Cría Cuervos
Abstención. Esa palabra maldita que ningún socialista parece
que es capaz de pronunciar en público. Después del teatro montado para
desbancar a Sánchez, para desolación de Iglesias y los suyos, parecía obvio que
un cambio de líder también significaba un cambio de visión en el partido. Sin
embargo, parece que todas las fuentes oficiales siguen enmarcadas en ese triple
“no” (no al gobierno de Rajoy, no a gobernar con independentistas y no a nuevas
elecciones) imposible de cumplir. Todos
esperando a ver quién es el primero que se atreve a decir lo obvio, aquel al
que la militancia y gran parte de la izquierda crucificará.
Incluso los más moderados entre los militantes socialistas,
aquellos en contra del pacto con Podemos y los nacionalistas, tachan de
derechistas a los críticos encargados de la caída de Sánchez. No pueden
explicar el por qué, simplemente lo sienten.
Esto viene de lejos. En España, la izquierda jamás abandonó
ese lenguaje revanchista y de bandos enfrentados, tratando de enemigos, más que
de adversarios políticos, a todo aquello que se situara a su derecha en la
escala ideológica. Los que ahora son mencionados como grandes hombres de Estado
socialistas que ven ojipláticos en lo que se ha convertido el PSOE olvidan que
fueron ellos los que empezaron a cavar su propia tumba. Ya con Felipe González
existía ese mensaje de odio de: o nosotros, los buenos, o la derecha. Todo ello
encaminado a obtener una base de votantes y militantes fieles que jamás lo
abandonarían.
Sin embargo, todo tiene un coste. Conforme el PSOE se iba
cerrando más en esa capa de moral superior y de lucha contra el enemigo azul,
cada vez se alejaba más del resto de los partidos socialdemócratas europeos en los
que se miraba como espejo al comienzo de la Transición. Tras la caída de
González, llegaron años de abandono y de ausencia de un liderazgo fuerte que
marcara un camino diferente a seguir. Esa ansia por buscar un camino al estilo
europeo pero que no se asemejara en nada allanó el camino de un Zapatero que
resucitó todos las fobias y filias para mantenerse en el poder. Las repercusiones
aún hoy las pagamos.
Podemos es una de las consecuencias directas del gobierno de
Zapatero, así que no es de extrañar que para estos sea el mejor presidente que
ha tenido la democracia en España. Igual que Sánchez. Un político que no tenía
nada más que ofrecer que un odio enconado hacia todo lo que tuviera un poco de
color azul, suficiente para una militancia que se nutre del odio hacia el
enemigo y que preferiría cualquier cosa antes que pactar con Rajoy y los suyos.
“¡Antes con los independentistas que con Rajoy!” gritaba Iceta ante el regocijo
del público y de los primeros y ante el asombro y el susto de unos cuantos
críticos y del mundo entero.
Aquí nadie entiende que el PSOE pueda permitir la
investidura del odiado. Da igual las palabras de los que dicen que cualquier
ley importante con la que el PSOE no esté de acuerdo puede ser tirada hacia
atrás cuando la presente el nuevo Gobierno. Da igual las palabras de los que
dicen que se podrán aprobar leyes con las que no esté de acuerdo el Ejecutivo y
que el PSOE tendria más posibilidades de cumplir con su Programa Político de
esta forma que gobernando con Podemos y los Independentistas, que le exigirian
unas condiciones que harian del suyo un Gobierno más similar a uno de Podemos
que a cualquiera que haya tenido el PSOE.
Todos los que dicen cualquiera de estas cosas son entregados
derechistas, incluso fascistas. Da igual que lleven militando en el PSOE más
tiempo que González o que siempre hayan defendido al partido. Antes la muerte
que rendirse proclaman, olvidado ya cualquier atisbo de racionalidad. Olvidado
por imposible queda ya lo de la Gran Coalición, formula usada en tantos países
desarrollados y fuera ya de las taras tercermundistas. Parece increíble, pero
aquí es imposible un Gobierno multicolor, entre los 2 grandes partidos del
país, que haga más fácil la vida a la población y que produzca avances
consensuados que permitan sostener al país durante los próximos 50 años. Nuevas
leyes y cambios constitucionales consensuadas por una gran mayoría.
En esto el PP, que nadie se engañe, también tiene mucha
culpa al avivar, siempre que ha podido, las llamas del odio entre partidos,
utilizando la práctica del rodillo cada vez que se le presentaba. Pero eso ya
es otra historia.