La Nueva Fe
“Aquellos que pueden
hacerte creer absurdidades, pueden hacerte cometer atrocidades”
Voltaire.
Durante
mucho tiempo, en España la corrupción se ha normalizado. En un mundo donde los
valores están desapareciendo y la clase política se encuentra en acusado
descenso hacia una espiral de mediocridad, la mayoría de los españoles han
estado dispuestos a mirar para otro lado. ¿Cómo no entender al ladrón que, tras
días y días de manejar miles de millones de dinero público (que como todo el
mundo sabe, no es de nadie), decide embolsarse uno? ¿Qué supone tal cantidad
dentro del despropósito de gastos que inundan al Estado a cambio de la
tranquilidad?
La
institucionalización de la situación, como ocurre siempre en nuestro país, ha
terminado provocando incluso una división partidista en la manera de esquilmar
las arcas públicas. Los conservadores, mayoritariamente, han ido concentrándose
en torno al uso de información privilegiada, el tráfico de influencias, los
fraudes, la prevaricación o las comisiones. Esta derecha encarnada en su
partido mayoritario, el PP, fiel a sí misma y sus capacidades, se especializó
en esta corrupción tosca y burda, simple y fácil de entender, la de las cuentas
en Suiza y sociedades en Panamá.
La
izquierda, por su parte, se ha valido más del caciquismo y la malversación, las
taras habituales de los gobiernos socialistas. En el PSOE siempre han sido
mucho más inteligentes que en el PP, incluso cuando delinquen, porque ¿cómo se puede
demostrar el caciquismo? Pongamos un ejemplo, ¿cuál es el número máximo de
Ministerios que necesita un país? Si Alemania, primera potencia de Europa, con
80 millones de personas, se gobierna con 14 ministros, vicepresidente y
presidenta, ¿existe alguna ley que impida que España demande 22 ministros, 4
vicepresidentas y un presidente? ¿Hay responsabilidades penales para los que
necesitan un aparato gubernamental, el doble de grande, para gobernar sobre una
población y una economía de la mitad?
Sin
entrar en el desmadre autonómico, un Ministerio es el Parnaso perfecto para
encajar afines en las funciones más inverosímiles con los salarios más
descabellados. No existe ninguna norma objetiva que indique cuantas personas es
razonable tener en nómina para gobernar un país, ni cuanto es el dinero que
debe cobrar esa importante jefa de la Secretaría de Políticas de Cuidados que
también ejerce de niñera, o si es realmente necesaria. La malversación, por su
parte, es la utilización impune de los recursos del Estado (sobres, radios,
carteles, televisión, web, redes sociales…) para beneficio del partido. Y
pellizco a pellizco, cada acción aumenta poco a poco la rapiña en un gasto
exponencial a simple vista insignificante, pero que tiende al infinito. Por eso
sí que salen más fuertes de esta.
Es
normal, pues, que a la derecha le aparezcan casos “Gürtel” y la
izquierda abone “ERES”, lo llevan en la ideología, en la concepción
intrínseca de lo que para ellos es lo público y lo privado. Así, mientras la
derecha esquilma los recursos privados antes de que lleguen al erario público,
la izquierda hace uso de ellos una vez que están en manos del Gobierno.
Diferenciación interesante, aunque, como siempre, para el ciudadano medio poco
importa.
Sin
embargo, en nuestros días está volviendo a ponerse en boga una vieja técnica de
corrupción. Una delincuencia sibilina, inefable, imposible de rastrear, un
mecanismo sublime para evadir dinero a espuertas, sin dejarnos la posibilidad
de protestar o demandar condenas; una práctica en la que Podemos se ha doctorado.
Los verdaderos intelectuales, la condición superior de nuestra clase política,
han ideado la forma perfecta de convertir en ministros a personas que en la
empresa privada no pasarían de cajeras de supermercado, y todo sin que la gente
de a pie pueda hacer nada para remediarlo.
Antiguamente,
bajo la hegemonía de la Iglesia y su catolicismo imperante, cuando las lluvias
se retrasaban y llegaba la sequía, los campesinos sacaban en hombros a los
santos en procesión. Acabada la comitiva, dos caminos se le abrían al
populacho: si finalmente el agua caía, era merced al favor de Dios y había que
rezarle más para agradecérselo… pero si el Sol persistía, sin duda era debido a
que el pueblo no había orado lo suficiente o no proporcionaron los donativos
necesarios, por lo que tenían que redoblar las adoraciones y aumentar las
limosnas. La encrucijada era mínima, ya que siempre se debía implorar más y
donar más.
