Lady Madrid

 


“Bares, qué lugares

Tan gratos para conversar

No hay como el calor de un amor en un bar”

Gabinete Caligari, copla.

“Qué hable la mayoría” fue uno de los lemas oficiosos de Podemos. Pues bien, con la participación más alta de la historia de Madrid, una subida del 65 al 76%, no solo ha ganado la derecha, sino que el fracaso de la izquierda (menos votos absolutos que en 2.019) provocó la tan anhelada retirada política de Pablo Iglesias, probablemente hacia uno de esos medios de comunicación que tanto contribuyeron a ensalzarlo.

Seguro que estos días algunos fanáticos intentarán ensalzarlo, pero los más estamos aliviados con la marcha del hombre que, siguiendo la estela del zapaterismo, impulsó hasta el extremo una política de desgarros, de enfrentamientos, de ataque a las instituciones, de acoso a los periodistas críticos y de linchamiento hacia aquellos que no se plegaban a sus dictados. Tanta gloria lleve como paz nos deja, que cierre la puerta giratoria al salir.

Su última guinda ha sido esta sucia campaña donde, una vez que comprobaron que no podían discutir a la presidenta ni su gestión, ni su capacidad de conectar con la calle, intentaron agitar el espantapájaros de la ultraderecha con la evidente intención de que sus deseos de confrontación guerracivilista se hiciesen realidad. Como si desde Vox fuesen los que llevaban a los mítines de Podemos a su personal de seguridad a incitar enfrentamientos y arrojar piedras. O los que organizaban jornadas de limpieza para “desinfectar” con lejía las baldosas sobre las que habrían pisado los supuestos “infectos fascistas”.  

Pero sería injusto atribuir este comportamiento únicamente al difunto líder de Podemos. Ahí estaban Carmen Calvo y Mónica García, del PSOE y +Madrid, atribuyendo su derrota a la presunta fachería de la capital, poblada de gente tonta y descerebrada, incapacitados para votar. Centralistas adictos a la derecha que nunca estuvieron a la altura del reto que asumían.

Nada nuevo bajo la Puerta del Sol. El discurso propulsado desde el Gobierno, y asumido por todo el sanchismo, de odiar a Madrid, esa madrileñofobia en la que todos los insultos estaban permitidos. A los madrileños se les ha tratado de infectados, de bombas víricas diseminadoras de coronavirus urbi et orbi. Desde las TVs públicas y las sedes de los presidentes autonómicos, dirigidos por Moncloa, se ataca a la Comunidad, aumentando y amplificando las diferencias entre las regiones y fomentando el enfrentamiento entre españoles. Les han llamados racistas y violadores, nazis y fascistas, e incluso se presentó una campaña electoral, en Cataluña, alentando subidas de impuestos a los insolidarios madrileños, ya que no podía permitirse que la región que más aporta a las cuentas nacionales no fuese otro infierno fiscal. ¿De dónde iban a sacar el dinero para pagar la siguiente tanda de embajadas catalanas?

Pero este ha sido tan solo uno más de los relatos ficticios que Sánchez ha intentado elaborar. Después de tantos comités inexistentes, victorias víricas reiteradas y arbitrariedades perniciosas, los madrileños han mostrado su hartazgo ante un personaje dispuesto a engañar a todos, a todas horas, los 365 días del año, que los trataba como una anomalía mientras premiaba a la Cataluña xenófoba que fomentaba dejar sin vacunar a los policías “españoles”. Puede que resulte irónico que el Gobierno que más ha hecho por disolver el concepto nación y reforzar el orgullo local, sea humillado por una mujer acusada ahora de promover un independentismo madrileño, que ya es decir.

Madrid no atendió a la propuesta rancia y divisoria de la izquierda, no compró una campaña de 1.936 en pleno siglo XXI. El desprecio moralista de la nueva izquierda contra esos “tabernarios” empujaron a los votantes hacia Ayuso. Los bares para mucha gente no son solo unas cañas. Es su trabajo, la pequeña empresa de una familia normal o el empleo del camarero precario, los proveedores que descargan las mercancías en sus puertas, los mayoristas que traen los productos a la capital, las explotaciones agrícolas y ganaderas y hasta las industrias de la servilleta de usar y tirar. Todos, por supuesto, con familias del norte, sur, este y oeste.

