La Última Ocurrencia

No es causal que justo en el momento en que, tras tantos años, los buenos datos económicos empiezan a estabilizarse tras semestres continuados de beneficios y subidas, haya comenzado una dura campaña al viejo estilo de la Kale Borroka contra el turista. Los cachorros de la izquierda, los más radicales, saben que el tiempo corre en su contra mientras que la recuperación se acerca y, con ella, la imposibilidad de guiar a las masas hacia las verdaderas llamas de la revolución.

Estos partidos, que ven engrosadas sus filas gracias a la desesperación, el odio o la envidia, reniegan de los buenos tiempos y del aumento de la calidad de vida de sus conciudadanos, pues son conscientes que ellos se minimizan hasta la insignificancia durante los tiempos de bonanza. La mejor manera que tienen para subsistir es acabar con aquello que da de comer a la ciudadanía para, una vez que la desesperación se extienda, enseñarles el destino a seguir para llegar al lugar correcto, por su bien y, sobre todo, el de ellos.

Hay sorpresa generalizada cuando se desmenuza en las vidas de estos radicales y se descubren, de muchos de ellos, orígenes pudientes o, como mínimo, acomodados. Poca sorpresa para quien haya ido siguiendo las encuestas, donde Podemos es uno de los partidos que despierta mayor simpatía en la clase media-alta. Al menos en sus hijos. Natural y lógico. Los verdaderos obreros no tienen tiempo para experimentos dictatoriales ni ganas quitarse el pan de la boca y los niños que han crecido en democracia ni siquiera entienden lo que defienden. Ni lo que supondría que tuvieran éxito.

Estos ataques, ya viejos, solo los detectamos ahora que han recalado en un sector tan fundamental y en una fuente de prosperidad y crecimiento tan evidente que ni siquiera me molestaré en presentar la catarata de datos disponibles en su favor. El pretexto de los ataques, los “efectos adversos”, es tan inconexo y difuso que ni los mismos radicales son capaces de explicitarlo más allá de un par de frases de eslogan. “Tourists Go Home”.

Me asombra que algunos periódicos o partidos hayan tratado de regalar a los radicales la legitimidad que no poseen, interpretando sus acciones como parte de un extenso debate racional, tal vez porque los que legitimaron el escrache ya defendían que la protesta puede canalizarse en forma de coacción, justificando y defendiendo un derecho activo para promover acciones encaminadas a amedrentar y acosar. Activo que no pasivo, pues los mismos que defienden su derecho a tales actos demandan las cabezas de aquellos tan audaces para usarlos contra ellos.

Estos radicales no libran ningún tipo de cruzada romántica contra las fuerzas del mal en pos de la justicia o libertad. Los “antisistema” no se alzan contra una dictadura como la venezolana o la cubana, sino contra una democracia sólida donde las decisiones se toman bajo el imperio de la ley de forma transparente y participativa.

Sin embargo, quien no piensa como ellos merece ser coaccionado y vilipendiado. La superioridad moral de estos grupos, ansiosos de que la historia los absuelva, no esconde nada más que la superioridad moral propia de los regímenes totalitarios. Nada importa lo que decida la mayoría y ningún peso tiene la democracia o el debate pues quien no comulga con el pensamiento único y asume sin matices la pureza ideológica está necesariamente equivocado. La soberbia los nutre y por eso, ante el fanatismo y la estrechez de mentes, no debería resultar extraño que la izquierda, incapaz de unirse, se siga fagocitándose a si misma y dividiéndose en diversos grupos merced a luchas intestinas. Incapaces de llegar a un acuerdo, las victorias se saldan con la sumisión total y la integración de los derrotados en la fe verdadera… hasta que una nueva corriente provoque la escisión.

Su bilis y odio les hace luchar, no contra una fuerza opresa, sino contra todo lo que les rodea, actuando de forma deliberada y cruel para perjudicar a los millones de trabajadores del sector, y sus correspondientes familias, que habían volcado su ilusión y esfuerzo, tal vez de varias generaciones, en el sector. Por todo esto, resulta bueno que todos los partidos políticos, con la excepción correspondiente de Podemos, se hayan volcado en luchar contra esta aberración.

Pero acabar con los fanáticos no nos debe dejar estancados en la autocomplacencia. Que España solo capte el 3% del gasto mundial en turismo de calidad y compras frente al 20% de Francia o Inglaterra nos indican que aún queda mucho margen de mejora en un turismo sobredimensionado y regalado por la temporal falta de estabilidad de nuestros competidores directos. Un turismo regalado que nos acabará abandonando.

Mientras tanto, hasta que no se vayan solucionando los problemas, podemos seguir asombrando al mundo con las particularidades de nuestra España de pandereta. Mientras que algunos países se esfuerzan en levantar muros y rechazar a los extranjeros porque les quitan el trabajo, nosotros los rechazamos porque nos lo dan. Y que no se os olvide, “Refugees Welcome!”.

A.C.G.

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