Hoy
el mecanismo sigue siendo similar. Primero se genera una emergencia social que,
irrelevantemente, podrá ser real o ilusoria. Sin embargo, tiene que poseer un
fuerte impacto mediático, una foto contundente, un lema emocional, enfrentar un
dilema que sea imposible negarse a intentar resolver, sin importar su solución
efectiva.
En
España, sin la preponderancia que la raza mantiene para el mundo anglosajón, y
con el ecologismo todavía aterrizando, el caso más flagrante de dicha fórmula
es el feminismo, con la violencia de género como máximo exponente. Aquí la
corrupción es evidente, clara y diáfana, con los periódicos detallando hasta el
último céntimo y multitud de asociaciones y políticos exhibiéndolo como un
triunfo, imposible de contestar o denunciar.
Si
se proporcionasen estadísticas más exhaustivas sobre la violencia
intrafamiliar, inclusive la de género, sería fácil ligarla a cuatro patologías
claras: la enfermedad mental, la senilidad, la pobreza y el alcoholismo. A
pesar de lo imposible del cómputo, uno solo tiene que observar las noticias
para ver como alguno, o varios, de estos ingredientes suelen estar presentes en
la inmensa mayoría de asesinatos. Y se puede hablar largo y tendido sobre la
cultura de violación, el heteropatriarcado opresor, de pintar bancos, de
financiar asociaciones, de realizar campañas de concienciación, de cambiar
leyes… se puede decir misa que sin eliminar lo anterior, poco cambiará, se
destinen 100 o 1.000 millones.
Pero
siguiendo la eterna lógica de los problemas irresolubles, si
circunstancialmente se aprecia una mejoría temporal en la situación, los datos
son interpretados como una señal benigna por haber emprendido el camino
correcto, por lo que hay que proseguir redoblando los esfuerzos, suplicar más
al nuevo Dios y aumentar las dádivas a su templo. Si, por el contrario, la
condición empeora, significa que el vulgo no ha rezado lo suficiente o los
donativos eran deficientes. Igualmente se destinarán más millones al proyecto,
doblando, triplicando y cuadriplicando el presupuesto.
Y
si te niegas, tu opinión no solo no será tenida en cuenta, sino que deberás de
ser silenciado por la Santa Inquisición como exponente del mal, un monstruo
maltratador de mujeres copartícipe de los asesinatos. Ya puedes dar cifras de
suicidios (+3.000 muertes año), de accidentes laborales (+700 muertes año) o de
enfermedades raras (+3.000.000 afectados), que exigen una respuesta tanto, o
más, urgente que las de violencia de género y que son sistemáticamente
ignoradas. Ya puedes explicar las causas y la dificultad de hallar soluciones a
medio, o largo, plazo. Ya puedes hacer notar como las ciclópeas inversiones
económicas difícilmente recalan en los bolsillos adecuados, que solo serás
contestado con insultos, eslóganes o fotos emocionales. Imposible cuestionarse
por qué Irene Montero disfruta de un presupuesto de 450 millones para intentar
salvar, con escaso éxito, a las 50 víctimas que son asesinadas cada año,
mientras el Ministerio de Ciencia solo dispone de 4,5 millones para desarrollar
vacunas públicas contra el Coronavirus.
Estas
acciones acaban justificándose por las impresiones de una marabunta de expertos
e informes que anuncian lo fundamental que es continuar porfiando. Conforme los
cada vez más numerosos graduados en estudios de género, doctores en
transversalidad del empoderamiento femenino, copan los únicos empleos por los
que alguna vez tendrán remuneración, a costa del contribuyente, invariablemente
refrendarán los datos que les permitan seguir perpetuando el esquema. Por eso
siempre desde el Ministerio de Igualdad se anunciará que la coyuntura es
favorable… pero que hay que seguir incidiendo, porque todavía no ha nacido el
asesor que concluya que su trabajo ha terminado y que mejor se va al paro.
Y
mientras una boca siga siendo alimentada por la existencia del “machismo”,
este se conservará entre nosotros, aunque cada vez sean necesarios teatros más
y más absurdos, aunque la palabra pierda su significado original. Y si pueden,
hasta promulgarán leyes que impidan todo cuestionamiento, leyes que amparen la
preservación de sus ingresos.
A.C.G.
