Quo Vadis PP

Y Cataluña votó. Votó como nunca antes había votado, movilizada por la conciencia del momento decisivo. Y por primera vez ganó en Cataluña una fuerza no nacionalista, una fuerza al mando de una jerezana-catalana que defendía la aplicación del 155 y presentaba como enseña la firme unidad de España. Sin embargo, la victoria de Cs tan solo queda como valor simbólico. En resumen, las elecciones catalanas solo pueden ser calificadas como un desastre sin paliativos.

Rajoy cavó su propia tumba política al ofrecer gratuitamente al bloque separatista la legitimidad que buscaba tan solo 3 meses después de comprobar la movilización de sus votantes incluso ante un referéndum ilegal, donde hasta 2 millones de personas votaron sin contar entonces siquiera con la ventaja de explotar el victimismo hacia los condenados y los prófugos. Los más fieles al presidente se lanzaron a elogiar la imposición de las elecciones en una fecha tan cercana como un acto de audacia que quebraba el tópico del inmovilismo de Rajoy; un acto que serviría para acabar con el independentismo al pillarles enfrentados y confusos ante la cita electoral. Ya expuse mi escepticismo hace tiempo. Temía que se tratase simplemente de un simple subterfugio proveniente de su habitual cobardía, que volveríamos a estar como al principio. Por desgracia, tenía razón.

Y es que no solo no ha resuelto el problema, lo ha agrandado. Rajoy nunca quiso aplicar el 155. Solo cuando el golpe catalán llegó a las últimas consecuencias, a una declaración de independencia que nadie podría haberse imaginado ni siquiera un mes antes, espoleado por una sociedad motivada tras el discurso de su Rey, se decidió a dar el paso, aunque eso sí, quitándose de encima el 155 como si fuera una patata caliente, dejando en el camino la enésima oportunidad perdida para acabar con el conflicto. Un hombre cuya carrera política será recordada, sin lugar a dudas, por haber dejado pasar todas las posibilidades de solucionar de verdad todos los problemas de España que se ha encontrado. 

“Ignoramus et ignorabamus”. Desconocemos y desconoceremos. La expresión de Emil du Bois-Raymond podría servir como epitafio político de Rajoy. Ignoramos e ignoraremos por qué decidió, tras haberles despojado de su poder a los secesionistas, volver a servírselo en bandeja de plata y, de carambola, a su gran rival, Albert Rivera. La victoria de Cs tiene una lectura que va mucho más allá de Cataluña, que se puede observar en clave nacional. Una formación nacida con el propósito de defender una España de ciudadanos libres e iguales, sin complejos y con capacidad de transmitir convicción, valentía, credibilidad y honestidad. Porque cree en lo que hace y lo hace sin avergonzarse.

El PP por primera vez ve crecer el fantasma de la muerte dispuesto a llevárselo, por eso, salvo notables excepciones (por algo Feijoo es el único gobernante con mayoría absoluta), lejos de hacer autocrítica ante su pésima gestión se han lanzado a agitar todas sus baterías mediáticas, económicas y políticas para atacar a los de Rivera. Incluso han llegado a denunciar a ABC por publicitar a Cs en vez de a su formación. La culpa, por tanto, de su trágico resultado resulta ser que a Cs le han votado demasiados catalanes, votantes robados por las pérfidas artimañas del partido naranja.

Rajoy nunca se ha caracterizado por asumir responsabilidades ni por sus actos punibles ni por sus fracasos. No lo hizo ni cuando se descubrieron sus mensajes de apoyo a Bárcenas, ni con las pruebas y su nombre escrito en las anotaciones de sobresueldos y dinero negro, ni cuando fracasó dos veces en las urnas, ni cuando dilapidó su mayoría absoluta incumpliendo de forma clamorosa y con alevosía su programa, ni cuando sufrió el drástico descenso electoral a partir de 2015. Sería extraño que se propusiera hacerlo ahora.

El PP no acepta que su humillación electoral pueda haberse debido al fracaso de la estrategia dirigida por Rajoy y su virreina en Cataluña, Santamaría. Quizás los votantes, dejando de lado la nefasta gestión de los últimos 5 años, no entendieron como la Generalitat pudo haber escondido las urnas del referéndum del 1O a los ojos del CNI. También puede que se pregunten por qué los colegios electorales que manifestaron su intención de abrir no estuvieron rodeados y controlados desde primeras horas de la noche anterior, porque no es lo mismo no dejar entrar a la gente que tener que echarla a golpes. Pueden incluso dudar sobre las razones que hicieron que el Gobierno confiara de forma absoluta en unos Mossos cuyos mandos formaban parte del núcleo más duro del independentismo o el por qué se ordenó a los agentes de la Policía Nacional y de la Guardia Civil que cargaran contra la multitud cuando era evidente que se les estaba metiendo en una ratonera, una trampa tan clara que llevó a revocar la orden pero no impidió las imágenes y la difusión internacional. Los votantes tal vez no perdonan que el PP se negara a apoyar las manifestaciones por España hasta que la gente se echó a cientos de miles a las calles, no toleran que el PP tachara de mentiras sin fundamento las informaciones sobre el adoctrinamiento en la escuela catalana y no excusan que TV3, con el consentimiento del PP, siguiera siendo el medio de propaganda pagada con dinero público más grande del independentismo. 

Pero el PP no ha sido el único damnificado. Pedro Sánchez vuelve a sumar un nuevo fracaso a su carrera merced a su estrategia federal-plurinacional que ni siquiera convence en Cataluña, el cliente para quien introdujo tal traje a medida. La labor de Sánchez desde que volvió a encaramarse en primera línea puede que haya frenado la caída de su partido, la que él mismo provocó, pero no consigue remontar lo perdido ni siquiera ante el desplome de la formación morada. El goteo de sus electores más socialdemócratas hacia Cs parece constante. Podemos, por su parte, ha pagado caro ser la muleta del independentismo, sin embargo, lo paradójico es que su pésimo resultado es la mejor noticia para Iglesias, que no se ve ya en la tesitura de ser decisivo para el separatismo en Cataluña, lo que tendría un alto coste para ellos en el resto de España.

El resultado es tan malo, la situación tan dramática y la debacle del PP es tan formidable que se hace imprescindible que el presidente asuma sus responsabilidades: Rajoy debe dimitir y convocar elecciones generales de forma que surja un nuevo parlamento moralmente legitimado para hacer frente a las situaciones que vendrán.

Ya ha quedado meridianamente claro que Rajoy ni sabe, ni quiere ni, probablemente, puede estar ya a la altura de las circunstancias, por lo que los españoles tienen derecho a elegir entre las distintas soluciones que los partidos ofrecen para superar el problema catalán, sea este un referéndum pactado, mayor autogobierno o negarse rotundamente a seguir premiando a los desleales. Quien gane esas elecciones estará legitimado por el mismo pueblo español para promover sus medidas.

Y, señor Rajoy, unas elecciones generales no son “lo que nos faltaba”, sino la única vía que nos queda para desprendernos de lo que nos sobra. La estabilidad política es un bien indiscutible, pero no puede mantenerse a toda costa, sobre todo cuando esa estabilidad no existe.

Usted puede seguir huyendo de los problemas, pero se está demostrando que los problemas corren más que usted. 

A.C.G.

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