Se le había criticado desde el poder, de practicar una política populista “trumpista”, ofreciendo soluciones sencillas a problemas complejos. Pero si tras el verano lo fácil era cerrar, sus decisiones arriesgadas, difíciles y contra corriente demostraron que se podía haber actuado de otra manera, haciendo compatible algo que jamás podría haberse disociado: que sin salud no hay economía, y viceversa.

Desde que la gestión está en manos de las CCAA, Madrid es de las CCAA con mejores datos de mortalidad (13/17) y una de las únicas donde se ha creado empleo, mientras el paro aumentaba en el resto de España. Por eso pronto dejaron de hablar de datos y gestión en la pandemia, pues el bulo de utilizar datos absolutos para comparar Madrid con Teruel, poco sostén tenía.

Así lo entendieron los votantes, incluidos las decenas de miles de personas que apoyaron a la izquierda en las últimas elecciones, pero que no entendían por qué todas las propuestas que Ayuso trasladaba al Gobierno eran sistemáticamente rechazadas o ignoradas… para acabar siendo implantadas mal y a destiempo. Una tónica que ya empezaría en marzo de 2.020, con la presidenta buscando cerrar la educación desde el 1 de marzo y el Gobierno tachándola de “IDA”. Lo mismo ocurriría con la petición de las PCR y cuarentenas a los viajeros de determinados países, la autorización de realizar test de antígenos en las farmacias, el uso de las mascarillas (con el gobierno desincentivándolas y Ayuso regalando mascarillas FFP2 que serían criticadas por “egoístas”), con el IVA de las mascarillas o con los tramos de vacunación y la forma de administrarla.

Sus acciones, esa inaudita campaña organizada de linchamiento contra su persona y su franqueza, supo conectar con una calle cansada de eufemismos, máxime cuando está brutalmente asfixiada por la ruina económica y el cansancio sanitario y social. Se identificaron con ella, superando los esquemas de derecha e izquierda, hombres y mujeres, heteros y gais, ricos y pobres. Los votantes, que en el fondo son personas a pesar de las quejas y los delirios identitarios de la izquierda postmoderna, la premiaron a ella, que pisó cada calle durante la pandemia, hablando con médicos, enfermos y comerciantes, mientras se inventaba en tiempo récord un hospital en IFEMA y construía otro en el Zendal, acomodaba a los fallecidos en el Palacio de Hielo, intentó que los escolares menos favorecidos pudieran continuar disfrutando de sus becas de comedor y pactaba con los hoteleros que la gente contagiada pudiera guardar cuarentenas en sus habitaciones.

Enfrente solo tenía a un Iglesias escondido en su cómoda mansión, narrando en Twitter los pormenores de las series que disfrutaba con todos los gastos pagados. O a un Sánchez que solo aparecía para anunciar buenas noticias, reales o no, que debían ser achacadas exclusivamente a su magnánima persona. No es de extrañar que la izquierda se lanzase a una envilecida campaña de críticas, e incluso de sabotajes, ante un hospital público de primera necesidad que poseía el mortal pecado de carecer de máquina de café, la acusaran de beneficiarse de un trato preferencial por parte de los hoteles o pusieran el grito en el cielo al trascender que uno de los menús del comedor contendría pizzas en lugar de los más sublimes alimentos veganos.

La apuesta de Sánchez y Redondo de utilizar a Cs como ariete para anular definitivamente a la derecha durante los próximos 10 años ha resultado un fracaso. Este derrumbe puede ser preludio de lo que puede ocurrir en buena parte de España, donde un PSOE alejado de los trabajadores, se ha embarcado en una campaña bajo la estela de jóvenes acaudalados, ensimismados con la Internacional y las políticas de Identidad importadas desde los EEUU, de las mil culturas, los seis sexos y las demás veleidades de la nueva izquierda burguesa.

