Suicidio Energético
“«Todos
desapareceremos en una nube de vapor azul para 1989» La
Comunidad Científica: “El problema, como todos los problemas
medioambientales, es que cuando tenemos suficientes pruebas empíricas para
convencer a la gente, ya estaremos muertos””
The New York Times, 1969.
Con la subida del coste del petróleo, del gas y
con la factura de la luz a cotas nunca antes vistas, podemos afirmar que este 2.021
es el inicio de la primera gran crisis de la transición energética. No nos
tendría que haber alarmado tanto pues, como la misma ONU ha indicado por activa
o por pasiva, “el mayor reto al que la humanidad se haya enfrentado”,
lograr el 0 neto global de emisiones evitando el desastre, no se podrá
sobrepasar sin graves sacrificios económicos.
Sin embargo, parece que un alto porcentaje de
la población sí que confió en los políticos de occidente, tanto a derecha como
a izquierda, que tranquilizaban a todos mientras legislaban hacia ese objetivo:
tan solo un pequeño sacrificio temporal (no conduzcas, no consumas, no comas
carne…) que pronto se verá compensado por los sorprendentes avances
tecnológicos que, seguro, están por venir.
Obviamente, ambas cosas no podían ser. No obstante,
el uso de esta neolengua, este doble pensar tan orwelliano, les confería a
nuestros dirigentes la capacidad de utilizar una careta según el auditorio al
que se enfrentasen, transmitiendo optimismo o alarma según convéniese. Pero la
guerra es paz, la mentira es verdad, como en la novela, no puede durar ante el
espejo de su propio absurdo.
¿Existe una causa más noble que salvar el
planeta, a los seres humanos o el mundo animal? El cambio climático es real, es
absurdo negarlo, y parece bastante cierto que en buena medida está provocado
por los seres humanos pues, aunque el clima se encuentra siempre en un cambio
constante, puede que no lo haga de forma tan repentina como en la actualidad. Sin
embargo, como dice el refrán, el camino al infierno está empedrado de buenas
intenciones, por lo que esta cortina no puede ocultarnos el lucrativo negocio
que para unos pocos supone la venta de anunciar el próximo Apocalipsis.
Cuando la prensa habla sobre el cambio
climático, sólo mencionan los grandes y calamitosos desastres bíblicos que
sumirán en el olvido a la humanidad. Y no son pocos los activistas
irresponsables, a lo Greta Thunberg, que han rodeado el problema de un
componente religioso, condenándonos a morir todos en el transcurso de una
generación, abrasados por las llamas del infierno bajo una balsa profunda de
agua salada, si no aceptábamos nuestra culpa primigenia y cumplíamos con el
diezmo y el nuevo credo redencionista.
Este devoto fervor, junto a la caza del hereje,
ha impedido que se pueda hablar del tema de manera calmada y razonable. Por
ejemplo, cuando se habla de la “Comunidad Científica”, ¿cuáles son los
nombres y experiencia de quien dicta el mensaje? ¿Cuánta gente conoce a ese
comité de expertos que nos piden sacrificios sin número? Es obvio que el ser
humano, por su propia existencia, genera desafíos a los que debemos hacer
frente, pero ¿el camino que nos muestran es el único posible? ¿No se puede
intentar salvar el planeta sin la agenda ideológica que, tradicionalmente, nos
han vendido como la única posible? ¿De verdad estamos tan mal?
Recordemos la temporada de huracanes del año
pasado, ahí está la bibliografía de las principales cabeceras mediáticas. En el
Caribe fue especialmente dura y complicada, y así nos lo trasladó la prensa, con
alegorías y augurios nefastos de todo tipo ante el inminente final. Sin
embargo, fueron más escuetos señalando que el año pasado no fue el peor en el
Atlántico, sino el 13º de una serie histórica que, como es lógico, tampoco es
muy larga. Los periódicos tampoco se hicieron eco de lo especialmente benigna
que fue la temporada en el Pacífico, y no olvidemos que el cambio climático es
un problema global, así que tiene que tratarse de forma mundial y no
localizada. Y lo mismo podríamos decir tras los incendios de California y las
inundaciones de Alemania que, a pesar de la tragedia, mantienen una clara tendencia
decreciente a nivel mundial que engloba a todos los desastres naturales desde
1950, cuando comenzaron las anotaciones de los primeros datos fiables. Sin
contar, por supuesto, que no sabemos todavía con absoluta certeza si estos
sucesos pueden ser atribuibles al cambio climático, pues nuestras mediciones
son tan recientes que no existe una serie histórica en la que podamos confiar
para marcar tendencias.
