Españoles, Franco ha Muerto
La
política española tiene muy arraigada la versión patria de la ley de Godwin, de
acuerdo con la cual todo debate o conversación que se prolonga en el tiempo
termina abocando inevitablemente en referencias a Franco o al franquismo. Está
tan de actualidad el dictador, cuarenta años después de su muerte, que incluso
parecería que ha resucitado de tanto que Podemos y el soberanismo se preocupan
de invocarlo en todas las movilizaciones, mítines y debates en los que
participan.
Según
parece, cuanto más se acercan los partidos de izquierda a los nacionalismos
insolidarios y retrógrados más acusan a los partidos que no lo hacen de estar
encuadrados en la extrema derecha, en un intento de tapar sus propias vergüenzas.
Entonces empieza el esperpento. Solo así se puede explicar que en una misma
semana el PSOE comparase a Rivera con José Antonio mientras Tardà y Podemos tachaban
de fascista al propio PSOE. Solo así se puede entender que el partido que aupó
a los cielos a Colau, Kichi y Carmena, que gobierna con el PNV o se ha
hermanado con Unió, no esté dispuesto a aupar a C’s a la Generalitat por
inexperto y derechista. Tamaña banalización de una doctrina que en el pasado
costó millones de muertos en el Viejo Continente.
En
España, el país donde no existe la extrema derecha, es donde más ciudadanos son
etiquetados de serlo. De hecho, todos los ciudadanos son susceptibles de ello.
Al principio quedó instalado que el PP, más tarde Cs, eran fascismo. Ahora se
amplía el espectro a fiscales, periodistas, cantantes, jueces, deportistas… a
todo discrepante. Sólo tienen bula los independentistas y la izquierda más
radical, esa misma que raparte con tanta frivolidad carnés de fascista. Que
para explicar cualquier crisis actual se recurra a un dictador muerto hace ya
42 años nunca dejará de sorprenderme. Hoy, tras todas las acciones del Gobierno
de España se descubre la alargada sombra de Franco, personificada en Rajoy y en
tantos otros autócratas dispuestos a todo por mantener el régimen opresor
actual.
En
este país nos pasamos el día hablando de una extrema derecho que no existe, ni
política, ni social, ni electoral, ni parlamentariamente. Pero, por desgracia,
la extrema izquierda autoritaria de este país, que sí que existe política,
social, electoral y parlamentariamente, no se ve, no se detecta, no se percibe
y, por supuesto, no se habla de ella. Pero no solamente existe, sino que como
la extrema derecha, su hermana mal avenida, desprecia igualmente la democracia,
sus métodos, sus leyes y sus instituciones.
Solo
hay que ver esas imágenes de niños y chavales en las manifestaciones “Contra el franquismo” con pancartas de
Franco, el Rey y Rajoy. Veneno para esos jóvenes que no tienen ni idea de lo
que era el franquismo. Ni sus padres lo saben, pues fueron sus abuelos quienes
vivieron aquella situación. Y así simulan el asesinato de los votantes
fascistas del PP, PSC y CS en una carretera de Barcelona. O Rufián carga contra
la “izquierda de salón”, que jamás se
atrevió a llevar una impresora al Congreso mientras vivían lujosamente
instalados en las cárceles franquistas. Qué superior se debe sentir. El
antifranquismo con Franco vivo no era democrático en su mayor parte, pero era
valiente y honrado. El antifranquismo actual no es ni democrático, ni valiente
ni honrado. Pero esto no es algo nuevo.
Durante
casi 80 años, la extinta URSS levantó, a base de exterminios, cárceles, hambre,
gulags y cientos de miles de kilómetros de alambres de espino, un paraíso
comunista que extendía sus fronteras hasta la mitad de Europa. Durante todo ese
tiempo, una gran parte de los autodenominados intelectuales de izquierda
miraron con simpatía todo aquel tropel de atropellos y asesinatos, la mayor
parte del tiempo negando su existencia o, las pocas veces, justificándolo como
el mal necesario que se requería para luchar contra el perverso capitalismo que
sacaba al mundo de la miseria. No serían pocos los que defenderían a capa y espada
que el comunismo soviético era un sistema per
se bondadoso y libertario. Lo mismo ocurre en la actualidad con la Cuba
castrista y la Venezuela chavista.
Tras
la caída del muro, nos han tratado de vender que eran gentes de buena fe, engañadas
por la maquinaria propagandista de aquellos regímenes tiránicos. Difícil de
creer en gente tan bien informada y con fácil acceso al mundo. Por desgracia,
la explicación más probable es mucho más simple: querían creer. Empeñados en
las bondades de su ideología cegaron la verdad y avalaron toda aquella
desventura y horror. Así, desde entonces hasta ahora, los partidos comunistas y
las izquierdas unidas de todo el mundo han sido disculpados de todos los
atropellos y brutalidades de los regímenes que son modelo de estos mismos
partidos. Bastó leer los mensajes de ciertas formaciones y políticos en el
aniversario de la muerte de Fidel Castro o de Chávez para poder comprobarlo. Un
hombre que se mantuvo en el poder 50 años o un régimen que se enquista a sangre
y fuego. ¿Es lo que propone Podemos para España?
La
sociedad se ha dejado fácilmente chantajear y hemos permitido erigirse, para escapar
de sus acusaciones, a la izquierda como la comisaria moral del espectro político,
dando por bueno que ser de izquierdas (de esa izquierda) es estar
intrínsecamente del lado de los desfavorecidos o de parte de una utopía, tal
vez irrealizable, pero bondadosa en sí misma
Bajo
este paraguas ha prosperado, no en Barcelona sino en Madrid, un ajuste de
cuentas que denuncia de igual manera el genocidio indígena, como maldice los
Pactos de la Moncloa y la Constitución mientras reconoce la pura identidad de
los pueblos siempre y cuando esa identidad no se revista de la rojigualda ni
incurra en una autoestima patriótica llamada España. Gracias a ellos no
terminamos de superar nuestro natural cainismo, la eterna riña a garrotazos.
Pero a día de hoy no hay una pugna de una España contra otra como quieren
hacernos creer, sino una hispanofobia de matriz española cuyos profetas instan
a avergonzarse de la nación, balcanizarla y caricaturizarla como un parque
temático donde están proscritos los sentimientos de pertenencia a un proyecto
común.
No
nos llevemos a engaños. No hay ninguna deriva en el planteamiento de Podemos
con respecto al problema catalán. Esa izquierda siempre ha defendido los
regímenes totalitarios y es lo que buscan instaurar en nombre de un mundo mejor
y de una sociedad perfecta. Es su anunciado objetivo.
Estamos
acabando 2017, pero, como parece ser necesario, lo recordaremos: ¡Españoles,
Franco ha muerto!
