Ecologismo Nuclear
Homer Simpson, Los
Simpson.
Que no cunda el pánico. Aún queda una última
energía libre de carbono, capaz de entregar una inmensa cantidad de electricidad
barata a voluntad del consumidor: la energía nuclear. Resulta irónico que haya
sido la propia Comisión Europea la que haya admitido que la única opción para
un futuro con energía constante, barata y limpia, no puede alejarse del uranio
235. Cualquier otra opción significaría contaminar más o exponer nuestra vida
al arbitrio del tiempo. Todo un plebiscito a los desmanes ideológicos de las
últimas décadas.
Hablar de energía nuclear es evocar los
desastres de Chernóbil y Fukushima entre aterradores lamentos. Así al menos se nos
ha impreso en el subconsciente mediante la repetición constante por parte de
medios de comunicación, partidos políticos y cine. No es de extrañar que lo
hayamos acabado aceptando de forma natural, un dogma que no necesita mucho
planteamiento previo y al que es fácil despachar tras un par de sentencias
aprehendidas.
Esto explica cómo, a pesar de la calamitosa
situación eléctrica que afronta Europa, los gobiernos de España, Alemania,
Luxemburgo y Austria hayan considerado electoralmente beneficioso posicionarse
en contra de esta nueva iniciativa europea. Curiosamente, la mayoría figuran como
algunos de los países con el MWh más caro del mundo, con Alemania en la cúspide
y España en cuarta posición. Francia, principal impulsor y firme defensor,
cuenta con una de las electricidades más baratas de Europa.
El caso germano es especialmente sangrante
frente al galo. Desde que Merkel comenzó a desconectar las 17 centrales
nucleares que se mantenían en funcionamiento, en plena fiebre antinuclear, el
país ha sufrido serios problemas para abastecer su red eléctrica, impulsando
los precios un 500% en 10 años, obligándoles a dar marcha atrás con su proceso
de descarbonización. Incluso inaugurando una nueva central térmica de carbón en
2020. Así, con una política explicita y orgullosamente verde, Alemania ha
terminado contaminando 9,13 toneladas de CO2 por habitante frente a las 5,2 de Francia,
cuyos ciudadanos no han tenido todavía que sufrir las mieles envenenadas del Social-Ecologismo.
España, con una moratoria nuclear impuesta en 1983,
respetada a derecha e izquierda, por el PSOE tras el chantaje terrorista de
ETA, parece que deberemos de sufrirla a partir de 2030. Más aún cuando nuestro
país es el 4º con una mayor proporción de impuestos (45,2%) sobre el precio de
la luz.
Por todo ello, cada vez es más fundamental
combatir mitos como el de Chernóbil. No solo las circunstancias eran totalmente
diferentes (Estado autocrático comunista obligando a altas cuotas fijas frente
a Estado democrático asegurando estrictos controles de seguridad), sino que la
tecnología actual poco tiene que ver con la de entonces. No solo es que
comparar ambas sería equivalente a hacer lo propio con un avión comercial
actual con un aeroplano de hace 100 años, sino que, además, nuestras centrales
nucleares están centradas en producir energía, una tecnología diferente a las
soviéticas, también enfocadas a producir uranio enriquecido para su arsenal
atómico. No es casual, por tanto, que este sea el único accidente de gravedad
ocurrido en 70 años de trabajos.
De hecho, desde la extracción de su materia
prima hasta la obtención de electricidad, la nuclear es una de las tecnologías
que menos muertes genera, por encima de otras renovables como la eólica. Y eso
sin hablar del problema de los molinillos, que están empujando a la extinción a
especies como el halcón o el cóndor. Pero como ocurre con los accidentes en
aviones y coches, lo más llamativo no tiene por qué ser lo más peligroso.
La seguridad es tan alta que ni siquiera un
sunami arrasando la planta de Fukushima fue capaz de generar peligro alguno.
Hoy, más de 10 años después del accidente, todos los informes científicos
coinciden con los que se llevan practicando desde hace más de medio siglo en
los alrededores del resto de centrales nucleares: no se ha encontrado ningún
patrón que haga incrementar el cáncer. También es imposible que ocurra, a pesar
de lo que nos venden en películas y series y tanto ha calado en el imaginario
popular, que una central pueda ser utilizada por terroristas como una bomba
atómica masiva. Para ello, se necesitaría enriquecer el uranio del 5% habitual
hasta un 90%, una diferencia abismal bastante difícil de conseguir.
