El Procés nos Roba
Tras
años de intentos para dejar atrás la terrible crisis económica que durante más
de un lustro hemos sufrido en nuestras carnes y ahorros, una no tan nueva y
profunda crisis, la amenaza secesionista, vuelve a poner zancadillas al
crecimiento. La tensión política en Cataluña y las amenazas separatistas ya
tienen un impacto sobre la economía. Los ciudadanos de Murcia, Valencia o
Cáceres ya están pagando las consecuencias, contemplando como miles de millones
de euros en ingresos huyen despavoridos hacía otras tierras más fértiles y
seguras. Y no solo los ingresos. El aumento del déficit, la reducción del
crecimiento del empleo o la bajada del turismo (hasta un 25% en Cataluña)
vienen siempre aparejados.
Aunque
para alarmante es que, mientras escribo este artículo, más de 1.000 empresas
han trasladado su sede fuere de Cataluña. A todo esto, los mismos que decían
que estas empresas pelearían por quedarse, los que después afirmaron que el
éxodo de los grandes era superfluo en comparación con las pymes, vaticinan
ahora que no tardarán en volver. Más mentiras en un ambiente tan cargado de
ellas que parece que los embustes florecen por sí mismos, por la fuerza de la
rutina y el hastío. Pero, como no podría ser de otra manera, los primeros que
sufrirán las consecuencias del delirio del 3% no serán las grandes
corporaciones, sino los pequeños agentes económicos domésticos, la multitud de familias
que sufren la situación política cada día.
España, pese a lo mucho
que se esfuercen por difundirlo, no roba. En Cataluña solo el nacionalismo roba
a los catalanes. ¿Cuántos recursos se han retraído de la Sanidad Pública?
¿Cuántas plantas de hospitales cerradas para alimentar el monstruo insaciable
de la maquinaria independentista? ¿Cuántas farmacias obligadas a financiar los
medicamentos que no les paga el Govern? ¿Cuántos millones de euros invertidos
en embajadas sediciosas y viajes internacionales que se detrajeron de los servicios
a la sociedad? ¿Cuánto dinero destinado en educación a mantener esa máquina
excluyente, xenófoba y sectaria mientras 1000 barracones siguen funcionando
como escuelas ante la imposibilidad de disponer de mejores instalaciones?
Su
propaganda, su carrera desesperada hacia delante, ha conseguido su principal
objetivo: ya no se habla del verdadero saqueo catalán, el 3%. Ahora buscan la segunda meta, la que les
permitirá desligarse del Estado de derecho y meter la mano en esa mezquina
justicia que se empecina en investigar sobre sus corruptelas. Una hoja de ruta
preconizada y pública, nada de secretismos y ambigüedades. Por eso sorprende la
pasividad de Rajoy desde agosto, cuando los insurrectos anunciaron sus leyes de
desconexión. Por eso indigna su inacción ante todo lo que ha venido después,
permitido, en última instancia, por él mismo. Siempre con una excusa para, en
vez de reponer la legalidad y suspender y encausar a los golpistas, seguir
ganando tiempo hasta la inexorable llegada del abismo.
Resulta
vergonzoso ver como Rajoy va dilatando todos los plazos que se le van
presentando. Nunca en la historia un gobierno había hecho tanto esfuerzo para
tratar de no cumplir la Ley. Al Gobierno sólo le queda ir personalmente a
arrodillarse frente a la cúpula golpista para rogarle que convoque elecciones y
le permita parar el proceso que este sábado se ha iniciado con el Consejo de
Ministros para continuar haciendo lo que más le gusta, es decir, nada.
Atronador contraste con Rivera, el único que parece seguir con firmeza los
mandatos del Rey, quien, una vez más, a riesgo de su propio desgaste, volvió a
pronunciarse en favor de la Democracia y la legalidad. Lógico que se conviertan
en el blanco de todos los dardos e improperios. Inmensa la soledad de Rivera en
un Congreso donde ningún partido apoya siquiera su moción contra el
adoctrinamiento en las escuelas públicas.
