El Gobierno de la Ínsula Barataria
“El andar a caballo a
unos los hace caballeros, a otros caballerizos”
Don
Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
Hoy,
23 de mayo, más de dos meses después de que nuestra vida fuese confinada y comenzásemos
a dar los primeros pasos dentro de esta nueva normalidad, es un buen momento
para echar la vista atrás y realizar una de esas odiosas comparaciones que nos
permitan explicar cómo, a pesar de que el virus se haya convertido en una grave
crisis mundial, no todos los países sufren de la misma forma esta plaga. Y es
bueno preguntarse como España, con unas de las medidas más estrictas de Europa,
también presenta uno de los peores indicadores.
Y
es que, dando la razón a los voceros del Gobierno, utilizaremos uno de sus argumentos favoritos a la
hora de intentar quitarse el muerto de encima: esta tragedia no es cuestión de
ideología, pues gobiernos de todos los colores han fracasado… pero también de
igual manera otros tantos han triunfado con solvencia. Porque es cierto, los
resultados no son fruto de la ideología, sino de la incompetencia y la
incapacidad de gestión.
Por
eso, ¿qué mejor manera de comenzar
que con Portugal y su Gobierno de izquierdas,
tan profundamente admirado por nuestra izquierda patria? De ellos bien podrían
haber tomado ejemplo en esta ocasión. Y es que la cadena de aciertos del
Gobierno socialista portugués, que contrasta con la sucesión de errores de
Sánchez-Iglesias, ha permitido convertir la frontera entre nuestras respectivas
naciones en una especie de muralla ante el virus. Las medidas del Gobierno luso
comenzaron 8 días después de que el primer caso fuese detectado, y el
confinamiento llegaría a los 3 días de que el país superase los 100 casos y poco
después de la primera muerte. Y confinar a la población con 448 casos
confirmados y 1 solo muerto (frente a los 4.231 y 120 nuestros) es lo que les
ha permitido llegar a estas alturas con una tasa de 12,53 muertes y 293,67
casos por 100.000 habitantes. Exponente de que lo que marca la
diferencia siempre son las acciones de los gobiernos, y no la situación
geográfica de sus naciones, por mucho que según la Ministra Teresa Ribera,
designada para dirigir la desescalada, Portugal “pudo actuar mejor contra el virus porque venía del este y ellos están más al oeste”.
Porque
si nosotros viajamos hacia ese Este
llegamos a Grecia, uno de los países
que más rápido reaccionó frente al patógeno. Tras la desastrosa experiencia del nefasto Tsipras, el Podemos
griego, la mayoría absoluta del Gobierno conservador les ha permitido
actuar sin trabas ni demagogia de ningún tipo. Y es que su presidente,
Mitsotakis, alumno de las mejores universidades estadounidenses (Harvard,
Stanford…) y fogueado en el mundo privado en diversas empresas multinacionales
(banca, consultoría, capital riesgo…), se encontró en la tesitura de hacer
frente a una crisis sanitaria con un país devastado tras años de experimentos
populistas y con un gasto sanitario que se sitúa entre los más bajos de Europa.
Las medidas tomadas, antes incluso de la llegada del primer muerto o los
primeros 100 casos al país heleno, les colocan actualmente con 1,57
muertes y 26,78 casos por 100.000 habitantes, de las más bajas del Viejo
Continente, permitiéndoles, además, no tener que aprobar ningún tipo de “hibernación económica total”, lo que ha
permitido el movimiento “libre” de
los griegos bajo distanciamiento social y controlados por las autoridades
mediante aplicaciones SMS.
Pero
el uso de Big Data no es algo novedoso, viene importado del siguiente país en
nuestra lista: Corea del Sur. Justo al lado de la fuente del contagio y, por
tanto, uno de los que en principio hubiera comprado más papeletas para sufrir
esta situación, se han convertido en un ejemplo por tres cosas: una acción
rápida que promovió el uso de aplicaciones digitales para monitorizar a los
contagiados, lo que permitiría controla la pandemia desde sus orígenes, el
confinamiento selectivo de las zonas de población susceptibles de haber sido
contaminadas y, lo más importante, el uso intensivo de test para evitar la
expansión del virus por medio de los asintomáticos. Bastante bien le ha ido al gobierno
centro-izquierdista coreano no siguiendo la estrategia tomada por España rechazando,
de paso, los infames consejos de supuestos virólogos que pregonaban por
nuestras tierras que “hacer test a la
población no sirve de nada porque se puede crear una falsa sensación de seguridad”.
Eso les ha permitido, entre otras cosas, poder celebrar el pasado 15 de abril
unas elecciones legislativas con récord de participación mientras presentan
tasas de 0,51 muertos y 21,59 casos por 100.000 habitantes.