Otro de los grandes beneficios frente a otras
formas de obtención, es la inmensa cantidad de energía que puede generar en un
pequeño espacio geográfico. Por ejemplo, la central nuclear de Trillo, en
Guadalajara, la última construida, genera más del 3% de toda la energía
española en poco más de 1 km2. Una diferencia considerable frente a otras
como la eólica, que de media ocupa 450 veces más terreno. De hecho, los 500
parques eólicos presentes en territorio español (10% de demanda eléctrica) son
incapaces de superar lo producido por los últimos 7 reactores nucleares que se
mantienen en activo (22%).
Tal diferencia es producida por el factor de carga de cada
tecnología. Así, si considerásemos las 24h del día, los 365 días del año, la
energía solar en España, un país especialmente soleado, podría funcionar (su
factor de carga) tan solo entre el 18 o el 20% de esas horas. La eólica
escalaría hasta el 30 o 35%. Sin embargo, el factor de carga de la energía
nuclear ronda el 90%, es decir, que durante el 90% del año una central puede
proporcionar el 100% de su potencia eléctrica.
Incluso, si nuestro verdadero objetivo es la búsqueda de 0
emisiones, la apuesta por la nuclear sería la más segura. Mirando las emisiones
de CO2 que se emiten durante todo el ciclo de producción de la energía (desde
la extracción de materias primas hasta la gestión de residuos, pasando por el
mantenimiento y la construcción), la energía eólica marina generaría 11g de
CO2 por KWh producido, 12g la energía nuclear, 12g la energía eólica, 24g la
energía hidroeléctrica, 48g la energía solar y, mucho más adelante, los
490g del tan ansiado gas natural y los 820g del carbón.
No es de extrañar, por tanto, que el presidente francés Emmanuel
Macron se haya embarcado en la financiación de las tecnologías nucleares más
punteras: las microcentrales y los reactores de cuarta generación. Siendo la nuclear la forma más
barata de conseguir electricidad, y una de las formas menos contaminantes, su
senda podría ser la única posible para alcanzar una sociedad más ecológica sin
empobrecerla.
Es cierto que, incluso sumados todos estos datos, la energía
nuclear no es una panacea. Trae consigo muchos desafíos y riesgos
significativos que no se deben ignorar. Ahí está la tan señalada generación de
residuos. Aunque los nuevos reactores
de helio prometen elevar la extracción energética
del uranio del 6 al 97%, eliminando casi la totalidad de los residuos
radiactivos, y reducir su almacenamiento de miles a 300 años, una generación
masiva provocaría futuros problemas que habría que afrontar.
La energía nuclear no está falta de problemas, pero como
cualquier elemento fabricado por el hombre. Pero si se quiere descarbonizar la
sociedad mientras continuamos generando energía, esa es la única opción. A no
ser, claro está, que detrás haya otros motivos más oscuros. Propagandísticos,
por ejemplo, que es lo que explica porqué las importaciones de energía
procedente de centrales térmicas de carbón ha aumentado exponencialmente en los
últimos años. Casos como el español, que desde el cierre de las centrales de
carbón se ha aumentado casi un 1000% la importación de energía carbonífera
alauita y nuclear francesa.
O ideológicos. Muchas asociaciones y partidos “ecologistas”
parecen no querer buscar una solución, sino propiciar un cambio de vida,
empobrecer a la población mediante una disminución del consumo eléctrico,
aniquilar el capitalismo e imponer un nuevo orden socialista. La infame vieja
lucha intentando enlazarse a nuevas causas nobles.
Debe de quedar claro que, sin energía nuclear disponible, no
habrá más transición que la que lleva de la riqueza, a la pobreza. Y eso es
algo que incluso Santiago Carrillo, Secretario General del PCE, podía entender:
“Ningún país moderno puede renunciar a las centrales nucleares, porque
país que renuncia a la energía nuclear, país que renuncia al progreso”.
A.C.G.