Mientras, en Génova 13
Mientras
la guerra de banderas se recrudecía en Cataluña hasta sus más esperpénticas y
grotescas consecuencias y el bloque secesionista y su marca blanca morada
despotricaban contra el Estado de derecho y la democracia española, la misma
Audiencia Nacional que encarceló a los golpistas trabajaba para hacer caer el
peso de la ley sobre destacados dirigentes del Partido Popular, el partido del
Gobierno. Otros políticos acusados por sus ideas. Por sus delictivas ideas.
El
PP nunca ha terminado de desmarcarse del espectro de la corrupción, ni lo
conseguirá, por una sencilla razón que se niega a admitir: porque esa sombra es
suya y le sigue a todas partes. Le pertenece por su terquedad, por adoptar esa
técnica tan marianista, que se ha convertido en la tónica de su mandato,
consistente en creer que el tiempo lo acaba enterrando todo, solucionando
cualquier problema, en lugar de asumir oportuna y claramente su culpa, depurar
todas las responsabilidades posibles, pedir disculpas a la ciudadanía y
colaborar activamente con la Justicia en todo aquello que les sea requerido.
Cualquier
intento de los populares, y su Gobierno, de desvincularse de la caja B ha
chocado habitualmente con la desconfianza de los ciudadanos que no podían más
que vislumbrar impotentes como afloraban, cada vez en mayor cuantía, los altos
cargos imputados, los centenares de casos de corrupción y las listas de nombres
que apuntaban a tantos otros que aún mantienen su sillón y escaño. Pero esta
vez el PP no ha chocado con un intangible, sino con la firmeza de la Justicia,
dispuesta a procesar al partido del Gobierno por trama criminal. La Justicia,
aunque lenta, funciona. Sigue dando pruebas, una vez más, de que la separación
de poderes rige nuestra democracia a pesar de los malintencionados reproches y embustes
de algunos.
Anticorrupción
ha afirmado que el juicio del caso Gürtel ha probado “meridianamente claro” que el PP mantenía una caja B que se nutría
de cohechos y tráfico de influencias. La fiscal encargada del caso ha asegurado
que existe una “abrumadora” cantidad
de elementos que permiten dar por probada “plenamente”
la existencia de esa contabilidad paralela. Así, pues, el PP puso en marcha un “sistema” de intermediación entre cargos
públicos del partido y empresarios afines para obtener contratos a cambio de
comisiones. “No es un hecho aislado, ni puntual, sino que se trata de la actividad
duradera de una organización constituida para delinquir, para obtener contratos
públicos a cambio de sobornos a funcionarios y cargos públicos del PP”.
Esta
relación simbiótica, naturalmente viciada, devino en un verdadero cáncer que
alcanzó la raíz del partido en distintas provincias y parasitó su actividad
hasta mancharla por completo. Incluso a escala nacional. El modelo, además, se
propagó en un juego de espejos que se reproduce en otras causas gemelas como
los casos Púnica y Lezo. Y no solo esos. La apisonadora de la Justicia seguirá
trabajando en otras nueve piezas separadas de la trama con otros 140 acusados y
con el PP como partido central de todos los procesos de sobornos, cohechos y
corruptelas varias.
Mientras
no se aclare quién es el sospecho M. Rajoy que aparece en los papeles de
Bárcenas, nuestro presidente, Mariano Rajoy, no piensa dar nuevos datos sobre
el caso Gürtel o sobre los famosos papeles de su antiguo amigo y tesorero,
escudándose para ello en los problemas de España que marcan la agenda política:
Cataluña y, ahora, las elecciones que vienen. Cualquiera podría pensar que las
elecciones han sido colocadas justo para que el tema de los juicios pasase de
largo ante la opinión pública.
Tras
las declaraciones de Rajoy ante el Juez, y la cámara de diputados, solo nos
queda seguir dos disyuntivas marcadas por el propio Pablo Iglesias: “Si
nos convence de su ignorancia, es que es usted un incompetente, porque solo un
incompetente podría no saber lo que ocurría en su partido. Si no nos convence,
seguiremos pensando que miente y le exigiremos responsabilidades”. Que
poco halagüeño es que la Justicia tenga que decidir si nuestro Presidente es
tan solo un torpe ignorante o un mentiroso corrupto. Pobre España.
Hace
poco Rajoy aseguró que los dirigentes independentistas, al margen de lo que
digan los tribunales, deberían estar políticamente inhabilitados por haber
mentido tan descaradamente sobre la viabilidad de la DIU y la demagogia que
siguen profiriendo. Tiene toda la razón, pero su discurso adoptaría un fuerte
tufo sarcástico sí, como se ha apresurado a terciar Pedro Sánchez, no se
aplicara el cuento a sí mismo.
Sí
señor M. Rajoy. La falacia inhabilita. Tanto si se utiliza al servicio de un mito
como si se utiliza para tratar de tapar la corrupción propia. Aquí no hay
patrañas esteladas y cuentos rojigualdas. No hay ficciones separatistas y
engaños constitucionales. No hay embustes crueles y enredos piadosos. Solo hay
mentiras.
