Problemas Imaginarios
La Asociación de la Prensa de
Madrid ha denunciado esta semana lo que ha tenido a bien denominar como una “campaña sistematizada de acoso” por
parte de Podemos contra periodistas que habían publicado informaciones discordantes
con el ideario de la formación morada. La APM dice tener pruebas gráficas del
matonismo con que Podemos intentaba amedrentar a estos periodistas, muchas
veces, como no, a través de Internet y los trolls, convertidos ya en la carta
de presentación de la formación en el debate de ideas.
La presión política a la prensa
no es nueva, pero asusta la fijación especial que un partido tan nuevo tiene
hacia ella. Ya en sus inicios Podemos pidió prohibir todos los medios de
comunicación privados y uno de los principales puntos del acuerdo exigido al
PSOE de Sánchez, además de la vicepresidencia para Iglesias, fue el control
expreso de la televisión pública. O tal vez no sea contra la prensa, sino
contra lo que puede o no decir ésta. Contra la misma libertad de expresión.
Si no creemos en la libertad de expresión para la gente que
despreciamos, no creemos en la libertad de expresión. Este aserto de Noam
Chomsky se les podría recordar a los muchos que exigen airadamente libertad
para sus ideas y persiguen con ahínco a quienes defienden postulados que les
irritan. En el polémico debate de la libertad de expresión existe una obviedad
que normalmente se suele olvidar: la diferencia entre libertad de expresión y
la provocación premeditada. La diferencia, evidente: el propósito. La libertad
de expresión, valga la redundancia, sirve para expresar, no para provocar. Si
una persona nos insulta por la calle no está ejerciendo ningún tipo de derecho.
Aún no se ha implantado el derecho al insulto.
Con estas consideraciones, hace
daño, o chirría cuanto menos, el beneplácito con el que se ha acogido el acto
del carnaval de Canarias. La misma con la que muchos justificaron, por ejemplo,
el robo de las formas consagradas de algunas Iglesias, la representación
teatral donde se mataban monjas y jueces o perdonaban a Rita Maestre por
asaltar una capilla medio desnuda al grito de “Arderéis como en el 36”… para prohibir después que un autobús
pasee por la calle con un simple mensaje de biología. Un mensaje que podrá ser
retrógrado, rancio, atrasado y todo lo que se quiera, pero difícilmente un
delito. Mayor ofensa fue para las sensibilidades con algo de sentido común que
la encargada para salir a clasificarlo como delito de odio fuera la Rita, esa
que deseaba muerte amparándose en su libertad de expresión. Menos más que el
programa de odio de la televisión pública vasca no lo pusieron en un autobús,
si no se les hubiera caído el pelo.
Estamos en democracia, y en
democracia se puede hablar de todo. Incluso de dictadura. Lo que hace grande a
la democracia es que aquí la gente pueda decir lo bien que se vive en Cuba o
Venezuela o el parnaso que era el franquismo o la URSS. Allí al revés sería
imposible. Siempre bajo el respeto a la ley, claro. Pero un nuevo boicot, una
doble vara de medir, se está empleando disfrazada de buenismo o de lo políticamente
correcto. Se puede ofender sí, pero solo en una dirección. El año pasado en
algunos estados de EEUU trascendió la noticia de que se estaba pensando
prohibir el clásico de la literatura “Matar
a un ruiseñor” por su lenguaje racista. Podríamos también empezar en
España a purgar nuestras bibliotecas. Quien sabe quién podría leer el mensaje
misógino intrínseco en la Celestina o García Márquez, el clasista de Cervantes,
el esclavista de Aristóteles o el totalitario de Borges o Lenin (aunque no creo
que este último sea muy cuestionado).
¿Tenemos, entonces, que redactar
un nuevo listado de libros heréticos para purgar aquellos que excedan lo que
hoy se viene a llamar políticamente correcto? Para nada. Si lo hiciéramos, como
muchos (y muchas) pretenden, después nos llenaríamos de sorpresa ante el
advenimiento de personajes como Trump a la primera esfera. Como se iban a
imaginar los nuevos inquisidores que ese grupo de la población que nada puede
opinar y que solo debe sufrir iba a votar por el único candidato que, como
mínimo, fingía escucharles y gritaba los pensamientos que a ellos no les
dejaban ni susurrar. Ningún estadista lo habría podido preveer.
Pero cuidado, que esto no nos
conduzca al tópico relativista de respetar todas las ideas. Las ideas
perniciosas y peligrosas tienen que ser sacudidas y rebatidas sin piedad. Atacar
el mensaje no al mensajero. Esto no es incongruente con el derecho que tienen
las personas a defender esas ideas en público, por mucho que nos molesten.
Antes, las ideas adversas se discutían y combatían. Ahora resulta más cómodo la
impugnación o el boicot de todo lo que se salga ligeramente del guion.
Pero tal vez sea bueno. Tanto en
los individuos como en las sociedades, cuando se carece de problemas reales,
empiezan a aparecer los imaginarios. Tal vez nuestros problemas son tan ínfimos
como para que España se pasara hablando una semana de un autobús naranja. Pero
cuidado, una lección de historia: justo antes de su caída ante el Imperio
musulmán otomano, en Constantinopla se vivía una encarnizada discusión sobre el
verdadero género de los ángeles.
A.C.G.