La Conjura de los Necios



“Es mejor tener suficientes ideas, y que algunas estén equivocadas, que estar siempre en lo correcto y no tener ideas”

Edward de Bono.

En la última década, el Partido Popular parece haberse enquistado en la lectura de Jonathan Swift, haciendo desembocar todos sus caminos en un único desenlace cada vez que surge una personalidad política excepcional: una conjura de necios.

Sin embargo, la caída del Rey en su lucha contra la Dama sólo puede entenderse desde un prisma ideológico, por mucho que se quiera circunscribir a una lucha de poder. Una simple escaramuza en la transformación ideológica que vive la derecha. A fin de cuentas, el PP es política, y sin ella no se entenderían las manifestaciones frente a Génova. Y ahora, aunque están en la búsqueda de un líder fuerte, sus problemas no se solucionarán cambiando piezas. Es intrascendente quien sea el candidato vencedor si no se produce una reflexión interna. 

Para muchos militantes y votantes, la elección de Pablo Casado significó la vuelta a las esencias tras 14 años de invalidez “rajoyesca”: el retorno a un partido firme en la defensa de la unidad de España y los principios liberal-conservadores. Sin embargo, y salvando la excepcional victoria de Isabel Díaz Ayuso, los votantes continúan rehuyéndoles. Un episodio todavía más decepcionante cuando enfrente se le sitúa un PSOE sin escrúpulos, pródigo en espectáculos de incompetencia e inmoralidad mientras se solaza con las Instituciones y desnaturaliza definitivamente la nación. Todo bajo la connivencia de Podemos, ERC y el brazo político de ETA.

Es únicamente la debilidad del PP, su renuncia a defender causa alguna, lo que ha permitido la fortaleza del gobierno de Sánchez, y no tanto la tan cacareada infalibilidad del personaje. Sin un proyecto propio, y con un discurso irregular según soplase el viento, han ido a remolque del Gobierno desde 2018, vendiendo tan solo que son “moderados” y “gestionamos mejor”. Y es que, ¿quién puede asegurar en qué cree el partido?

Por un lado, parece que su único propósito es aplicar de manera mejorada el programa del PSOE: sin tanto déficit, desempleo o deuda pública, pero manteniendo los chiringuitos y dogmas de la izquierda intactos. Incluso asumiéndolos bajo una trasnochada melancolía turnista entre liberales y conservadores, en un pilotaje a dos manos siempre escorado hacia la izquierda. Al limitarse a la economía, aceptando implícitamente la superioridad moral de la izquierda al negarse a hablar sobre nada más, el PP se ha convertido en una muleta del PSOE, destinado a sucederle en momentos de vacas flacas, sin intervenir en el rumbo, para que más adelante la izquierda pueda volver a seguir incorporando su agenda ideológica.

Ya no vivimos en la época de la Restauración borbónica, ni en los años 90 de la caída del muro y “es la economía, estúpido”, cuando la socialdemocracia incorporó en su programa los principios económicos de la derecha. Ni siquiera en 2015, antes de que la tensión llegase hasta la política y la polarización se extendiese. Por eso resulta tan absurdo ver como la derecha del PP sigue hablando de consensos con una izquierda en pie de guerra, quejándose ante un árbitro imaginario de sus transgresiones y asustada ante el concepto de “batalla cultural”. Pero negar que existe una guerra ideológica no significa que no haya guerra, solo que te han vencido antes de comenzar a librarla. Y poco a poco, rechazando criticar las ideas de izquierdas, fortalecer sus valores, hacer cultura, cine y publicidad del ideario conservador, limitándose a suplicar que la izquierda no invadiese cada vez más el poco espacio público y privado restante, era normal que finalmente nuevos partidos comenzasen a hacerse oír.

Tanto el Ciudadanos original como el Vox actual se han beneficiado de luchar contra los problemas que nuestras élites políticas, mediáticas e intelectuales se afanaban por ocultar. Por eso parte de su base electoral es idéntica (una derecha joven, ajena a los grandes medios de comunicación y sin complejos) y no fue hasta la quiebra de C’s en 2017 con su huida de Cataluña cuando Vox, sin competencia ideológica, comenzó a escalar posiciones.