Otro
país que parece que no prestar oídos a expertos como Fernando Simón sería Japón. Con una población más envejecida
incluso que la nuestra (el 40% tiene más de 55 años), unas tasas de
concentración y hacinamiento terribles, hiperconectado con el gigante asiático
(China es su segundo mayor socio comercial y origen del 30% de sus turistas) y
uno de los primeros países en los que recaló la infección (cuando Pekín aún
mentía a sus propios súbditos y al resto del mundo), resulta encomiable
como el Gobierno conservador ha conseguido sacar a Japón de esta macabra
lotería. Pero lo dicho, como no sufren a sus Fernandos Simones, o no les ordenan a los suyos adoptar
ese papel, en lugar de perder el tiempo entre risas y sainetes mientras quitaban
importancia al tema, para cuando se registró su primer muerto ya habían
repatriado a casi todos sus ciudadanos atrapados en China, puesto a trabajar a
todo el sistema legislativo y creado un “Alto
Mando de Respuesta”, un comité (público claro, allí no necesitan diluir
responsabilidades entre entes invisibles) encargado de supervisar y dar el
visto bueno a todas las actuaciones del Ejecutivo. Otro país al que su rápida
actuación y un uso determinante y obligatorio de las mascarillas (aquí hemos
tenido que esperar al 21 de mayo y después de que el Gobierno incluso las
desaconsejara) les ha permitido evitar el confinamiento eludiendo al mismo
tiempo ese falso debate entre vidas y economía salvando ambas, pues a día de
hoy cuentan con 0,62 muertes y 13,54 casos por 100.000 habitantes.
Y
así podríamos continuar durante páginas y páginas, porque las actuaciones de
otros muchos países dejan en evidencia al binomio Sánchez-Iglesias, que se
mantienen parapetados en el poder absoluto (que siempre lleva aparejado una
responsabilidad absoluta) del Estado de Alarma, justificando su desastroso
bagaje detrás de supuestas “recomendaciones”
dictadas por desconocidos “expertos”
e infinidad de comparecencias que no sirven para ocultar sus incompetencias.
Sus retahílas de excusas no pueden obviar la lentitud del Ejecutivo a la hora
de tomar medidas o la ineptitud a la hora de llevarlas a cabo, pues otros
países no desoyeron las alertas de la OMS y la UE, o sus propios informes
internos, como el último que se ha descubierto, fechado el 10 de febrero y
firmado por el títere Fernando Simón, borrado ya de la web del Ministerio, que
avisaba que lo que se avecinaba no era solo una gripe, sino algo nuevo muy
contagioso y de alta letalidad (“la vía
de transmisión entre humanos se considera similar al descrito para otros
coronavirus capaces de transmitirse a distancias de hasta 2 metros” El documento en
cuestión).
Esa
tardía respuesta del mandato único de PSOE/Podemos, mezcla explosiva de
incompetencia, negligencia y fanatismo ideológico, nos permite darnos de bruces
contra los “satisfactorios” resultados
de otros países como Alemania (9,92 muertos), Austria (7,18), Dinamarca (9,68),
República Checa (2,94), Taiwán (0,0000003), Nueva Zelanda (0,43)…
Solo
podemos soñar con qué habría sido distinto leyendo informes como el de Fedea
(Fundación de Estudios de Economía aplicada) que calculan que de haberse
adelantado la cuarentena al 7-M, una semana antes, se podría haber evitado
hasta el 60% de los contagios y el 80% de las muertes. Deleznable, por tanto,
resulta escuchar a nuestros Ministros situarnos “en la gama alta del éxito” porque “en algunos países del mundo han tenido a sus líderes recomendando
beber lejía”, cuando España
tiene tasas de 61,18
muertes y 501,8 casos cada 100.000 habitantes y el mayor porcentaje de
sanitarios contagiados del mundo.
Con
esos datos solo podemos compararnos con países como Italia (53,98 muertes), el
primero en Europa al que llegó la pandemia y sin ejemplos cercanos a los que
acudir, Inglaterra o Suecia (54,88 y 38,57 respectivamente) que han apostado de
una u otra forma por dejar que el virus contagie libremente a la población y
que aun así presentan datos mejores que los nuestros, o los 29,33 muertos de
EEUU, donde todas las estupideces de Trump no han conseguido empeorarnos.
Y
eso tan solo considerando las 28.628 muertes oficiales, pues según el exceso de
defunciones de este periodo (dando por hecho que el difícil supuesto que el número
de muertes que ha evitado el confinamiento por otras causas se compensaría por
el incremento de otras enfermedades por la imposibilidad de tratarlas),
recogido por MoMo tras recopilar información de gran parte de los Registros
Civiles de España (no todos) llegaría ya a las 43.000 muertes. Que no nos
extrañe que estemos más cerca de las 50.000 víctimas, casi el doble de las
contabilizadas. Porque nosotros, a diferencia de Bélgica (80,57), no estamos
contando todos aquellos casos catalogados como posibles.
Es
normal por tanto que, dejando de lado medios de comunicación gubernamentales
como “El País”, cuando acudimos a las
principales cabeceras progresistas de medio mundo (“The Guardian”, “La
Repubblica”, “Der Spiegel”, “The New York Times”, “Le Monde”…) nuestro Gobierno sea puesto
como el camino a evitar con titulares como “Sanitarios
Kamikazes” o “¿Cómo respondió tan mal
España?”.
Otra
vez en poco más de una década,
por culpa de los mismos, volvemos a ser los apestados del mundo.
