de Europa, al aumentar la frustración con el proyecto
europeo, como al norte, que da la razón a los nacionalistas eurófobos más
radicales.
Existe
otra opción, el temido “Rescate financiero”, que no es más que
un préstamo de la UE con intereses paupérrimos. Sin apenas coste económico para
la población ¿Cuál es entonces el problema? Dejando de lado el daño social de
fórmulas milagrosas dictadas por personas que no comprenden ni entienden la
cultura/historia de las sociedades a las que van a recetar su medicina (y es
que lo beneficioso a medio plazo debe de ser por fuerza digerible en el corto),
negociable sobre todo en las partidas a recortar de nuestro sobredimensionado
Estado y el disparate autonómico, el verdadero problema sería el político por la
llegada de personas que impidan que, como ha pasado el año pasado, si se pacta
un objetivo de déficit del 2% el Gobierno no anuncie que ha sido del 2,6% para más
tarde acabar situándolo en el 2,9% cuando se descubre, una vez más, otra de sus
constantes mentiras.
Con
antecedentes así, ¿qué podríamos esperar? ¿Qué el resto de Europa estuviera
dispuesta a financiar gratis nuestros despilfarros? ¿Qué estuviera dispuesta a
dar un aval a las políticas de Pedro y Pablo? “Condicionalidad”, claman como si fuera algo terrible. Pues depende
de las condiciones claro. Además, ahora mismo no se me ocurre nada a lo que nos
puedan obligar Alemania u Holanda que fuese peor que lo que tiene previsto
nuestro Gobierno. ¿A qué tándem preferiríais vosotros? ¿A nuestros Picapiedras
particulares, con sus ya probadamente fracasadas tesis, o políticos solventes
que, con sus muchos oscuros, han llevado a sus países al auge económico?
Solo
así, abandonando las desastrosas distopías y el infame populismo que ya nos
condujeron al peor periodo de nuestra historia y a una guerra fratricida,
podremos converger finalmente con Europa y empezar a hablar de eurobonos, algo por
otra parte perfectamente lógico en el contexto de una unión monetaria como el
euro pues, si algún día cae el Mercado Común por falta de mecanismos efectivos
que ayuden a mitigar las vacas flacas, las modélicas economías del Norte de
Europa también se verán arrastradas hasta el precipicio. Pero sin que nosotros
mismos hagamos nuestros deberes y frenemos el despilfarro, no podremos instar,
por ejemplo, a Alemania para que reduzca sus tasas de ahorro y superávit
comercial y promueva su consumo interno.
Siempre
he criticado a esos que mantenían como bandera lo de “España es el problema y Europa la solución”. Sin embargo,
desgraciadamente, ahora mismo y con nuestro Gobierno, al menos en el ámbito
económico, que es todo, esa es la realidad. Esa es nuestra desdicha. Y
permanecer dentro del euro, nuestra única esperanza.