Lo que sí podemos asegurar es que las medidas
para combatir ese cambio climático sí que serán costosas, pues afectarán
principalmente a los dos sectores más fundamentales de cualquier economía: la
energía y el transporte. Y por supuesto que debe de existir un debate,
inexistente hasta ahora, sobre cómo podemos contaminar menos y mantener un
crecimiento sostenible, pero sin olvidar que es imposible cualquier crecimiento
sin una energía barata. Recordemos que, tras 10.000 años de agricultura, fue la
llegada del carbón y el barco de vapor lo que permitió a la humanidad llegar a
la Luna en menos de 200 años.
Además, por si fuera poco, la UE parece ser el
único punto del planeta que se toma en serio la aplicación de estas medidas.
Conceptos tan repetidos en occidente como neutralidad climática o huella de
carbono, en Asia suenan a cuentos chinos, o en su caso alemanes, y prosiguen a
lo suyo sin darse por enterados. No se suele airear mucho que la Unión
representa, en su conjunto, el 9% de las emisiones globales (24% del PIB
mundial), frente al 13,4% de los EEUU (24% PIB) y el 30,3% de China (15% PIB).
Ajenos al suicidio energético occidental y sin
cumplir ni uno solo de los acuerdos pactados, China continúa presentándose a
todas las cumbres animando al resto de economías a cumplirlos mientras que aglutina
en su territorio más de la mitad de la capacidad total de centrales eléctricas
de carbón del mundo, y continúa planificando aumentarlas con nuevas
construcciones. Una senda que prosiguen muchos países en desarrollo, que no
quieren devolver a su población a la pobreza más absoluta.
Además, teniendo en cuenta que, exceptuando
Moscú (7ª) y Tokio (17ª), 23 de las 25 ciudades más contaminantes del mundo se
encuentran en China, parece que Europa no ocupa un mal lugar en la ecuación. Sin
embargo, se carga en occidente toda la culpa primordial, atacando al fontanero
del barrio y su furgoneta diésel, su estufa en invierno y aire acondicionado en
verano, que le gusta consumir carne unas cuantas veces por semana. La vieja y
fracasada teoría marxista de luchas y odios, reconvertida en ecologismo en
busca de su enésima oportunidad de alcanzar la miseria.
La subida de la luz tiene causas políticas
perfectamente rastreables, y nos demuestra con crudeza el costo de las
políticas climáticas. La última década de abundancia de petróleo y energía,
gracias al desarrollo del fracking, permitió a Occidente centrarse en unas
incipientemente competitivas energías renovables en detrimento del resto de
fuentes. Este impulso se aceleró tras el “Acuerdo del Clima” de París en
2.015, cuando comenzaría un fuerte movimiento de presión contra las inversiones
en combustibles fósiles.
En poco tiempo la inversión institucional se
secaría y, poco después la privada comenzaría a reducirse. Si la financiación
disponible para explorar nuevos yacimientos superaría los 800 mil millones de
dólares en 2.014, para este último año 2020 apenas alcanzó los 383 mil
millones, menos de la mitad. Mirando estas cifras, muchos se pueden estar
preguntando ¿dónde está el problema? ¿No son estas buenas noticias? ¿No es un
objetivo loable el fin del negocio del petróleo?
El socialismo, como siempre, es experto en
adherirse a una causa noble para literalizarla y transmutarla en un desastre
social. El cambio de energías, algo cuanto menos deseable tanto a nivel
ecológico como geoestratégico, no es el problema, sino los tiempos que se
imponen. La drástica reducción en la inversión del petróleo ya se hace notar:
menos campos de gas natural, e incremento de la demanda mundial por el abandono
del resto de energías, solo pueden empujar los precios al alza. En Europa el
ejemplo paradigmático es Alemania quienes, tras abandonar la energía nuclear en
2011, y la incapacidad de las energías renovables para suplirla (a pesar
de la inversión de más de 600 mil millones de dólares), les ha empujado a
volver a abrir centrales de carbón y enchufarse al gas natural para impedir el
colapso de su red eléctrica, aumentando un 50% sus precios desde 2007,
posicionándose un 45% más caros que la media europea.
