El Traje del Emperador
“¡Pero si el
emperador no lleva ningún traje! ¡Fijaos, fijaos, está desnudo!”
El
traje nuevo del emperador, Hans Christian Andersen.
Y
aquí estamos, donde nadie pensó que llegaríamos. Encerrados en nuestras casas
mientras toda España lucha contra un virus cuyas consecuencias acarrearemos
durante años. Mención especial a los héroes de nuestros tiempos, a los
sanitarios, a la Policía y la Guardia Civil, el Ejército, siempre tan
vilipendiado, los camioneros, reponedores y supermercados, los agricultores y
ganaderos, las empresas, el gran enemigo a batir, inmersos en una inmensa ola
de solidaridad, limosnas las llamarían algunos, que está permitiendo
pertrecharse a los sanitarios, públicos y privados, en su lucha contra la
pandemia ahora que el Gobierno los ha dejado a su suerte.
Pero,
¿esto podría haberse evitado? Esa es la pregunta que recorre las cabezas de la
sociedad confinada y a la que, desde el Gobierno y contra él, se intenta dar
respuesta. No nos llevemos a engaños, no se puede escapar de lo inevitable y
tampoco podemos exigir responsabilidad a ningún Ejecutivo por ello, lo que sí
está en nuestra mano reclamar es una Administración que no agrave las cosas con
su irresponsabilidad. Pues esta esta crisis podrá no tener culpables, pero sí
responsables.
¿Podía
haberse evitado la crisis? El CSIC fue el primero en alertar el 31 de enero. Ese día el Gobierno dejaba
de lado la opinión de los especialistas y en una escueta entrevista se
encargaba de tranquilizar: “España no va
a tener como mucho más allá de algún caso diagnosticado”. El comienzo de
todos nuestros males.
Ahora
mismo, los terminales mediáticos de PSOE-Podemos se esfuerzan con propagar la
cantinela del “no se podía saber”
mientras se ríen y desacreditan a los que osan criticar al Gobierno. “Capitanes a posteriori”, los llaman,
aquellos que solo saben a toro pasado. Parecería que los únicos capitanes que
valen son aquellos que acuden raudos al rescate del poder. Aunque en parte lo
que dicen es cierto, por eso es tan buena, como burda, la manipulación.
Obviamente el ciudadano común y corriente, cualquiera de nosotros, no disponía
de la información con la que nos bombardean ahora, solo algunas pistas y ningún
documento confidencial. No era este el caso del Estado, un Estado enorme y
sobredimensionado en nuestro caso, que cada año engulle buena parte de la
riqueza nacional a cambio de dirigirnos y protegernos con buen tino. No era
trabajo de la ciudadanía prevenir la situación, sí la del Gobierno.
Para
comer aparte tendrían los periodistas afines al poder actual (la práctica
totalidad de la televisión, buena parte de la prensa y algunas cadenas de radio)
si hablásemos de su responsabilidad en la situación en la que nos encontramos.
Bien hondo ha caído el mito del periodismo de izquierdas en este país, que ni
era periodismo ni era de izquierdas. Impactante resulta ver las semejanzas
entre sus declaraciones hace un mes, con las que ahora critican y se ríen en un
intento de salvar su imagen, y las que suelta la prensa afín a Trump. “Sologripistas” antes y no se podía saber
después. Cegados de ideología que, entre algunos de sus pocas exculpaciones, se
escudan en que se limitaron a transmitir la información que les proporcionaban
desde el Gobierno. ¿Es que no se dan cuenta de que precisamente esa es su gran tragedia
como periodistas?
En
fin, volviendo al tema, habría que preguntarse si existían motivos fundados
para las no actuaciones del Ejecutivo, ese no hacer nada más propio de tiempos
de Rajoy, que evitó por todos los medios preparar mentalmente a la población
por si acababan llegando los peores escenarios, formar personal sanitario y hacer
acopio de suministros en un momento clave donde los mercados aún no estaban
saturados o requisados. Y esto último podría haberse hecho incluso en secreto,
entre bastidores, si el objetivo era no alarmar a la población.
El
5 de febrero Carmen Calvo es
designada coordinadora de la respuesta al coronavirus, su primera y única
actuación con respecto al virus hasta su infección. El 13 de febrero, hace poco más de un mes, Sanidad insistía en que en
España “no hay coronavirus” y, por
ende “no existe riesgo de infectarse”,
ante una ansiedad social “un poco fuera
de lo razonable”. Con 132 casos y 2 fallecidos, Italia suspendía el
Carnaval de Venecia, cerraba las clases de 3 regiones y comenzaba el
confinamiento de las primeras ciudades. El Gobierno, ante las insistentes
preguntas por los cientos de aviones que aterrizaban a España provenientes de
zonas afectadas, lanza un tweet el 26 de
febrero a toda la población con, textualmente, las siguientes indicaciones:
“al llegar a una zona de riesgo, puedes
hacer vida normal. Si tras 14 días no tienes ningún síntoma, no es necesario
tomar medidas”, “frente a la extrema
derecha pidiendo cierre de fronteras por una gripe menos agresiva que la de
todos los años”. Italia suma ya 400 casos, España 13.
