Hijos de Caín
El
envidioso jamás perdona el mérito. Ya lo presentía el genio de Pierre
Corneille, tal vez pensando en nuestra vieja España, donde el éxito nunca ha
merecido más que la hoguera para regocijo de buena parte de la población. Solo así
se explica cómo una persona de origen humilde, capaz de amasar una fortuna de
la nada, generador de riqueza y creadora de puestos de trabajo, honrado y
aplaudido allende de nuestras fronteras, sea aquí vilipendiado por la afrenta
de devolver a la sociedad parte de lo que esta misma le ha dado. De donar, por motu
propio, dinero para conseguir salvar aunque sea una vida.
Amancio
Ortega cometió un error. No se dio cuenta que el cáncer que carcome a la sociedad
no sale de sus cuerpos, sino de sus almas. Un odio tan incrustado y tan
habitual desde hace casi 3 lustros, y recrudecido desde hace uno, que puede que
algunos ni se den cuenta, acostumbrados ya a tanto sinsentido.
Aunque
a los extremos a los que se ha llegado esta semana es difícil persistir en la
indiferencia. Resulta humanamente duro escuchar a asociaciones de médicos
despreciar instrumentos para salvar vidas solo por su procedencia, aparatos de
alta tecnología deseados por hospitales de todo el globo y rechazados en España
por asociaciones tan defensoras de la gente y la sanidad, y con tanto odio
dentro, que prefieren dejar morir a los enfermos que dicen proteger antes de
aceptar la salvación de un empresario, del enemigo.
Incluso
en España, donde el mérito siempre ha sido culpable, resulta esperpéntico que
la generosidad de un patriota ejemplar por su esfuerzo, trabajo y talento,
provoque tales mareas de odio. Esperpéntico que tantas asociaciones hayan
secuestrado ideológicamente hasta el último recoveco de la administración
pública. Asociaciones, para más inri, ciegamente orgullosas de su labor, posicionándose
como referentes y ensalzándose, según el comunicado, como el último obstáculo a
la “penetración de la ideología
neoliberal en la utilización de la tecnología médica”.
Se
escudan en que, Amancio Ortega, como empresario de éxito, no tendría que
demostrar su filantropía, sino “su
obligación tributaria en la misma proporción que el resto de los contribuyentes”.
Como si no lo hiciera. De hecho, más le gustaría a él, y a muchos otros, pagar
en la misma proporción que el resto y no verse sometido a una de las presiones
fiscales más progresivas de la OCDE. Amancio Ortega ya contribuye al Erario
mucho más de lo que le corresponde. Mucho más que nosotros y mucho más que
cualquiera de los que han aprovechado para alzar la voz contra él. Y hablo en
porcentajes.
A
Amancio Ortega, sin embargo, aún le queda ánimo para seguir regalando, para
seguir ayudando, donando, salvando vidas. Y ya van 320 millones. Eso es lo que de
verdad le duele a tantos incapaces de destinar un solo euro a algo que no sean ellos
mismos, que se rompen las manos a aplausos cuando las donaciones sirven para
engrosar la caja de su propio partido o canal de televisión pero que adjuran de
cualquier destino que tenga el prefijo prójimo.
Amancio
Ortega no es más que otro de los muchos que tienen que sufrir ante el complejo
de inferioridad de tantos incapaces de aceptar cualquier mérito ajeno, siempre
dispuestos a atacar a cualquiera que despunte de la mediocridad, siempre con
medios de comunicación dispuestos a darle voz al odio, como sufrió Juan Roig
por su Fenómeno Mercadona, siempre
con políticos encantados de blanquear ese odio. ¿Terrorista quién?
Suerte
que aunque esta subespecie se reproduce con pasmosa rapidez, anidando sobre
todo en esa mal llamada “mejor generación de la historia”, aún queda buena
gente. O gente que de verdad sabe lo que es la enfermedad, gente dispuesta a
todo por curar, por hacer el bien. No es de extrañar las palabras de otras
asociaciones de médicos y, sobre todo, de pacientes: “Para los médicos nuestra prioridad son los pacientes y ellos lo que
quieren es que les tratemos de la mejor manera posible. ¿Tú crees que a ellos
les importa de dónde venga el dinero?”.
Por
cierto, ¿he dicho ya que la Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública sí
que acepta donaciones en su página web?