Ambos pusieron de manifiesto que la estrategia de combatir el secesionismo solo con “Constitución y leyes” ha fracasado, y que en vez de “patriotismo constitucional”, también se puede defender aquella España que va del Atlántico al Mediterráneo sin ser “nacionalista como ellos”. O los desafíos y contrariedades que acarrea una inmigración ilegal islámica disparada. O las injusticias contra los varones que se producen al amparo de las “leyes de género”. O el maná de fondos públicos, ya sea si gobierna PP o PSOE, que recibe cualquier colectivo solo con portar la etiqueta “feminista” o “LGTBI”. O la normalización de la violencia contra lo no “progre”. O los dispendios y sinsentidos autonómicos. O la premeditada estrategia de eliminar nuestra historia, dejándonos como una nación Alzheimer: sin pasado que recordar, imposibilitada para conocerse ahora o decidir qué quiere ser.

Un programa, en definitiva, no muy diferente al del propio PP de 2011, pero bajo el prisma de un ligero matiz: nosotros TAMPOCO estamos de acuerdo, pero nosotros SÍ que queremos cambiar las cosas. No es de extrañar que toda la izquierda mediática se lanzase contra naranjas y verdes desde el mismo momento de su nacimiento. Y mucho de lo estéril que se ha vuelto C’s se ejemplificó en las últimas elecciones castellanas, donde sus líderes no dudaron en suscribir la falaz equiparación izquierdista de Vox con Bildu. Por algo Vox ha tenido unos resultados muy similares al de aquel C’s que parecía tener claro el inconmensurable espacio que separa al terrorismo de todo lo demás.

Aunque igual de lamentable es escuchar usar al PP, y a casi toda la prensa conservadora, el ya desgastado término peyorativo de “ultraderecha” sobre Vox. Sobre todo, en un momento en que “ultraderechista” es C’s, UPyD, comer carne, conducir una furgoneta diésel, leer determinados libros no autorizados o, por supuesto, el mismo PP. Aceptando el tablero inclinado de la izquierda, según el cual todo partido a la derecha del PP es sucio y puede contaminar al interlocutor con independencia de lo discutido, solo deja un claro ganador: Pedro Sánchez.

El votante conservador vota a un partido u otro por ideología, cabreo, ilusión o mil motivos diferentes, pero todos asumen que gobernarán juntos sin problemas. Por eso es tan absurdo ese debate interno sobre sus alianzas con Vox, al que lo han arrastrado sus propios enemigos, y que tanto les perjudican si quieren volver a ser la “casa común” de la derecha.

Es sencillo lanzar el bulo de que Vox defiende cosas disparatadas, a eso se han dedicado con insistencia todos los medios de comunicación, pero tiene un inconveniente difícil de eliminar: si la población se entera de lo que Vox defiende de verdad, y les gusta, no solo les vota, sino que dejan de confiar en ti para siempre. Si sus propuestas son tan erradas ¿de qué hay miedo? Cuando más precisas se dibujen, más a descubierto quedarán sus mentiras y más fácil serán rebatirlas. Naturalmente, si no estás de acuerdo con Vox, tus propuestas diferirán de las suyas… pero has de proporcionarlas. No tiene mucho sentido minimizar los problemas que Vox esgrime o insultar a esos mismos votantes desencantados con calificativos como “misóginos”, “racistas” u “homófobos” si quieres recuperarlos.

Pero a eso se ha dedicado en los últimos años el PP, de forma que, por momentos, parecía que la posición oficial de Casado ante cualquier disyuntiva estaba más condicionada en no coincidir con Vox que por cualquier convicción que pudiese ostentar. Defendiendo su esencia “moderada” frente al “radicalismo” de Vox, aceptaba, por ejemplo, que ser radical es estar en contra de la inmigración descontrolada o que todos los españoles sean iguales ante la ley. Incluso nos ha obsequiado, tras las elecciones de Castilla y León, con declaraciones como “Nosotros sí que estamos a favor de la igualdad entre hombre y mujeres”. Una frase lapidaria que acepta que la igualdad entre hombres y mujeres es, como dice la izquierda, estar a favor de que las Leyes de Género nos considere diferentes según nuestro sexo. Un planteamiento alejado de toda lógica liberal, conservadora o, simplemente, del sentido común más básico.