El
2 de marzo el Centro de la UE para
el Control y Prevención de Enfermedades pedía restringir los actos
multitudinarios. El 4 de marzo ya
son 228 contagiados, 18 veces más, ¿cómo es posible que los órganos encargados
a tal fin fueran incapaces de ver tal progresión de contagios? ¿O es que no
quisieron verlo? ¿Acaso tenían algo más importante entre manos? Parece ser que
sí pues el día 6 de marzo se
producía el clímax mediático por la nefasta “ley
Montero” mientras Haro, en la Rioja, entraba en cuarentena. Enfrascados en
su guerra ideológica, no solo se evitó tomar medidas fundamentales, como
prohibir los actos multitudinarios, los partidos de futbol o el acto de VOX
(donde acudiría Ortega Smith tras recorrerse todos los puntos calientes
confiado como estaba en sus todopoderosos “anticuerpos
españoles”), sino que alentó a asistir a las mismas manifestaciones.
Para
ello puso a trabajar a sus fieles periodistas y a los miembros del Ejecutivo
para hacer pública mofa y escarnio de las voces críticas. Fernando Simón se
reía en las ruedas de prensa anunciando los primeros muertos y el 7 de marzo Carmen Calvo animaba a ir a
todas las mujeres a la manifestación del 8-M con unas palabras que se tornarían
proféticas: “les va la vida en ello”.
Y si todo lo narrado anteriormente podríamos considerarlo como una grandísima
imprudencia (siendo enormemente generosos), lo siguiente, deliberado como fue,
entra dentro del terreno criminal: todos los que entren en la página web del
Ministerio de Sanidad podrán observar que durante dos días, el 7 y el 8 de marzo, no se facilitaron ni
hicieron público datos de infectados o fallecidos. Así, mientras el día 6
anochecíamos con 365 contagios y 5 muertos, el lunes 9 nos levantamos de golpe
con 999 casos y 16 fallecidos con ese famoso “alto repunte del domingo por la noche”.
Ese
misma mañana la Comunidad de Madrid aplicaba las primeras medidas ante la
parálisis de un Gobierno que observaba estupefacto como el caos comenzaba a
adueñarse de España conforme cada Comunidad, como Taifas independientes,
aplicaban medidas cada una por su cuenta y riesgo sin ningún tipo de control o
coordinación mostrando la irrelevancia de un Gobierno superado, un gobierno
cuyos miembros no habían sido escogidos en base a sus méritos o habilidades,
sino formado a base de cuotas, cuotas de socios de coalición, de cuotas de
género y de cuotas regionales, diseñado para desempeñar funciones de marketing
en épocas de bonanza, verbenas y enemigos imaginarios, no para gestionar un
país.
Acostumbrados
a tratar con emergencias humanitarias de millones de niños hambrientos recorriendo
las calles de Madrid, emergencias machistas, emergencias de género, emergencias
climáticas, emergencias fascistas, emergencias de memoria histórica… eran
incapaces de solventar una verdadera. Tan perdidos estaban que ni una sola vez
desde aquel momento se habló de infectados e infectadas, la prueba más
irrefutable de que cuando surge un problema importante no hay tiempo para
tonterías. 6 días de entumecimientos hasta el decreto del Estado de Alarma del
sábado 15 marzo. Un retraso
inexplicable que nos cuesta a cada momento cientos de vidas humanas, con nombre
y apellidos, miles de empleos y miles de millones de euros.
Ante
esta ausencia total de liderazgo y competencia, en medio de la mayor crisis que
España atraviesa desde la II República, dos figuras políticas continúan
creciendo día a día por su capacidad de gestión ante la pandemia: Isabel Díaz
Ayuso y Margarita Robles. Verdaderas líderes para momentos difíciles. Muy lejos
de la imagen que muestra Podemos a la hora de la verdad: la del sepulturero que
rebusca en los bolsillos del cadáver tras sacarle el anillo y la muela de oro.
Y
mujeres. Unas más entre las muchas otras que tan bien se merecen este último
alegato escrito por Pérez Reverte: “antes
a la guerra iban los hombres. Ahora hay mujeres médicos, militares, policías,
enfermeras, limpiadoras, cajeras, reponedoras, reporteras… a esta guerra
también van las mujeres, son muchas y tienen bajas. Juntos e iguales en lo
malo, recordémoslo cuando esto acabe”.
Recordémoslo
cuando volvamos a votar, que la incompetencia política solo es tolerable en
tiempos felices pero en los peores cuestan vidas. Y nunca sabremos a “anteriori” cuándo vendrán mal dadas.
