A Dios Rogando


20 de agosto de 1983. La Guardia Civil recibe el aviso de que una bomba ha sido situada entre dos hoteles de la ciudad catalana de Calella. Raudos y eficientes, como siempre, trabajan con denuedo para desactivar el artefacto, evitando así la previsible masacre. Horas más tarde, tras una intensa búsqueda, los GEDEX hallaron la bomba y la desactivaron. Los vecinos de Calella pudieron respirar aliviados y continuar en paz sus plácidas vacaciones veraniegas, sanos y salvos tras la rápida actuación de la benemérita. Hoy, tras décadas de abandono del Estado y adoctrinamiento dogmático, Calella es un pueblo enfermo, víctima de una manipulación que les hace a abrazar a quienes trataron de matarlos mientras expulsan de los mismos hoteles en los que desactivaron la bomba a esa desamparada policía, último reten de la democracia tras tantos años de dejación de funciones, que tanto trabajó para salvarles la vida.

Lo de esta semana es, sin lugar a dudas, la mayor vergüenza que ha vivido la democracia de nuestro país; y lo es gracias a la cobardía de un gobierno pusilánime que mandó a 10.000 policías hacer, en un solo día y en condiciones extremas, lo que Rajoy no se había atrevido en 6 años. Policías enviados y luego abandonados a su suerte. Solos ante los insultos, esputos, persecuciones, amenazas y ataques de un pueblo tan fanatizado que no duda en cargar contra las fuerzas del orden con sus hijos a los hombros y sus mayores al frente. Todo mientras los golpistas se pasean libres, sin consecuencias, congratulándose en las televisiones del régimen y pidiendo ayuda internacional contra un régimen tan opresor que les permite a todos sus líderes reunirse en un mismo sitio para dar una rueda de prensa antes de marcharse tranquilos y con una sonrisa a sus casas. Financiado con dinero público, por cortesía del Estado.

El Gobierno, por si fuera poco y como siempre, ha perdido la batalla más importante de todas: la mediática. Sin hacer nada aunque tras prometerlo todo, intentó, en su forma habitual, escapar sin esfuerzo. Dice mucho de un presidente que, teniendo la Ley de su parte, es capaz de perder de una forma tan apabullante la batalla del relato. La incompetencia del gobierno permitió dejar el control de la información en manos de TV3 y La Sexta, quienes potenciaron el relato victimista y ofrecieron cifras asumidas sumariamente por todos los medios de comunicación, tanto nacionales como extranjeros, que inundaron las redes acompañadas de montajes y fotos de otras épocas. Hablaron de 900 heridos y 2 millones de votos como podrían haber hablado de 900 votos y 2 millones de heridos. El titular perfecto.

La rueda de prensa oficial ofrecida para contrarrestar el esperpento vivido resultaría inexplicable si no conociésemos la ausencia de talento, grandeza, sinceridad y energía de Rajoy, capaz de acusar al Govern de todos los desmanes y, a renglón seguido, dar a entender que está dispuesto a negociar, a ofrecer toda clase de obsequios a los que tratan de romper España por el mérito de no haberlo conseguido del todo. Al menos por esta vez. Rajoy montó un paripé en antena para contarnos que no había pasado nada porque lo había hecho bien todo, para desmentir que lo que todos habíamos visto realmente hubiera sucedido. Era mentira, pasó de todo. En lo único en que no mintió fue cuando aseguraba su firme determinación de impedir que el 1-O se convirtiera en otro 9-N. Fue mucho peor.

