Fumata Negra

 


"¿Quién puede pensar en suicidarse estando el precio del gas en 48 dólares al mes?"

Groucho Marx.

Como no podía ser de otra manera, la reciente cumbre del clima en Glasgow ha sido calificada como nuestra “última oportunidad” de evitar la “catástrofe climática” que se avecina, antes de que sea imposible “salvar a la humanidad”.

Era esperable. Durante los últimos 50 años, se ha repetido la misma cantinela en todos y cada uno de los diferentes encuentros celebrados con un mismo objetivo: acaparar la atención gracias al advenimiento de absurdos plazos artificiales. Sin embargo, el apocalíptico mensaje de “se nos agota el tiempo” no solo es erróneo, sino que conduce al pánico y a insensatas políticas irreflexivas.

Ni los 10 años de plazo que se anunciaron en la primera cumbre de la ONU sobre el medioambiente en 1972, ni los “solo tres años para ganar, o perder, la lucha climática” de 1982, ni la “devastación planetaria tan irreversible como un holocausto nuclear” para el año 2000 de los 90. No solo escapaban del manejo de datos fiables (las mediciones precisas del clima comienzan a mediados del siglo XX), sino que eliminan de todas las ecuaciones nuestro valor más importante como especie: el ingenio humano.

Los seres humanos no nos limitamos a consumir recursos, sino que las mejores mentes se encargan, año a año, de hacerlos más accesibles y eficientes. A pesar de todo, tras cincuenta años de fracasos y falsos augurios, activistas, periodistas y políticos se han adherido con un fervor renovado al pregón del apocalipsis inmediato. No es difícil comprender por qué el pánico supone un terrible asesor político. Ante un problema real, pero sobre el que desconocemos su intensidad, se necesita un enfoque inteligente, centrado en la búsqueda de consensos, debates y soluciones realistas, no en provocar miedo para introducir las viejas y fallidas recetas socialistas.

Durante décadas, buena parte de los gobiernos occidentales a diestra y siniestra convirtieron la política energética en un apartado propagandístico más de la climática, obviando la seguridad del suministro, los posibles costes para la población, los factores geopolíticos y demás apartados que no encajaban correctamente con sus agendas ideológicas, tensionando la cuerda hasta que el Covid-19 provocó la implosión del sistema.

El problema de la actual hoja de ruta de energías renovables no es tanto la energía, como el ritmo al que se quieren imponer. Como es lógico pensar, unas fuentes de energía deben de ser sustituidas por otras en un proceso planificado que impida la escasez y que asegure el suministro de forma constante y segura. Que ninguno de estos pasos se siguiera explica bastante bien cómo el precio del MWh haya ascendido de los poco más de 30 euros de 2019, a los casi 400 con los que se cerró el 2021.

A día de hoy, tecnológicamente, las energías renovables son incapaces de cubrir toda la demanda de electricidad generada por un país mediano como España, y no digamos ya la Unión Europea. No solo su crecimiento es demasiado lento como para alcanzar el objetivo de 0 emisiones, sino que, además, la solar y eólica, las más comunes y avanzadas, cuentan con el gran problema de su intermitencia. Incluso en el país más soleado del mundo, por la noche no sale el Sol.

Esta variabilidad obliga a que deban de ser respaldadas en un mix energético. Y es que, aunque el coste de las baterías se ha reducido drásticamente en la última década y pueden contener energía sobrante durante algunas horas, todavía no existe la tecnología que permita almacenarla de forma masiva y eficiente durante días o semanas, algo imprescindible para gestionar las fluctuaciones estacionales, los picos de demanda o las situaciones climáticas adversas que impidan su generación. A día de hoy, no se espera que su capacidad de almacenamiento mundial supere los 130 GW hasta 2030, mientras que la demanda diaria actual, tan solo en España, supera ampliamente los 700 GWh.

Llegar al 0 neto para 2050 es, como vemos, casi imposible si se quiere mantener o incrementar, los niveles de consumo eléctrico actuales. Y si para el año 2050 queremos que nuestra calidad de vida sea superior al actual, no solo utilizaremos la energía de forma más eficiente, sino que también deberemos consumirla en mucha más cantidad que ahora. No es baladí que el volumen de energía que tiene disponible per cápita una civilización sea un indicador fundamental de su prosperidad. Y este incremento se da por descontado con la puesta en marcha de los profundos planes para electrificar el parque móvil y los sistemas de calefacción. También con la apuesta por el hidrógeno verde, que requiere de altas cantidades de electricidad para su fabricación, para sectores especialmente difíciles de electrificar (como el transporte marítimo, responsable del 80% del comercio internacional).

