Vuelta a la Tierra Prometida
“Debes
dejar que los judíos tengan Jerusalén; fueron ellos quienes la hicieron hermosa” Winston Churchill.
La
decisión de Trump de trasladar la embajada a Jerusalén ha sido tachada de
irresponsable, incendiaria e, incluso, de enterrar nuevamente el proceso de paz
entre ambas facciones. Seamos honestos, Trump no ha matado ningún proceso de
paz; sólo camina sobre su tumba alardeando que solo él se atreve a declararlo
muerto, a dar el primer grito ante el rey desnudo, mientras que sus
predecesores y los grandes líderes solo engañaban al mundo haciéndoles creer
que iban a conseguir hacer andar a un muerto.
El
traslado a la capital de Israel no es ni malo ni injusto. Al fin y al cabo, en
estos días de votaciones y sentimientos, hasta un 92% de los judíos considera a
Jerusalén su capital y ese reconocimiento es la principal reivindicación de los
israelíes, un anhelo milenario para todo el pueblo judío. Los judíos hicieron
de su religión la tierra que habían perdido y Jerusalén es el mejor ejemplo de
ello. La ciudad santa es mencionada 656 veces en el Antiguo Testamento y 3.212
veces en el Talmud, dos libros centrales en la formación y desarrollo de los
judíos como pueblo.
Jerusalén
es no solo una mera capital para los judíos, sino el centro espiritual y físico
en su historia como pueblo. De hecho, podríamos resumir toda la historia judía
en una única palabra simbólica: Jerusalén. Para ellos, la cuestión sobrepasa la
religión y la fe, es una cuestión definitoria, del ser. Tal vez por eso la
decisión de Trump ha sido acogida con fervor y alabada por las fuerzas de todo
el espectro político judío. Como dijo David Ben Gurion, padre del Estado de
Israel, y laico, “Ninguna ciudad en el mundo, ni siquiera Atenas o Roma, desempeñó un
papel tan importante en la vida de una nación durante tanto tiempo como lo ha
hecho Jerusalén en la vida del pueblo judío”.
Jerusalén
es, pues, la capital de Israel desde mucho antes incluso de su existencia como
Estado moderno. Su simbolismo de sagrada y crucial capitalidad islámica es un
invento reciente de narrativa política, un relato sesgado. Durante los 400 años
que la ciudad perteneció al Imperio Otomano nunca fue tratada como ciudad
importante ni constituyó nunca la capital de un país árabe. Jerusalén no es
Medina ni la Meca. Por eso los judíos de todo el mundo solo podían ver con
horror como, hasta 1967, su venerado Muro de las Lamentaciones quedaba relegado
a un pasadizo lleno de basura y como se instalaban letrinas en el cementerio
del Monte de los Olivos.
Cuando
los manifestantes islámicos salen a las calles con sus consignas: “¡Muerte
a América! ¡Muerte a Israel! ¡Abajo el enemigo sionista!” en
manifestaciones multitudinarias, siempre segregadas por sexos, tras salir de
las mezquitas, no es tanto por la capitalidad de una ciudad concreta como por
la osadía de unos infieles que pregonan dirigir sus vidas sin seguir los
designios de Alá. No es la decisión de Trump lo que puede impedir la paz entre
Israel y el mundo árabe. Es la posición mayoritaria de estos últimos lo que
impide el acuerdo. Son los líderes palestinos y del mundo musulmán quienes
rechazan frontalmente, no la capitalidad, sino la propia existencia de Israel
como Estado soberano.
En
EEUU, al igual que en Israel, tanto la izquierda como la derecha han cerrado
filas en torno a su presidente en favor de la medida. La decisión no es un
capricho de Trump ni un tributo a la recalcitrante derecha estadounidense como
algunos titulares muy desorientados, pero perfectamente ideologizados, intentan
destacar. Fue el Congreso americano quien decidió aprobar en 1995, por 93 a 5 votos
en el Senado y 374 a 37 en la Cámara de Representantes la ley que fija
Jerusalén como lugar para la embajada.
Desde
esa fecha, el traslado de la embajada ha estado a la espera de que el Ejecutivo
proceda a dar eficacia al mandato del legislativo. La transitoriedad ha durado
22 años. Demasiados. Trump, simplemente, da realidad ahora a lo que Bill
Clinton, George W. Bush y Barack Obama prometieron hacer en las campañas que
les llevarían a la Casa Blanca pero que, a la hora de la verdad, no tuvieron el
coraje de ejecutar. Trump, simplemente, cumple con su propia promesa electoral
en su campaña en 2016. El único que cumplió lo prometido. Una de las pocas
cosas buenas que tiene. Lástima que lo que prometió en campaña no fuera, en
muchos casos, lo más acertado.
Es
hora de reconocer ni más ni menos que la realidad, de reconocer a Israel el
derecho de cualquier nación, de decidir cuál es su capital. E Israel es una
democracia plena que ha decidido situar en Jerusalén la sede de su Gobierno,
Parlamento y Tribunal Supremo. Si después de dos décadas de posponer la
decisión no estamos más cerca de un acuerdo duradero de paz, no tiene sentido
repetir la misma fórmula esperando que esta de un resultado diferente.
Mientras,
Europa vuelve a quedarse atrás. No hay obstáculo histórico ni político. Ni
siquiera coartada. ¿Hay algún otro motivo para que Europa vea con malevolencia cualquier
acto a favor de la única democracia de la zona? Sí. Pero da vergüenza decirlo.
Es la enfermedad congénita de Europa. Se llama miedo, miedo al chantaje del terrorismo,
al yihadismo, a las dictaduras o teologías musulmanas. Y eso es Europa: su
miedo.
“Junto
a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y llorábamos al acordarnos de
Sión. De los sauces de allí colgamos nuestras cítaras, aunque nuestros
carceleros nos pedían cantos y nuestros capataces alegría: ‘¡Cantad algún canto
de Sión!’ ¿Cómo hemos de cantar el canto de Yahveh sobre suelo extranjero?
Jerusalén, si yo te olvido, olvídese de mí mi mano diestra. Pégueseme la lengua
al paladar, Jerusalén, si no te recordare, si a Jerusalén no alzara por cima de
mi alegría…”
Salmo 137 (alrededor del 600 a.C.)
