El Tratado de Troya

En un mundo cada vez más globalizado, los lazos y acuerdos, tanto geopolíticos como comerciales, se caracterizan por su cada vez mayor pujanza en el panorama internacional. Y, aunque esto sin duda es algo bueno al permitir estrechar lazos entre personas de diferentes naciones, no todo puede valer.

Solo hace falta considerar el secretismo con el que las cúpulas de EEUU y la UE están llevando a cabo el proceso para intuir los más que posibles problemas que se generarán con la firma del TTIP entre las dos grandes potencias comerciales. Por norma general, las medidas populares y beneficiosas son anunciadas a bombo y platillo, ya que por su naturaleza, generan votos y felicidad en las masas, lo que las hace más proclives al gobierno. No es habitual cerrar con 7 llaves algo que nos venden como la gallina de los huevos de oro.

Lo que realmente tratan de ocultar es la sustancial pérdida de garantismo formal en el proceso negociador y la pérdida de derechos y soberanía que se producirá en el conjunto de la población y los países miembros. Y eso que no se ha hablado aún de pérdida de democracia.

El tratado, que busca igualar derechos a la baja entre las dos potencias, aunque técnicamente no provocará bajadas sustanciales en los derechos de los europeos, tiene una pequeña trampa incrustada en la letra pequeña: sí que se reconocerán los productos fabricados en EEUU como homologables en nuestro territorio a pesar de que sus estándares de calidad y toxicidad medioambiental no hubieran conseguido traspasar las barreras del mercado si hubieran sido presentados fuera del Tratado ante las autoridades sanitarias de la Zona Euro.

Otro contundente golpe que lleva el sello de las grandes multinacionales, las más interesadas y beneficiadas del tratado, viene dado a las normas constituyentes y las jurisdicciones de los países miembros. Con la firma del tratado se promulgará la creación de tribunales de arbitraje con abogados provenientes del derecho privado que quedarán lejos de las jurisdicciones de los Estados y que permitirá a las empresas reclamar cientos de millones por pérdidas en los casos de que un parlamento legítimamente constituido dicte una norma o ley que vaya en contra de la naturaleza del tratado. No hace falta constatar la potencial debilidad a la que se lleva a los Estados con esta medida y la dramática pérdida de representatividad democrática que se inflige a los ciudadanos de la Unión.

Por último, pero no menos importante, este será un acuerdo que beneficiará a las grandes corporaciones, con la posibilidad de colocar filiares en los territorios que juzguen que tienen legislaciones más laxas en aquello en lo que se vean metidos, pero el creciente predominio de estas ahondará en el detrimento del pequeño comercio y del producto nacional, que se verá perjudicado al intentar competir con otros trabajadores y países con legislaciones laborales más laxas y por tanto con una mano de obra más barata que hará deslocalizarse a las empresas para obtenerla y así abaratar sus productos muy por debajo de lo que el pequeño comercio podría conseguir. Y todo esto para conseguir una ínfima subida del PIB de la Zona Euro y unos pocos cientos de miles de empleos, y eso si con el tiempo no se demuestra que se ha revertido la tendencia.

Solo los ciudadanos podemos conseguir revertir la tendencia actual del capitalismo, insensible y ausente con los problemas de la gente, para convertirlo en un capitalismo más humano y cristiano, que de verdad ayude a solventar los principales problemas de la población y que ahonde en el beneficio de unas futuras clases medias que se nutran de las que hasta ahora han sido las clases más desfavorecidas.

A.C.G.

Entradas populares