Cada vez son más los votantes que consideran que el resto, el pack completo que ofrece Vox, es un peaje asumible con tal de seguir al partido que mejor representa las ideas conservadoras. Pero si muchos han abandonado el barco popular por convertirse en un sucedáneo del PSOE, no es descabellado pensar que volverían en caso de que lo corrigieran. Y en la emoción y las ideas está la clave. Un electorado fragmentado y desanimado, que lleva años aguantando todo tipo de vilipendios inimaginables desde las tribunas políticas y mediáticas, como si fueran fascistas desalmados, no volverá ante la promesa de mediocridad, falsa moderación y la expectativa de que las cosas cambiasen por mera inercia. Solo por un liderazgo distintivo, que aspirase, no a la palmada de los medios hostiles ni a la legitimación de los adversarios políticos, sino a establecerse como una alternativa real más allá del recurso del voto útil y el mal menor.

Casado fracasó porque hasta los ciudadanos más apáticos comienzan a darse cuenta de que su capacidad económica, salario o salud no difiere mucho ya sea si gobiernan ellos o el PSOE, partidos con un mismo paradigma moral y económico. Por eso se han volcado hacia los liderazgos de Isabel Díaz Ayuso y Santiago Abascal. Sin embargo, a pesar de lo que repite la prensa intentando igualarlos en su “fascismo”, por razones radicalmente opuestas.

Mientras que Abascal ha enarbolado la bandera de la patria social frente al globalismo, acercándose al ideario nacional-populista que recorre Europa, Ayuso se encuentra tan en las antípodas de esa postura como del socialismo que combate. Gracias a su gestión de la pandemia, se ha erigido en la gran defensora de los derechos y libertades individuales frente al universalismo progresista, que antepone lo general a lo individual, destilando por la vía de los hechos las esencias liberal-conservadoras con las que soñaba Rivera y que hace tanto abandonó el PP.

El liderazgo que asumió desde 2020, dictando el camino a seguir a través de la pandemia, ha sido la verdadera oposición al Gobierno que ha impedido que este alcanzase las cotas de autoritarismo iliberal de países como Canadá o Francia. Y el votante conservador le ha correspondido con una ilusión inusitada ensalzando su figura hasta el firmamento. Y no solo ellos.

El ascenso de Vox es peligroso, pues es casi tan imposible aritméticamente su mayoría absoluta como el apoyo de un PP en posición de debilidad. Además, con la actual fragmentación política un partido de derecha “fuerte” acabará regalando el Gobierno a la suma de izquierda y nacionalistas. Solo un movimiento al centro podrá apear a Sánchez de su sillón. Y ahí entra Ayuso que, con su mensaje claro y fuerte, consiguió un apoyo transversal como pocos antes visto.

En el proceso, Ayuso ha marcado grandes distancias con el partido verde. Y como no es una versión blanda de Vox, o una nueva derecha dura, votantes de todos los colores cayeron rendidos ante su retórica y gestión. Ni siquiera le hizo falta nombrarles en toda la campaña electoral. Convenciendo aglutinó el voto, dando un nuevo significado a la manida frase del voto útil.

Incluso, más allá de los principios, Ayuso ha sido mucho más inteligente que la vieja cúpula del PP en su postura hacia Vox. Su reconocimiento de que son distintos, de que existen discrepancias, pero que pueden generar puntos de entendimiento, contrasta con la negativa preventiva a pactar que sostenía Casado. Como si tuviese muchas más opciones o como si beneficiase a alguien más que a la izquierda que contribuyas a demonizar a tu único aliado posible. Porque, si el partido al que necesitas es el equivalente al mal, ¿cómo vas a explicar que acabes pactando con él?

Hay tres elementos con los que un candidato puede triunfar en unas elecciones: afecto, razón y relato. Afortunadamente para los que creemos en los derechos y libertades individuales como ideal superior, Isabel Díaz Ayuso funciona en los tres ámbitos. Y funciona más allá de Madrid gracias a un mensaje de centro radical verdadero: la libertad.

Es posible que tengan razón quienes dicen que ahora no es su momento. También es posible que cuando por fin lo sea resulte que es demasiado tarde. Una derecha que sólo aspire a la gestión económica y, en el mejor de los casos, a mantener el statu quo, es una derecha muerta. Y esa es la vía de Feijoo.

A.C.G.

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