No es sorprendente, por tanto, que las encuestas certifiquen que la derecha gana con holgura en toda(s) España, relegando la victoria del sanchismo a aquellos lugares donde el virus nacionalista se ha extendido más fuerza (País Vasco, Cataluña, Navarra y Galicia). Vox ya ha olido la presa, y parece dispuesto a abandonar lo poco del alma liberal con la que nació para “lepenizarse” definitivamente, abrazando un socialismo fascista (como todos los fascismos), que, al igual que en Francia, cambie de color unos barrios obreros preocupados por su nómina y sus precarias situaciones, desengañados definitivamente con las “niñes”, lo verde y las identidades de la nueva izquierda.

El PP, por su parte, puede haber encontrado su camino de manos de una figura que impusieron como candidata de transición y que, incluso, intentaron eliminar ante el miedo de sufrir los ataques del poder mediático. Pero cuidado, porque muchos no han votado al PP, han votado contra todo lo que encarna Sánchez y, sobre todo, la han votado a ella.

Más que cualquier discurso insoluble de Casado, o cualquier vaivén político que haya protagonizado el actual líder del PP, la eficacia de la presidenta a la hora de hablar con contundencia, su franqueza natural y la sensación de ideas detrás de la simple imagen, es lo que ha conseguido que el PP en las autonómicas haya obtenido 10p más de lo que se pronostica para las generales. 10p que sirven para mantener a Cs y aupar a Vox gracias a la figura de Casado.

Génova debe de aprender que, si quieren regresar algún día al gobierno, no les basta con esperar, sino que tienen que abandonar sus discursos vacíos y plantear por primera vez, desde los tiempos de Aznar, una campaña basada en ideas y valores, una campaña que les servirá para aglutinar bajo su manto a votantes desde el centro-izquierda a la derecha más conservadora. Esa es la verdadera centralidad de Ayuso, la centralidad que atrae por lo transversal de su discurso, y no la centralidad propuesta por Casado, de sumisión y aceptación de los dogmas de la izquierda.

Solo con ideas pueden soñar con revertir, incluso, las tendencias que dictan que una mayor participación favorece a la izquierda. Ese granero de votantes menos ideologizado, de fronteras más difusas y proclive a la abstención, solo se mueve cuando un mensaje emocional y sencillo consigue alcanzarlos. Y esa posibilidad, hasta ahora, siempre había sido patrimonio de la izquierda gracias a la incomparecencia de la derecha de todos los campos de la batalla cultural.

Es necesario que Ayuso marque el nacimiento de un nuevo PP de centro, pero amparado en el grito de la libertad. Y libertad es establecer la independencia del Poder Judicial. Libertad son gobiernos transparentes. Libertad es perseguir el fin del capitalismo clientelar y los chiringuitos. Libertad es una educación pública y concertada de calidad desde el nacimiento, separada de las pulsiones y delirios independentistas. Libertad es proteger el derecho a la presunción de inocencia y no permitir que se invierta la carga de la prueba. Libertad es impedir que los populistas vendan a las minorías que la solución a sus problemas se encuentra en el odio hacia las mayorías.

Libertad es la separación entre Gobierno y los medios de comunicación. Libertad es no parasitar la Administración pública y asegurar su profesionalización y neutralidad. Libertad es instaurar un sistema de evaluación de políticas públicas para que los ciudadanos puedan juzgar por sí mismos su eficiencia.

Libertad no es prometer subvenciones o pagas, sino hablar de pelea, de lucha diaria, de cultura del esfuerzo. Libertad es bajar los impuestos, eliminar la burocracia asfixiante y suprimir los trámites que ayuden al joven que busca su primer trabajo, o al pequeño empresario que ha cerrado por el aumento de las cotizaciones, pasando por el taxista que no sabe de dónde sacar para pagar el incremento de impuestos en la gasolina y los peajes.

Ayuso ya ha demostrado que puede encarnar ese mensaje. Ya veremos si Casado también.


A.C.G.

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