El País de Nunca Jamás


Cierta y absoluta es la vieja máxima que sentencia que la historia está condenada a repetirse, primero como tragedia y luego como comedia. Aunque lo que estamos viviendo va camino de convertirse en un sainete. Pero, ¿Cómo se ha podido permitir semejante oprobio? ¿Cómo han tolerado que una facción sediciosa haya llegado tan lejos? Cuando en el futuro se estudie la historia de España, los libros de texto narraran como una facción sediciosa, siquiera mayoritaria en votos en su región, pudo condicionar la vida diaria de un Estado demasiado acomplejado por sus imaginarias cuitas y faltas como para actuar según los dictámenes de su propia Carta Magna y el mandato de su monarca. 

Resulta especialmente lacerante el papel del PSOE, que todavía un par de horas antes de que se consumase el golpe presentaba mociones para ablandar la aplicación del art. 155. Algunas de ellas, por cierto, aprobadas por el PP, que vuelve a demostrar su talante, con mayoría absoluta o sin ella. Rajoy no tiene derecho a decirnos que “estemos tranquilos”, porque todas las veces que lo ha dicho desde que es presidente no ha hecho absolutamente nada para evitar que pasara lo que dijo que no iba pasar y que, finalmente, acabó sucediendo. No puedo confiar en Rajoy mientras que no reconozca que todo lo que ha hecho hasta hoy con respecto al separatismo catalán ha sido absurdamente erróneo. Si hubiera obrado correctamente ahora no tendría que pedirnos tranquilidad.

No podemos estar tranquilos en las manos de un Gobierno que ha pensado siempre que los independentistas terminarían respetando las reglas del juego para ser contentados con unas migajas económicas. No podemos estar tranquilos con un Ejecutivo que, en fechas tan cercanas como el pasado mayo, aún enviaba a su vicepresidenta en misiones de buena voluntad a Barcelona mientras los sublevados se reían de todos nosotros, tomaban posiciones y anunciaban sus planes.. No podemos estar tranquilos con una Administración que, en vez de reponer la legalidad de inmediato, evitaba que la Fiscalía persiguiera a los golpistas mientras jugaba a ganar tiempo y crear excusas para no imponer la ley. Incluso si eso conllevase suplicar a los mismos amotinados.

De ninguna manera podemos estar tranquilos porque desconocemos, al menos espero que si, si Rajoy y su equipo es consciente de la gravedad de esa temeraria dejación de su responsabilidad de la que hacen gala. Cuando ni siquiera piensan intervenir TV3, siendo como es su leitmotiv la deleznable tergiversación que hacen de la realidad, cuando no la pura y simple difusión de burdas mentiras. Si la educación, tal y como bien denuncian desde C’s, es un factor clave en el adoctrinamiento ideológico, la radiotelevisión pública ha sido una de las grandes armas políticas que han empleado los separatistas para llevar a cabo su golpe de Estado. Y, sobre todo, cuando se empecinan en jugar a la ruleta rusa de unas elecciones regionales en poco más de mes y medio, traspasando la responsabilidad a otro, sea a quien sea, para que el sosegado y apacible Rajoy siga tranquilo como hasta ahora. Como siempre, a costa de España.

Pero las calamidades no vienen solas. Durante la farsa del viernes, los letrados de la Cámara no dudaron en irse. Los diputados de C’s, PSC y PP abandonaron el hemiciclo, incapaces de dar validez a la ilegalidad. Tan solo Podemos permaneció en una bancada vacía que visibilizaba la fractura política y social de Cataluña. Y votaron. Y con ello legitimaban la votación que se presentaba. Todo para que pocas horas después Pablo Iglesias defendiese que no reconocían el resultado de la votación. Entonces ¿para qué votar?

Ayer en Cataluña se visualizó más que nunca la tesis de la purgada Carolina Bescansa cuando lamentaba que en Podemos no tuviesen un proyecto de España, limitándose tan solo a hablar a los independentistas. De los 11 miembros que presentó la formación morada, 3 no mostraron su voto en contra de la Declaración de Independencia. Tan solo hubo 10 votos en contra. Al menos un 10% de sus miembros no votaron contra la ruptura. Tal vez hasta un 30%. Nunca lo sabremos con certeza. Lo que si se visualizó es como varios diputados de Podemos permanecieron en pie cantando Els Segadors con regocijo cuando se pretendía vestir de solemnidad la proclamación de la República. O como su líder regional no dudaba en posar sonriente entre Junqueras y Gabriel con la estelada roja.
Ojalá hubieran tenido tantas disensiones a la hora de votar en contra, junto con el resto de independentistas, de la aplicación de la Ley en Cataluña. En el Senado sí que se posicionaron inequívocamente y al unísono contra la legalidad. Pablo Iglesias proclama en su proyecto de nación que España será plurinacional o no será. O sea, España será la España que quiera Iglesias o no será. Ya se encargarán ellos de eso.

“El nacionalismo de los de arriba sirve a los de arriba. El nacionalismo de los de abajo sirve también a los de arriba. El nacionalismo cuando los pobres lo llevan dentro, no mejora, es un absurdo total”. Y si Iglesias no hace caso a Bertold Brecht debería revisarse las tesis de esos viejos autores marxistas de los que siempre se ha jactado de ser tan adicto. Debería volver a releer a Rosa Luxemburgo o a Bujarin. Podría volver a coger uno de los libros de Marx, en quien basa su pensamiento, firme defensor de la federación de las naciones con el fin de lograr entidades políticas más fuertes que pudieran contrarrestar el desarrollo del capitalismo global. Partidarios de unir, no de disgregar.

En las condiciones creadas por la globalización, el derecho de autodeterminación es una reivindicación reaccionaria, impropia de esos partidos o sindicatos de izquierda que siempre menos en España, enarbolaron la enseña de la abolición de fronteras, no de la creación de otras nuevas. Todavía más involucionistas si cabe en el contexto europeo de la Unión, inmersa en un proceso de integración cada vez mayor. En condiciones de democracia, globalización y la construcción de la nación europea no hay nada más contrario a los intereses de los trabajadores que romper un país; en especial cuando los que quieren romper son de los más ricos. Esta acción insolidaria divide a los sindicatos, quiebra la Seguridad Social, elimina las garantías sobre las pensiones y deja a la intemperie a millones de trabajadores y sus respectivas empresas.

Deberían los partidos de izquierda superar las viejas inercias y concluir que el independentismo no tiene nada de progresista, sino algo retrógrado y antisocial que nada tiene que ver con los intereses de las mayorías sociales pues prioriza la defensa de lo identitario a corregir las desigualdades de clase. Y, por supuesto, es un gran error intelectual identificar el anti independentismo catalán con el nacionalismo español. El conjunto complementario del nacionalismo catalán no es el nacionalismo español. Como el fascismo no lo es del comunismo, ni oponerse a una idea extrema le sitúa a uno en el extremo opuesto.

Mientras, España sigue siendo diferente. Por eso, aquellos que ni siquiera tuvieron la grandeza de dar la cara durante el voto, van ganando su batalla. Porque nunca encuentran quien les refute su sinrazón, les pongan pie en la pared o les planten cara. Y porque tienen más convicción en su proyecto que los españoles en el de España. 

A.C.G.

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