Las cifras de policías heridos graves (39) o leves (hasta 431), ofrecidas con la boca pequeña, pasaron desapercibidas, sin nadie dispuesto a acordarse de ellos, escondidos y tratados como perros en sus casas, cuarteles y hoteles. Hombres y mujeres que estaban allí, no por ser ellos, sino por ser nosotros, nuestros representantes, españoles de segunda cuyo sufrimiento no da titulares ni llena portadas. Policías y guardias civiles enviados a luchar a una batalla perdida, despachados, más que a hacer algo, a aparentar que se hacía. Abandonados por el mismo Gobierno, capaz de remitir un “nada reseñable” como nota informativa el 3-O tras una jornada de continuos acosos, humillaciones y persecuciones llevados a cabo por grupos independentistas perfectamente organizados a lo Kale Borroka. Nada parece destacable para Moncloa. Tampoco la toma de la Bastilla debió serlo para Luis XVI cuando el 14 de julio de 1789 escribió la palabra rien (nada) en su diario.

El mensaje que los españoles necesitábamos no ha procedido de nuestros representantes políticos, sino de nuestro monarca. Su Majestad, el Rey Felipe VI dirigió, con la claridad y compromiso que todos esperábamos, un mensaje de unidad y de esperanza a los españoles que contemplaban alarmados la gravísima deriva de una insurrección que amenaza con quebrar no solo nuestro territorio, sino también la misma democracia constitucional. Lejos de apelar al diálogo y de lanzar ofertas de negociación, el Rey ha recordado como “desde hace ya tiempo” las autoridades de Cataluña han venido “de una manera reiterada, consciente y deliberada” “incumpliendo la Constitución y su estatuto de autonomía”.

Que el Rey se vea obligado a actuar es indicativo de lo mucho que ha fracasado el Gobierno y la incompetencia de todos los partidos. Y para azuzarles a la acción el Rey se ha mojado. Y mucho. Al denunciar la deslealtad de los independentistas e instar a Rajoy, la oposición, la Justicia y las Cortes a que sofocaran la Rebelión, Su Majestad sabía que no solo se enfrentaba directamente a los independentistas, sino a un Pablo Iglesias que revolotea, sin escrúpulo alguno, como un ave de presa sobre el espacio urbano de Barcelona. Con su “no estáis solos ni lo estaréis” ha dado energía a todos aquellos que hoy luchan por España en situaciones tan adversas. Menudo ejemplo para Rajoy. Es posible que se haya jugado su reinado, pero también lo hizo su padre un 23F para defender la democracia española de otros golpistas.

Lo dramático es que en este caso los aludidos siguen sin responder. El PSOE, jugando a dos bandas, pide tanto la reprobación del Gobierno aún antes que la del Puigdemont (vergonzoso que salga semejante de la boca de una jueza) como solicita un diálogo imposible, exclusivamente beneficioso para quienes buscan vender la imagen de un Gobierno autoritario, inflexible, cerrado al diálogo y responsable único de la tensión que vivimos. “¿Diálogo, ahora, con quién? ¿Diálogo, ahora, para qué? ¿Con los responsables de poner a los españoles al borde del precipicio? ¿Para escuchar, otra vez, que quieren la fractura de España por unos medios o por otros? Nunca ha servido para nada el diálogo bajo chantaje, a menos que lo único que se quiera sea salvar el pellejo y, a la vez, perder la propia dignidad”.  

Mientras, Rajoy sigue eligiendo la deshonra, esperando que la huida de empresas pueda frenar de algún modo la deriva, creando una situación cada vez más irreversible gracias a su incompetencia y cobardía. Hoy no daríamos este espectáculo lamentable si se hubiera aplicado el 155. Hace un mes, la foto de Puigdemont esposado no hubiera copado ninguna portada de la prensa internacional.

Mejores que sus líderes, la movilización espoleada por el mensaje de Felipe VI ha despertado a la mayoría silenciosa en Cataluña y en España. Las masivas concentraciones espontáneas sin el respaldo de ningún partido, las manifestaciones de apoyo a la Guardia Civil y la Policía, el colapso de la página de la Casa Real ante la avalancha de agradecimientos… un impulso que era impensable hace unos días puede desbordar la manifestación a favor de la unidad. Los españoles, hartos de tolerar las humillaciones que les afligen sus representantes, se hacen oír porque temen no tardar en dejar de serlo. Españoles.

A.C.G.

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