Y con el Mazo Dando


El malestar, el resentimiento y la indignación surgidas de la crisis de 2008 se ha acabado convirtiendo en germen y abono de populismos, del Brexit a Podemos, pasando por Le Pen y toda su camarilla europea, que hacen temblar a un viejo continente retado por el resurgir de sus peores fantasmas. En Cataluña, mezclado con el amargo néctar de la corrupción, se intensificó la formidable operación de ingeniería social, con oleadas de propaganda de escuela goebbeliana, que llevaba ultimándose durante 40 años, costeada, paradójicamente, por las arcas públicas del propio Estado español. Hoy la farsa continúa, con Puigdemont chantajeando a España desde su cómodo sillón en la Generalitat y la CUP haciendo lo propio desde la calle. El esperpento último, que parece pedir a gritos la misma resurrección de Valle-Inclán, fue la declaración de independencia, dicha en su justa medida para no darle a Rajoy el motivo inexcusable para suspender la autonomía.

Pero no debemos caer en el debate de matices que algunos interesados quieren venirnos a contar. No se ha renunciado a la independencia, solo se ha dejado en suspenso; y solo se deja en suspenso aquello que previa e implícitamente se ha adoptado. Mientras, en su infinita benevolencia, los separatistas prosiguen con su chantaje emplazando a dialogar al Gobierno para que legitime sus ilegalidades.

El discurso de Puigdemont tenía un destinatario claro: los medios extranjeros. En España, salvo el populismo, nadie le compra sus mentiras. Y no porque Podemos crea que Cataluña es una nación oprimida, sino porque comparten un mismo objetivo, destruir el sistema del 78. Es fácil vislumbrar quien está poniendo un poco de luz dentro de este suspense político. Reflejo de ello fue que Albert Rivera se convirtiera en el enemigo a batir tanto de Podemos como de los independentistas en el Congreso; al igual que de Rajoy, asustado por la vehemencia con la que el líder naranja le pide algo asintomático a su carácter: hacer algo. Acusado, resulta doloroso y aberrante solo de escucharlo, de falangista solamente por defender la misma Constitución contra la que tanta campaña hizo la Falange.

Una de las pocas lecturas positivas que arrojaba estos días la situación de Cataluña, tras el mensaje del Rey, tan preciso y contundente que permitió a una España irritada, alicaída y decepcionada recuperar el pulso movilizando a empresas y ciudadanía, era la aparición de las primeras fracturas dentro de la familia independentista. Pero si ellos han expuesto sus evidentes diferencias, Iglesias y Colau han acudido bien solícitos a garantizar la viabilidad de la desconexión, conformando la argamasa del procés. No se podría entender el golpe de Estado separatista sin tener un ojo puesto en el nacionalismo xenófobo, que quiere una España rota, y otro en la izquierda excluyente, que está dispuesta a permitir desmembrar España si eso supone administrar sus despojos.

Deslumbra el contraste entre los insultos y desprecios con los que se acogió el mensaje de Felipe VI con la cuantía de elogios que se ha dedicado a Puigdemont y el supuesto fértil proceso de diálogo que ha traído consigo. Proceso que Iglesias espera ocupar en su misión de infiltrado en la operación de sabotaje al Reino. Nacionalismo y populismo unidos en la meta de la república catalana y la “coronación” de la república española.  

Esta semana celebró también el día de todos los españoles, el 12-O. Fue agradable ver a todos juntos, dejando de lado colores, discrepancias y agravios, unidos por el respeto a nuestra democracia, salida de la transición. Se notaron, por tanto, cuatro ausencias importantes: Navarra, País Vasco y Cataluña, todas gobernadas por nacionalistas, y la de Pablo Iglesias. Fecha, parece ser, sin importancia para él al lado de la Diada o el día de Aberri Eguna, la fiesta nacionalista vasca, a las que asiste, sin falta, cada año.

¿Quo vadis, Pablo? Tienes siempre en los labios la palabra Patria pero te cuesta pronunciar el nombre de España. Pretendes gobernar una nación que a la vez quieres ayudar a destruir. Decía Rilke que la patria es la infancia. ¿No naciste tú en España? ¿Tan difícil es amarla?

Más les vale a Soraya y a Rajoy que, ya que no han sido capaces de abortar a tiempo el golpe de Estado, sean al menos capaces de sofocarlo. Si no lo hacen, la riada cívica que se desató la semana pasada tras el mensaje del rey se los llevará por delante. Y más le vale oír a Pedro Sánchez las palabras de Borrel, representante del sentido común que abandonó el PSOE hace ya muchos años.

Cuando el Gobierno acordó mandar el requerimiento previo al 155 parecía que Rajoy, al fin, se había decidido a restituir el orden constitucional en Cataluña. Sin embargo, el segundo requerimiento, el que finalmente permitirá aplicar el 155, solo entrará en vigor si Puigdemont contesta que sí. Lo grave es, que si Puigdemont contesta que no ha declarado la independencia de Cataluña, todo seguirá igual. O peor, ya que incluso comenzará el diálogo con los golpistas. En definitiva, estamos ante un requerimiento trampa en que los engañados vamos a ser, una vez más, quienes creemos, como dijo Su Majestad, que las autoridades catalanas están incurriendo en una deslealtad inadmisible. Con declaración de independencia o sin ella.

Bien les recordaría yo a Sánchez y Rajoy una vieja cita de Ortega y Gasset: “La solución del nacionalismo no es cuestión de una ley, ni de dos, ni siquiera de un Estatuto. El nacionalismo requiere un alto tratamiento histórico. Los nacionalismos solo pueden deprimirse cuando se envuelven en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran estado en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse, porque la fortuna sopla en sus velas. Un Estado en decadencia fomenta los nacionalismo; un Estado en buena ventura los desnutre y reabsorbe”.

Y para terminar, no dejaré de recomendar a Iglesias que se cuide de ser aquello que su admirado Azaña definía como “Política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta. De políticos obtusos, loquinarios, botarates, gente impresionable, ligera, sentimental y de poca chaveta, insufrible por su inepcia, injusticia, mezquindad o tontería”.

Al final, como la historia nos ha enseñado, unos pocos dispuestos a todo valen más que muchos dispuestos a nada.

A.C.G.

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