Nadie
puede negar que vivimos tiempos oscuros, convulsos, tiempos de cobardía y
mentiras. Tiempos en los que los golpistas siguen viajando en coche oficial
mientras ordenan salir a la calle a las hordas para que se manifiesten contra
las sentencias de los tribunales. Tiempos de miseria política, porque solo así
se puede describir a los dirigentes que llaman “presos políticos” a los
delincuentes. Claro que no debería extrañarnos, Podemos ya empieza a aburrir
con su apoyo en el Parlamento a aquellos que llaman “presos políticos”: Alfon,
Bódalo… ahora les toca el turno a los Jordis. Hombres inocentes inculpados por
nuestro abominable sistema.
Para
ellos vulnerar la ley, agredir, secuestrar, amordazar a la oposición… es
democrático, pero que un juez aplique la ley, no lo es. Asintomático el caso de
Barcelona (club y ciudad), donde guardan un minuto de silencio por la detención
de unos delincuentes pero dejan olvidados a los muertos del desastre gallego. Normal,
el supremacismo desprecia siempre los muertos ajenos. Todo bajo el auspicio y
la batuta de Ada Colau. Según sus últimas declaraciones, el 21-O fue el día más
terrible en de la historia de Cataluña únicamente por la aplicación, al fin,
del artículo 155. Poca memoria, o vergüenza, debe tener para defender eso tan
solo unos meses después de los atentados yihadistas. Por no recordar el
atentado de Hipercor de la banda de su amigo Otegui. A Iglesias y a los suyos
bien les diría que se acogieran a las mismas palabras que usó Pablo el día de
la detención del opositor venezolano Leopoldo López: “Hay que respetar la legalidad de todos los países” (26/05/16).
Se
le llena la boca a Iglesias últimamente atribuyéndose como portavoz único de 5
millones de votantes. Ya no trata ni de llegar al resto, encerrándose cada vez
más en su nicho de irreductibles, la única gente buena de España. Aunque incluso
a ellos está abandonando, más ocupado en encabezar la revuelta de los
ricachones, insolidarios y corruptos separatistas que quieren irse para no
pagar a las regiones más pobres.
Vivimos
tiempos oscuros, tiempos de desgracia. Y se nos da muy bien. Esa inquina y
aborrecimiento mutuo que parece formar parte de nuestro ADN y que tanto ha
llamado la atención de los intelectuales europeos desde hace siglos vuelve a
resurgir. Nuestro infatigable cainismo, que nos impide alcanzar cualquier
concepto del bien común. Ya en 1943 Gerald Brenan, en su libro El laberinto español, hablaba ya
del individualismo salvaje de los españoles y de como estábamos atomizados en
tribus que no hacían más que atizarse las unas a las otras. Y así estamos
ahora, devorándonos.
Y
así queremos seguir. Convocar las elecciones autonómicas en tan poco tiempo
como, sin duda, van a querer hacer se trata sin duda de una opción envenenada,
que se puede convertir en un error formidable. ¿Alguien piensa que saldrán unos
resultados radicalmente distintos? El 155 no debería suponer convocar
elecciones autonómicas, sino suspender la autonomía, parar el reloj y castigar
a los golpistas desmontando su trama social bajo una autoridad provisional. Y
eso lleva tiempo. Reconducir la maltrecha educación, parar la propaganda de
Tv3, eliminar embajadas, encarcelar a los corruptos y pagar lo debido a los
proveedores, colegios y farmacias, es decir, recuperar lo que se está llevando
por delante el monstruo soberanista. En definitiva, dar seguridad y
tranquilidad a las empresas, y, sobre todo, a las familias. Pero esto no
pasará.
Golpistas
llamando golpismo a seguir la Constitución. Comunistas llamando fascistas a
todos. Totalitarios diciendo que los demás no dialogan. Y los nuestros tan
acomplejados por las críticas que son incapaces de actuar con firmeza. Veremos
en que acaba todo. Y cuidado con la CUP, ya veremos lo que preparan.
