1O, Oda a la Xenofobia


Solamente los más fatalistas podían imaginar que estaríamos a las puertas del referéndum ilegal en Cataluña sin que se haya activado ningún tipo de previsión constitucional para impedirlo. Ni siquiera la presentación a bombo y platillo de las leyes que marcaban el Golpe de Estado que dan comienzo al régimen totalitario que pretenden imponer en Cataluña impidieron que se activara, siquiera de forma cautelar, el inútil artículo 155 para usarlo si diera el caso. El esperpento de estos días en el Parlamento, aprobándose leyes antes incluso del resultado del propio referéndum del que, teóricamente, dependen, muestran ante que tipo de personas estamos.  

Tal vez es el nacimiento que se merece la norma, un fiel remedo de la Ley Habilitante de 1933 que transformó a la República de Weimar en lo que más tarde se convertiría la Alemania Nazi. Las semejanzas entre un periodo y otro no acaban solo con la destrucción del orden vigente, imponiendo un nuevo marco totalitario a una gran parte de una sociedad que todavía no les es adicta, y con el control absoluto de los jueces. La joven República, como nuestra democracia, estaba atenazada de problemas y en manos de buenistas políticos que ni siquiera se atrevieron a imponer un duro castigo a un, todavía, imberbe Hitler tras su tentativa de Golpe de Estado. Temerosos de la reacción de la minoría nazi, prefirieron dialogar, conciliar y ceder. Años más tarde la minoría se había transformado en mayoría. El ejemplo patrio actual podrían ser las simbólicas condenas impuestas a Mas y demás colaboradores del primer intento de referéndum en 2.014. O tal vez venga de más antiguo.

El estado autonómico podrá estudiarse en el futuro como el ejemplo paradigmático mediante el cual puede condicionarse todo un país a quienes pretenden segregarse del mismo. Las autonomías no eran un clamor social en 1978, solo se crearon para contentar a los que hoy piden la secesión. Pusimos en sus manos la pistola, el punto de no retorno. Cuando las autoridades consintieron que, a pesar de las sentencias, los jóvenes no pudieran estudiar castellano en Cataluña o se ignoraron los avisos de los padres sobre la manipulación de los libros de historia, incubando un incipiente odio a España, fuimos derrotados. Una vez que entregamos a los nacionalistas los resortes de la educación y la propaganda estuvimos perdidos. Cuando les dimos el control de la enseñanza y la televisión pública, además de los medios privados proclives a su ideario, permitiéndoles entrar en las mentes y conciencias de los más jóvenes, solo era cuestión de tiempo que se moldeara una mayoría social independentista.

Es una tentación sacar las palabras de contexto o seguir pot la pendiente resbaladiza. Por mucha crueldad, falta de escrúpulos o totalitarismo que demuestren, jamás veremos, siquiera a los de la CUP, gaseando “españoles” o invadiendo el resto de “Països Catalans”. Sin embargo, la campaña de propaganda y adoctrinamiento del régimen separatista haría sentir admiración hasta al mismísimo Goebbels. Similar también resulta la creación de un mito identitario sometido que permite atribuir todas las calamidades sociales, económicas o políticas a ese yugo culpable y asfixiante. Se llame Tratado de Versalles o España. Un ensimismamiento sectario basado en realidades culturales, fantasías y tergiversaciones históricas y, sobre todo, delirios de grandeza, que ha ido decantando una autoestima supremacista que permite a tantos catalanes considerarse mejores que el resto de españoles. Una xenofobia campante.

Los líderes, auténticos mesías, permiten generar una explicación a todos los problemas, una justificación cíclica que se muerde la cola: como todos los males vienen de España, y siempre hay algo malo, España invariablemente genera la expiación de cualquier problema y una coartada de impunidad ante cualquier desmán. Diferente hubiera sido si un gobierno del PP hubiera negado la información de la CIA en cuanto a los atentados. En este caso, en vez de la arremetida constante de la oposición y de los medios de comunicación, hemos visto como Gregorio Morán, director de El Periódico, ha sufrido un linchamiento público por desvelar la falsedad de una de las verdades oficiales del régimen. Linchamiento público donde incluso el jefe de la policía, encargada de protegerle, se mostraba bien dispuesto a participar. Señalar al discrepante, como pedía la CUP en sus pancartas. Pronto aparecerán en las puertas de las casas y las tiendas las señales que indican a los disidentes. Veremos que simbolo elijen para sustituir a la estrella de David.

Es la realidad de Cataluña, el paisaje soñado por Orwell, donde la mentira es la verdad, la guerra es paz, el odio es el amor, la ejecución de ilegalidades es el ejercicio histórico de derechos y la invocación de legalidad y diálogo es la imposición de ideas y dogmas. Todo gracias a un Estado central que, más que tolerar, estimula la disidencia y una opinión pública aferrada al mantra del diálogo que permite a las élites separatistas tener mucho que ganar y muy poco que perder. Rajoy, con su pasividad habitual, se escuda en un fútil diálogo con los que nada quieren dialogar, justificando su inacción con la excusa de no quedar como el primero en actuar contundentemente. Como si los otros no lo hubieran hecho ya. Escondiéndose bajo las faldas de las togas de los jueces que no deberían, nunca, ser usados para evadir situaciones políticas. La justicia es demasiado lenta para neutralizar a tiempo a los golpistas e inútil sin el poder político o policial de su parte para imponer sus decisiones.

Habiendo dejado expirar de forma tan irresponsable los plazos de aplicación del 155, aún queda la Ley de Seguridad Nacional para poner a todas las autoridades de Cataluña bajo la dependencia directa de la Delegación del Gobierno. Rajoy, sin embargo, prefiere fiar el desenlace a una rajada de última hora, donde las disensiones entre los separatistas o el miedo de aquellos que vean su carrera y su patrimonio personal en riesgo permitan solucionar por si mismo el problema.

De la forma en que se resuelva, si se resuelve, el paso del tiempo no hará más que agravar el problema. Tanto deshonor acumulado para salvarnos del enfrentamiento nos acabará llevando irreversiblemente a este. Sólo una reforma constitucional podrá salvarnos de la quiebra como Estado. Y no concediendo naciones. Apaciguar a los nacionalistas ofreciéndoles privilegios sería igual que tratar de desenganchar a un yonqui regalándole heroína. El federalismo es hacer lo mismo. Un parche que se  revolverá con mayor fuerza en el futuro. Si es el federalismo es desigual sería ceder a sus demandas xenófobas, admitiendo que la raza catalana, como superior, merece un mayor privilegio. El federalismo para todos no solventaría nada, puesto que ellos no quieren ser nación, tan solo ser superiores al resto de la marchita raza española. El federalismo solo conduce a mayor secesión.

Si queremos salvar algo, tan solo nos queda recuperar los legítimos mecanismos del Estado en toda España. Educación, policía y televisiones deben retornar a manos del Estado o si no, más pronto que tarde, acabaremos renunciando al Estado, a España.

A.C.G.

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