Odio al por mayor

Algunos se sorprendieron de la violencia mostrada por Pablo Iglesias en la última sesión de investidura llegando a atreverse a tildar de asesino a uno de los mayores expresidentes que tiene España. Sin embargo esta violencia no tiene nada de nueva en él. Ya lo hemos escuchado mostrar orgullo con imágenes en las que unos antisistema pegaban a un policía o pedir perdón, medio en broma medio en serio, por no romper la cara a tanto facha con el que se cruzaba en las televisiones. O exculpar a etarras como Otegui y decir comprender el movimiento político de la banda. O pedir la libertad de ese Alfon, preso político cuyo único crimen fue llevar a una manifestación una mochila llena de explosivos. O proteger a capa y espada a sus diputados condenados, que no sólo imputados, por agresiones a policías, a políticos, pertenencia a ETA… y eso sin contar a todos los que comentaban en Twitter y ahora están en altos cargos lo bueno que sería para España la ejecución pública de diferentes políticos o de Su Majestad el Rey.

La forma con la que Podemos maneja la violencia tiene recuerdos leninistas. La concienciación por medio del partido al pueblo de los abusos violentos que han sufrido a manos de los poderosos y convertir lo particular en algo de clase mediante una respuesta, no individual sino colectiva, de clase, popular. Como decía Lenin, “hay que acostumbrar al pueblo a protestar con rabia, en igual medida con que son violentados por el poder burgués”. Incitación pura y dura de la lucha de clases.

El populismo marxista vive hoy de alimentar ese antiguo odio. El odio es necesario para separar al “ellos”, los enemigos, del “nosotros”, la gente, el pueblo, los buenos. En la simpleza de la acusación, corroborado por la corrupción actual, está su éxito: la culpa es de la casta, la oligarquía, los poderosos que han engañado a la gente para enriquecerse en vez de buscar el bien común. No hay adversarios políticos, solo enemigos.

Poco a poco, hacen creer a la población que las soluciones que propugnan, la política social y más autoritarismo, son el único modo por el que podrían estar bien. Insisten que ha llegado la hora (“Tic-tac, Tic-tac”) de dar la vuelta al orden establecido y que gobierne “la gente”, porque cuando el pueblo, “ellos” claro está, esté en el poder, se hará la “justicia social”: quitar a los ricos para dárselo a los pobres y aplicarles la ley del pueblo. “El miedo tiene que cambiar de bando” decía Iglesias.

Claro está que la sociedad actual, tan corrupta y podrida por dentro, no ha surgido de la nada y como todo movimiento populista, Podemos no ha podido dejar de buscar una justificación histórica a su existencia. De la Gran Alemania de los años 10 que evocaba Hitler hemos pasado a la Gran España de los años 30 que ensalza Podemos. La historia se reinventa para encajarla a su gusto mientras se toma el periodo más convulso políticamente de nuestra historia (7 Golpes de Estado: 4 izquierdistas, 2 derechistas y 1 nacionalista) como el ejemplo a seguir para nuestra España actual. Aunque para esto último contaron con la inestimable ayuda del expresidente al que Pablo más admira: nuestro amado Zapatero con su Ley de Memoria Histórica. Sin olvidar la ayuda de la Ser, el País y la Sexta.

Odio social, justificación de la violencia, exaltación de asesinos como Otegui, De Juana Chaos, Margarita Nelken, justificación de ETA… pero no son solo lo que dicen, sino la forma, siempre tan agresiva, de decirlo, del ajuste de cuentas, de tomar el cielo por asalto y jamás negociar con nadie. Nada les gustaría más a Podemos que una derecha violenta de camisa remangada al estilo de los camisas pardas que usara la violencia como en los viejos años 30, donde cada día se mataba a alguien de uno u otro bando, para justificar su autoritarismo y su necesidad de controlar Defensa, Exteriores, CNI, Policía…

No le ha podido salir más rentable a Podemos el uso de esta estrategia, buscando ahondar una crisis en la sociedad y en sus rivales más directos en la izquierda para alcanzar el poder. Y su mayor adversario político, el PP, limitando su estrategia electoral al miedo a que gobiernen los otros, está creando una retroalimentación peligrosa.

A.C.G.



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