Ad Hominem


“Turing piensa que las máquinas piensan. Turing es homosexual. Por tanto, las máquinas no piensan.”

Alan Turing.

El miedo a la irrelevancia, a diluirse en la vía del consenso y aceptar sus propias responsabilidades. Estos son los principales temores de un partido que trata de compensar su fatal error del 8M lanzándose contra sus adversarios políticos con especial virulencia. Y no hablamos del Gobierno, sino de Vox, que ha comenzado a apostar que la mejor manera de sacar rédito a esta crisis sanitaria y desviar el foco de atención de sus negligencias consiste en adoptar como propios los peores usos de Podemos. Incluso cabalgando contradicciones.

Resulta risible, e incomprensible en una formación que se dice patriótica, el rechazo de Abascal a mantener cualquier tipo de conversación telefónica con Pedro Sánchez y su idea de “Gobierno de Emergencia nacional”. No se le pueden pedir peras al olmo y la demanda de dimisiones y el comienzo de la vía judicial que ya pregona la formación es, por decirlo suave, inconsciente y prematura. Si es cierto, como piensan, que las miles de muertes de la pandemia han sido provocadas por la nefasta gestión del Gobierno, no mucho mejor es la actitud de quien se aísla y acomete con imposibles esperando que el aumento de ineptitudes, y el número de víctimas que generarán, les dé la razón.

Pero tal vez este aislamiento les proporcione, entre diatriba e invectiva, un tiempo de meditación y de examen de conciencia suficiente para reflexionar sobre la diferencia entre culpabilidad y responsabilidad. Quien defiende que los españoles vivimos bajo un Gobierno ilegítimo, comunista, criminal, embustero y solo Dios sabe que más, no puede ahora ampararse en que confió en el Ejecutivo a la hora de proseguir con su propio congreso. Quien tose en Vistalegre y luego abraza, besa y estrecha todas las manos de sus militantes, muchos de ellos víctimas potenciales, posee poca autoridad para criticar los guantes morados que llevaban las ministras socialistas.

Y es que al mismo tiempo que uno de sus máximos exponentes, Ortega Smith, regresaba de un viaje de placer de la casi confinada Milán para dirigirse a un acto de precampaña en Vitoria, una ciudad ya en estado crítico por el Coronavirus, Abascal, en unas declaraciones que ahora las hace pasar como si un visionario se tratase, pedía el cierre de fronteras a los “viajeros procedentes de zonas de riesgo”. Lástima que tal medida no fuera impuesta a su propio compañero, que, entre Milán, Vitoria y Vistalegre, también tuvo tiempo de acudir a su puesto en el Ayuntamiento de Madrid, el Congreso de los Diputados y a las manifestaciones de policías de Jusapol, sin escatimar en saludos, dejando un rastro de infectados bajo su paso. Solo él conoce todos los sitios que se recorrió y cuándo los síntomas se mostraron tan evidentes como en el 8M.

Poco podrá criticar tampoco Vox a Pablo Iglesias mientras mantenga en sus filas a un hombre que, habiendo dado positivo, también se saltó el confinamiento. Que el motivo fuera más noble (acompañar a su madre al médico), no le exonera de la responsabilidad. Y hablando de una forma sencilla para que él me pueda entender, hace falta ser muy hombre para admitir las equivocaciones con sinceridad y asumir las responsabilidades con serenidad.

Y Vox, y Ortega Smith, tendrán que afrontar las responsabilidades más allá de ese perdón descafeinado donde descargaba toda culpa en el Gobierno. Porque en política muchas veces no solo basta con pedir disculpas, es decir deshacerse de la culpa, sino que es necesario asumir las propias responsabilidades. Y alguna responsabilidad individual debe de tener quien puso en riesgo la salud de tantas personas. Sin ese paso poca legitimidad tendrán para exigir lo propio a otras formaciones políticas. Cínico es arrojarse el mérito de ser los primeros en alertar de la catástrofe mientras reunían a miles y miles de correligionarios en plena propagación exponencial del virus. Incoherente es escudarse en la negligencia mayúscula del Gobierno con la esperanza de que la suya, por menor, pase desapercibida. Sobre todo mientras claman que nadie podía alegar el desconocimiento por aquellas fechas. Sobre todo cuando ellos mismos rechazaron los avisos que se le hicieron llegar para posponer el acontecimiento.

Ahora, para cambiar el relato, elaboran un discurso de recetas simples para cuestiones complejas difícilmente encajables con la realidad existencial. Desde rechazar siquiera escuchar sobre los pactos de la Moncloa, sirviéndoles en bandeja al Gobierno la excusa perfecta, hasta su exigencia de retirar la sanidad gratuita a los inmigrantes irregulares, Vox, si quiere seguir conservando la etiqueta de “patriota” y “voz verdadera”, tiene que entender que el virus no es de izquierdas ni de derechas, y no se podrá combatir bajo los preceptos de ninguna ideología. Y tanto agravará la crisis económica las nacionalizaciones y las medidas económicas de extrema izquierda que amenaza con adoptar el Gobierno, como lo propio ocurriría con la crisis sanitaria si se discrimina a las personas, por algo tan poco relevante en este momento, como su condición de ilegalidad a la hora de tratarlas, permitiendo que se conviertan en trampolines para la infección.

Que se dejen de pedir 155 encubiertos únicamente a Cataluña, desinformar mediante montajes obscenos o hacer medidas económicas que parecen calcadas a las de Podemos (como pagar íntegramente, mediante todavía más deuda, los salarios de 13 millones de empleados, sin distinguir de quien gana 900 y quien percibe 9.000) y arrimen el hombro. Porque ayudar en esta situación y aportar medidas sensatas de gestión, al menos en lo poco que se deja el Gobierno, no es sinónimo de sumisión, pues no exime de la feroz crítica y la fiscalización del incompetente.  

Como decía Antonio Cánovas del Castillo, “Con la Patria se está, con razón y sin ella”.

A.C.G.

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