A lo largo de los milenios, la humanidad siempre
ha hecho frente a sus grandes desafíos mediante la innovación y el ingenio. En
esta pandemia, por ejemplo, lo que derrotó al Covid-19 no han sido los
confinamientos interminables, las prohibiciones kafkianas o las medidas
draconianas, sino las vacunas. Pero la innovación requiere de grandes
cantidades de recursos, y con una crisis cronificada estos disminuirán
rápidamente. Y sus consecuencias recaen, como siempre, en los mismos.
Tener que pagar el cuádruple por la factura de
la luz, o estar obligado a comprar un vehículo eléctrico, siempre más caro que
los tradicionales, si quieres entrar en tu propia ciudad es un pequeño
sacrificio para algunos. Pero supone que los estamentos más pobres de la
sociedad no podrán encender con tranquilidad la calefacción en invierno, que
transportes como el avión vuelvan a convertirse en un lujo al alcance de pocos
o la pérdida generalizada de riqueza y empleo, cuando las empresas tengan que
trasladar a la cesta de la compra el incremento sistemático de todos sus costes
de producción.
El camino que nos venden nos hará a todos más
pobres, y no hay ecología sin economía pues uno solo tiene el privilegio de
preocuparse del medio ambiente cuando posee el resto de necesidades cubiertas.
Y mientras tanto, los vendehúmos continuarán realizando predicciones a décadas
vista y enriqueciéndose a costa del resto:
-
Año
1967, Washington
Post, “Pronóstico de hambruna terrible para 1975”. Ya es demasiado tarde
para evitarlo.
-
Año
1970, Revista
Live, “Los ciudadanos de las grandes ciudades requerirán máscaras de gas
para 1985”. Los científicos tienen pruebas experimentales y teóricas sólidas
para respaldar las siguientes predicciones y que la contaminación del aire
habrá reducido la luz del sol a la mitad.
-
Año
1971, Washington
Post, “Nueva edad de hielo para 2020 o 2030”. Predice un destacado
científico atmosférico.
-
Año
1972, Maurice,
Primer Director de las Naciones Unidas para el Medioambiente, “Tenemos
10 años para evitar la catástrofe”.
-
Año
1974, The
Guardian, “Los satélites avisan de que una próxima edad de Hielo es
inminente”.
-
Año
1974, The Times,
“El hombre también puede ser el responsable de la tendencia al
enfriamiento”. Prestigiosos científicos climatólogos sugieren que el polvo y
otras partículas liberadas por el hombre a la atmósfera y la quema de
combustible puede estar bloqueando cada vez más la luz del sol y el
calentamiento de la Tierra.
-
Año
1976, The New
York Times, “Consenso científico: enfriamiento del planeta, hambrunas
inminentes”. Dependemos de la ciencia y de los científicos para proyectar un
rayo de luz para el futuro de la civilización. Los investigadores climáticos se
están alarmando porque en los próximos 10 años, la humanidad no podrá
alimentarse por sí misma debido a los cambios climáticos.
-
Año
1979, The New
York Times, “Sin fin a la vista para la tendencia de enfriamiento”.
-
Año
1980, The New
York Times, “Tolba, Director del programa de la ONU: si el mundo
continúa estas políticas, para el año 2000 tendremos una catástrofe medioambiental
que será irreversible como un holocausto nuclear”.
-
Año
1983, la EPA,
“Calentamiento global catastrófico que podría comenzar en 1990”
-
Año
1988, el País,
“La subida de las aguas provocará la desaparición de las Islas Maldivas en
menos de 20 años”.
-
Año
2000, The
Independent, “Los niños simplemente no sabrán lo que es la nieve”.
-
Año
2002, The
Guardian, “¿Por qué los veganos tenían razón todo este tiempo? En 10
años la hambruna azotará el mundo.
-
Año
2004, The
Guardian, “El Pentágono advierte a Bush: el cambio climático nos
destruirá. Inglaterra se convertirá en Siberia en menos de 20 años.
-
Año
2008, Associated
Press, “Científicos de la NASA: “nos asamos”. Todos los científicos
coinciden en que el Ártico habrá desaparecido de aquí a 5 o 10 años.
-
Año
2013, The
Guardian, “El Ártico ya no existirá para 2016”.
- Año 2014, The Washington Examiner, “El Secretario de Estado John Kerry y el Ministro de Asuntos Exteriores francés, Laurent Fabius, coinciden: «solo nos quedan 500 días para evitar el caos climático»”
A.C.G.