Y así es como llegan los problemas. Con el resto de fuentes vedadas del mix energético, la quema del gas natural se ha convertido en la única plausible, dejándonos especialmente vulnerables a los cambios en su precio y al capricho de nuestros vecinos.

En cuanto a lo económico, el Covid-19 acabó con los últimos espejismos de bonanza. Con la cruzada impuesta contra el petróleo, y toda la inversión huyendo de una tecnología con fecha de caducidad, las reservas y las nuevas explotaciones de combustible disminuyen al mismo ritmo que aumenta la demanda mundial, empujada por un occidente maniatado y un continente asiático hambriento de energía, acercándonos cada vez más hacia la temida escasez y el alza constante en el precio.

No favorece tampoco el sistema marginalista imperante en Europa, donde el coste de toda la generación eléctrica se retribuye al precio de la más cara. En esto tiene buena culpa la Unión Europea que, durante la liberalización del comercio de energía, alentó a los Estados miembros a pujar en subasta según el precio del spot diario, en lugar de negociar precios fijos a largo plazo con sus proveedores habituales (como Gazprom o Sonatrach).

Pero si se impone el “libre mercado” en algunos ámbitos, en otros ni se contempla. Así, las empresas eléctricas están obligadas a generar con lo que le indican, y no con lo que produce una electricidad más económica. Esto, sumado a los intensos peajes económicas, los derechos de emisión de CO2 y las amplias tarifas que imponen los gobiernos al recibo (y que en el caso de España supera el 45% del precio total) imponen a los ciudadanos más desfavorecidos las principales cargas de estos costes políticos.

Estos problemas se han trasladado al punto de vista geopolítico. Con ya más del 35% del gas consumido por Europa proveniente desde Rusia, confiar nuestro abastecimiento a los altibajos diarios del mercado ha permitido al Kremlin influir decisivamente sobre los precios del gas, modulando el suministro a su antojo y atando en corto a Berlín, Bruselas y el resto de capitales noreuropeas, cada vez más incapaces de contrarrestar cualquier órdago lanzado por Moscú. Una tendencia que no hará más que agudizarse gracias a gasoductos submarinos como el Nordstream y, más reciente, el Nordstream II.

Tampoco, a pesar de lo vulnerable que está volviéndose la Unión ante las inclemencias meteorológicas, se considera bajo ningún concepto explotar los grandes depósitos de gas existentes en el norte de Alemania y los Países Bajos, el centro de Francia o el norte de España. Es cierto que extraer gas de esquisto tiene complicaciones medioambientales, pero también en aquellos lugares donde no son tan escrupulosos y nos lo venden a precio de oro.

Tampoco se tienen en cuenta otras soluciones intermedias como el impuesto al carbono en las fronteras, que penalizaría a los productos y energías manufacturados gracias a las centrales de carbón. Eso nos impediría seguir vendiendo con facilidad el relato verde al mismo tiempo que aumentamos la compra de electricidad generada con carbón a nuestros países vecinos. Si tradicionalmente España había sido un exportador neto de electricidad, desde 2016 esa tendencia se ha revertido, obligándonos a importar cada vez más energía tanto de la nuclear Francia como de las centrales térmicas de Marruecos. De hecho, desde que se cerraron las minas en España, nuestra demanda de energía proveniente del carbón alauita ha aumentado un 656%.

Puede que nuestros políticos y ecologistas se reconforten pensando que intentan salvar al planeta, pero ningún otro punto del mundo está pidiendo tanto sacrificio a sus habitantes. Estamos viviendo una crisis energética inducida y de difícil solución. Ya están cerradas muchas centrales térmicas, y de las nucleares nadie quiere hablar. Obligados a pagar una fortuna por el kilovatio en un momento fundamental: nunca hemos vivido tan pegados a un enchufe. Y esta demanda aumentará con la electrificación del parque móvil, todo a merced del deseo expreso de los mismos políticos que han hecho lo inimaginable para que Europa sufra la energía eléctrica más cara del mundo.

Demencial y absurdo. Agendas ideológicas socialistas aterrizadas directamente sobre las carteras de los ciudadanos.

A.C.G.

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