A Dios Rogando
Lo
de esta semana es, sin lugar a dudas, la mayor vergüenza que ha vivido la democracia
de nuestro país; y lo es gracias a la cobardía de un gobierno pusilánime que
mandó a 10.000 policías hacer, en un solo día y en condiciones extremas, lo que
Rajoy no se había atrevido en 6 años. Policías enviados y luego abandonados a
su suerte. Solos ante los insultos, esputos, persecuciones, amenazas y ataques
de un pueblo tan fanatizado que no duda en cargar contra las fuerzas del orden
con sus hijos a los hombros y sus mayores al frente. Todo mientras los
golpistas se pasean libres, sin consecuencias, congratulándose en las
televisiones del régimen y pidiendo ayuda internacional contra un régimen tan
opresor que les permite a todos sus líderes reunirse en un mismo sitio para dar
una rueda de prensa antes de marcharse tranquilos y con una sonrisa a sus
casas. Financiado con dinero público, por cortesía del Estado.
El
Gobierno, por si fuera poco y como siempre, ha perdido la batalla más
importante de todas: la mediática. Sin hacer nada aunque tras prometerlo todo,
intentó, en su forma habitual, escapar sin esfuerzo. Dice mucho de un
presidente que, teniendo la Ley de su parte, es capaz de perder de una forma
tan apabullante la batalla del relato. La incompetencia del gobierno permitió
dejar el control de la información en manos de TV3 y La Sexta, quienes
potenciaron el relato victimista y ofrecieron cifras asumidas sumariamente por
todos los medios de comunicación, tanto nacionales como extranjeros, que
inundaron las redes acompañadas de montajes y fotos de otras épocas. Hablaron
de 900 heridos y 2 millones de votos como podrían haber hablado de 900 votos y
2 millones de heridos. El titular perfecto.
La
rueda de prensa oficial ofrecida para contrarrestar el esperpento vivido
resultaría inexplicable si no conociésemos la ausencia de talento, grandeza,
sinceridad y energía de Rajoy, capaz de acusar al Govern de todos los desmanes
y, a renglón seguido, dar a entender que está dispuesto a negociar, a ofrecer
toda clase de obsequios a los que tratan de romper España por el mérito de no
haberlo conseguido del todo. Al menos por esta vez. Rajoy montó un paripé en
antena para contarnos que no había pasado nada porque lo había hecho bien todo,
para desmentir que lo que todos habíamos visto realmente hubiera sucedido. Era mentira,
pasó de todo. En lo único en que no mintió fue cuando aseguraba su firme
determinación de impedir que el 1-O se convirtiera en otro 9-N. Fue mucho peor.
Las
cifras de policías heridos graves (39) o leves (hasta 431), ofrecidas con la
boca pequeña, pasaron desapercibidas, sin nadie dispuesto a acordarse de ellos,
escondidos y tratados como perros en sus casas, cuarteles y hoteles. Hombres y
mujeres que estaban allí, no por ser ellos, sino por ser nosotros, nuestros
representantes, españoles de segunda cuyo sufrimiento no da titulares ni llena
portadas. Policías y guardias civiles enviados a luchar a una batalla perdida, despachados,
más que a hacer algo, a aparentar que se hacía. Abandonados por el mismo
Gobierno, capaz de remitir un “nada reseñable”
como nota informativa el 3-O tras una jornada de continuos acosos,
humillaciones y persecuciones llevados a cabo por grupos independentistas
perfectamente organizados a lo Kale Borroka. Nada parece destacable para
Moncloa. Tampoco la toma de la Bastilla debió serlo para Luis XVI cuando el 14
de julio de 1789 escribió la palabra rien (nada) en su diario.
El
mensaje que los españoles necesitábamos no ha procedido de nuestros
representantes políticos, sino de nuestro monarca. Su Majestad, el Rey Felipe VI
dirigió, con la claridad y compromiso que todos esperábamos, un mensaje de
unidad y de esperanza a los españoles que contemplaban alarmados la gravísima
deriva de una insurrección que amenaza con quebrar no solo nuestro territorio,
sino también la misma democracia constitucional. Lejos de apelar al diálogo y
de lanzar ofertas de negociación, el Rey ha recordado como “desde hace ya tiempo”
las autoridades de Cataluña han venido “de una manera reiterada, consciente y
deliberada” “incumpliendo la Constitución y su estatuto de autonomía”.
Que el Rey se vea
obligado a actuar es indicativo de lo mucho que ha fracasado el Gobierno y la
incompetencia de todos los partidos.
Y para azuzarles a la acción el Rey se ha mojado. Y mucho. Al denunciar la
deslealtad de los independentistas e instar a Rajoy, la oposición, la Justicia
y las Cortes a que sofocaran la Rebelión, Su Majestad sabía que no solo se
enfrentaba directamente a los independentistas, sino a un Pablo Iglesias que
revolotea, sin escrúpulo alguno, como un ave de presa sobre el espacio urbano
de Barcelona. Con su “no estáis solos ni lo estaréis” ha
dado energía a todos aquellos que hoy luchan por España en situaciones tan
adversas. Menudo ejemplo para Rajoy. Es posible que se haya jugado su reinado,
pero también lo hizo su padre un 23F para defender la democracia española de
otros golpistas.
Lo
dramático es que en este caso los aludidos siguen sin responder. El PSOE,
jugando a dos bandas, pide tanto la reprobación del Gobierno aún antes que la
del Puigdemont (vergonzoso que salga semejante de la boca de una jueza) como
solicita un diálogo imposible, exclusivamente beneficioso para quienes buscan vender
la imagen de un Gobierno autoritario, inflexible, cerrado al diálogo y
responsable único de la tensión que vivimos. “¿Diálogo, ahora, con quién?
¿Diálogo, ahora, para qué? ¿Con los responsables de poner a los españoles al
borde del precipicio? ¿Para escuchar, otra vez, que quieren la fractura de
España por unos medios o por otros? Nunca ha servido para nada el diálogo bajo
chantaje, a menos que lo único que se quiera sea salvar el pellejo y, a la vez,
perder la propia dignidad”.
Mientras,
Rajoy sigue eligiendo la deshonra, esperando que la huida de empresas pueda
frenar de algún modo la deriva, creando una situación cada vez más irreversible
gracias a su incompetencia y cobardía. Hoy no daríamos este espectáculo
lamentable si se hubiera aplicado el 155. Hace un mes, la foto de Puigdemont
esposado no hubiera copado ninguna portada de la prensa internacional.
Mejores
que sus líderes, la movilización espoleada por el mensaje de Felipe VI ha
despertado a la mayoría silenciosa en Cataluña y en España. Las masivas
concentraciones espontáneas sin el respaldo de ningún partido, las
manifestaciones de apoyo a la Guardia Civil y la Policía, el colapso de la
página de la Casa Real ante la avalancha de agradecimientos… un impulso que era
impensable hace unos días puede desbordar la manifestación a favor de la
unidad. Los españoles, hartos de tolerar las humillaciones que les afligen sus
representantes, se hacen oír porque temen no tardar en dejar de serlo.
Españoles.
