1O, Oda a la Xenofobia
Tal
vez es el nacimiento que se merece la norma, un fiel remedo de la Ley
Habilitante de 1933 que transformó a la República de Weimar en lo que más tarde
se convertiría la Alemania Nazi. Las semejanzas entre un periodo y otro no
acaban solo con la destrucción del orden vigente, imponiendo un nuevo marco
totalitario a una gran parte de una sociedad que todavía no les es adicta, y
con el control absoluto de los jueces. La joven República, como nuestra
democracia, estaba atenazada de problemas y en manos de buenistas políticos que
ni siquiera se atrevieron a imponer un duro castigo a un, todavía, imberbe
Hitler tras su tentativa de Golpe de Estado. Temerosos de la reacción de la
minoría nazi, prefirieron dialogar, conciliar y ceder. Años más tarde la
minoría se había transformado en mayoría. El ejemplo patrio actual podrían ser
las simbólicas condenas impuestas a Mas y demás colaboradores del primer
intento de referéndum en 2.014. O tal vez venga de más antiguo.
El
estado autonómico podrá estudiarse en el futuro como el ejemplo paradigmático
mediante el cual puede condicionarse todo un país a quienes pretenden segregarse
del mismo. Las autonomías no eran un clamor social en 1978, solo se crearon
para contentar a los que hoy piden la secesión. Pusimos en sus manos la
pistola, el punto de no retorno. Cuando las autoridades consintieron que, a
pesar de las sentencias, los jóvenes no pudieran estudiar castellano en
Cataluña o se ignoraron los avisos de los padres sobre la manipulación de los
libros de historia, incubando un incipiente odio a España, fuimos derrotados. Una
vez que entregamos a los nacionalistas los resortes de la educación y la
propaganda estuvimos perdidos. Cuando les dimos el control de la enseñanza y la
televisión pública, además de los medios privados proclives a su ideario,
permitiéndoles entrar en las mentes y conciencias de los más jóvenes, solo era cuestión
de tiempo que se moldeara una mayoría social independentista.
Es
una tentación sacar las palabras de contexto o seguir pot la pendiente
resbaladiza. Por mucha crueldad, falta de escrúpulos o totalitarismo que
demuestren, jamás veremos, siquiera a los de la CUP, gaseando “españoles” o
invadiendo el resto de “Països Catalans”. Sin embargo, la campaña de propaganda
y adoctrinamiento del régimen separatista haría sentir admiración hasta al
mismísimo Goebbels. Similar también resulta la creación de un mito identitario
sometido que permite atribuir todas las calamidades sociales, económicas o
políticas a ese yugo culpable y asfixiante. Se llame Tratado de Versalles o
España. Un ensimismamiento sectario basado en realidades culturales, fantasías
y tergiversaciones históricas y, sobre todo, delirios de grandeza, que ha ido
decantando una autoestima supremacista que permite a tantos catalanes
considerarse mejores que el resto de españoles. Una xenofobia campante.
Los
líderes, auténticos mesías, permiten generar una explicación a todos los
problemas, una justificación cíclica que se muerde la cola: como todos los
males vienen de España, y siempre hay algo malo, España invariablemente genera
la expiación de cualquier problema y una coartada de impunidad ante cualquier
desmán. Diferente hubiera sido si un gobierno del PP hubiera negado la
información de la CIA en cuanto a los atentados. En este caso, en vez de la
arremetida constante de la oposición y de los medios de comunicación, hemos
visto como Gregorio Morán, director de El Periódico, ha sufrido un linchamiento
público por desvelar la falsedad de una de las verdades oficiales del régimen.
Linchamiento público donde incluso el jefe de la policía, encargada de protegerle,
se mostraba bien dispuesto a participar. Señalar al discrepante, como pedía la
CUP en sus pancartas. Pronto aparecerán en las puertas de las casas y las
tiendas las señales que indican a los disidentes. Veremos que simbolo elijen para
sustituir a la estrella de David.
Es
la realidad de Cataluña, el paisaje soñado por Orwell, donde la mentira es la
verdad, la guerra es paz, el odio es el amor, la ejecución de ilegalidades es
el ejercicio histórico de derechos y la invocación de legalidad y diálogo es la
imposición de ideas y dogmas. Todo gracias a un Estado central que, más que
tolerar, estimula la disidencia y una opinión pública aferrada al mantra del
diálogo que permite a las élites separatistas tener mucho que ganar y muy poco
que perder. Rajoy, con su pasividad habitual, se escuda en un fútil diálogo con
los que nada quieren dialogar, justificando su inacción con la excusa de no quedar
como el primero en actuar contundentemente. Como si los otros no lo hubieran
hecho ya. Escondiéndose bajo las faldas de las togas de los jueces que no
deberían, nunca, ser usados para evadir situaciones políticas. La justicia es demasiado
lenta para neutralizar a tiempo a los golpistas e inútil sin el poder político
o policial de su parte para imponer sus decisiones.
Habiendo
dejado expirar de forma tan irresponsable los plazos de aplicación del 155, aún
queda la Ley de Seguridad Nacional para poner a todas las autoridades de
Cataluña bajo la dependencia directa de la Delegación del Gobierno. Rajoy, sin
embargo, prefiere fiar el desenlace a una rajada de última hora, donde las
disensiones entre los separatistas o el miedo de aquellos que vean su carrera y
su patrimonio personal en riesgo permitan solucionar por si mismo el problema.
De
la forma en que se resuelva, si se resuelve, el paso del tiempo no hará más que
agravar el problema. Tanto deshonor acumulado para salvarnos del enfrentamiento
nos acabará llevando irreversiblemente a este. Sólo una reforma constitucional
podrá salvarnos de la quiebra como Estado. Y no concediendo naciones. Apaciguar
a los nacionalistas ofreciéndoles privilegios sería igual que tratar de
desenganchar a un yonqui regalándole heroína. El federalismo es hacer lo mismo.
Un parche que se revolverá con mayor
fuerza en el futuro. Si es el federalismo es desigual sería ceder a sus
demandas xenófobas, admitiendo que la raza catalana, como superior, merece un
mayor privilegio. El federalismo para todos no solventaría nada, puesto que
ellos no quieren ser nación, tan solo ser superiores al resto de la marchita
raza española. El federalismo solo conduce a mayor secesión.
Si
queremos salvar algo, tan solo nos queda recuperar los legítimos mecanismos del
Estado en toda España. Educación, policía y televisiones deben retornar a manos
del Estado o si no, más pronto que tarde, acabaremos renunciando al Estado, a
España.
