El joven naranjito

Aunque el 20D no dejo a ningún ganador claro, no cabe duda que, al menos en cuanto a sensaciones, sí dejó un claro perdedor: Ciudadanos. Los muy meritorios 40 escaños y 3.5 millones de votos supieron a poco al partido de Albert Rivera que se veía superando al PSOE  en votos a poco más de una semana.

El partido, que sí que se ha visto capaz de canalizar el voto de centro derecha, no ha conseguido hacer lo propio con el voto de centro izquierda situado entre PSOE y UPyD, siendo superado por los eslóganes y consignas vertidos por PSOE y Podemos durante toda la campaña en referencia a “Las Derechas”, “Marca Blanca” e incluso “Nuevas Generaciones”.

El partido Naranja ha intentado quitarse el estigma de la derecha desde las anteriores elecciones autonómicas y durante toda la campaña acercando sus planteamientos cada vez más al partido socialista e incluso pactando con más facilidad con este que con otros partidos como pudo verse en los casos andaluz y madrileño, al exigir en este último mayores sacrificios por su apoyo.
El caso más reciente es el fútil acuerdo al que ha llegado el partido naranja con el Partido Socialista para una teórica futura legislatura. Papel mojado en lo teórico pero que Albert Rivera ya está utilizando en clave futura, con la vista puesta en una nuevas elecciones, para lanzarse hacia el caladero socialista y conseguir agarrar una buena parte de sus votos.

Sin embargo, aunque esta nueva estrategia puede funcionar, trae consigo otro punto débil: el peligro de que una buena parte de votantes conservadores vuelvan a nutrir las filas del Partido Popular por el miedo de votar a un partido que pueda consolidar al PSOE en el poder. Junto a esto vuelven las viejas heridas: la falta de otras cabezas visibles en un partido excesivamente personalista y dependiente de Albert Rivera y la campaña de las televisiones de siempre contra todo aquello que más daño pueda hacer a la izquierda.

Por estas dos últimas sufrió muchísimo el partido durante la pasada campaña. Empezó como una apisonadora después de los buenos resultados en las catalanas y una entrevista donde prácticamente destrozó a Pablo Iglesias, lo que hacía presagiar un camino de rosas hacía lo más alto del Congreso. Sin embargo, múltiples errores hicieron que la campaña electoral se les hiciera demasiado larga.

Las excesivas apariciones del candidato en prácticamente todas las tertulias imaginables que en un principio le habían hecho ser conocido, hicieron que los españoles se cansaran de levantarse y acostarse con él apareciendo en todo tipo de formato de comunicación y que llegaran a banalizar sus múltiples propuestas. Por otra parte, donde más debería haber dado la cara, en los debates con los otros candidatos y sobre todo en el famoso debate a cuatro no dio todo lo que se esperaba de él. El debate a 4 fue la mayor tragedia de Rivera gracias a un Pablo Iglesias bastante más mejorado desde su último debate, a la solidez de Soraya y sobre todo a su constante baile por todo el plato. No consiguió desmarcarse de los otros y se centró en el linchamiento de Pedro Sánchez junto a los demás, no lanzando más que débiles pullas a Iglesias, considerado por aquel momento como el más débil, y unos pequeños rifi rafes con la vicepresidenta del gobierno. Tampoco le hizo ningún bien que pareciera que en cualquier momento se iba a lanzar a bailarnos alguna pieza de tango o salsa. En los debates no cuenta tanto la palabra como las expresiones, y lo que transmitía Rivera era puro nervio. Antes le había servido, pero aquella vez le jugó en contra.

Pero, sin lugar a dudas, lo que terminó lanzando al partido a la cuarta posición fue la gran campaña televisiva que ciertas cadenas desataron en la última semana. Aprovechada por los otros partidos para hacer sangre del rival, los de Rivera no supieron darle la vuelta al resultado, sobre todo por la falta de personas de importancia que pudieran matizar las palabras de su líder, algo así como lo que pasó durante las andaluzas. Cuando solo habla uno todos los aciertos son tuyos, sin miedo a que otros te discutan o estropeen el discurso, pero cuando te equivocas, tampoco hay colchón que valga.

A.C.G.

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