La Última Revolución

El inconveniente de opinar sobre Venezuela en la actualidad es que se interpreta de inmediato como un ataque destinado a Podemos, como si el infortunio de los venezolanos no mereciese de por sí mismo nuestra solidaridad. A pesar de todo, dudo que nada de esto reste prestigio a la formación morada. Para muchos de sus votantes, el chavismo es a Podemos lo que la corrupción al PP: una lacra amortizada por saturación donde unos la aceptan como mal menor y otros, los peligrosos, con buenos ojos.

Porque con más de 400 presos políticos y la negación a la alternancia mediante elecciones libres, el régimen chavista se destapó, ya sin tapujos, como dictadura. Fujimori fue el último intento de perpetuar una dictadura de extrema derecha en América Latina y, a día de hoy, solo subsisten las dictaduras de extrema izquierda en Venezuela y Cuba. Los meses de revolución pacífica, la más prolongada y de mayor participación en la historia de América del Sur, evidencia que Sudamérica pretende finalmente adentrarse en la aventura democrática con el mismo paso firme con el que caminan Europa y Norteamérica. Al menos el pueblo venezolano que, a base de pasar hambre, ha perdido el miedo.

El peor temor de todo populista se ha hecho realidad, el mismo pueblo al que dicen representar se ha alzado contra él. Así, como contrataque, recurren por fuerza de la costumbre a su arma mejor entrenada: la polarización y la fijación de enemigos, personificados en el neoliberalismo y la derecha fascista e imperialista (¿nos suena?). Afirmar que en Venezuela hay una lucha entre la izquierda revolucionaria y la derecha fascista-golpista es equivalente a las afirmaciones que lanzaba el bunker franquista durante la Transición, tildando a todos los partidos democráticos e incluso a la Iglesia de aceptar la conspiración judeo-masónica-comunista. La oposición chavista, compuesta también, naturalmente, por ideologías de derechas, está formada esencialmente por fuerzas de centro e incluye incluso a partidos e intelectuales de izquierdas. De todas formas, el colmo del absurdo debería ser denunciar un golpe de Estado mientras controlas el ejército.

Ya la deriva que tomó la Revolución Bolivariana en sus inicios permitía dictaminar su caducidad. La creación de una economía enganchada y totalmente dependiente del petróleo (hasta el 95% de las exportaciones eran en crudo), justo en una coyuntura de increíbles subidas en los precios del petróleo, permitió crear una enorme red clientelar de subsidios directos e indirectos, pero entregó el futuro del país al precio del barril. Por si fuera poco se sumó la famosa política del ¡Exprópiese!, que acabaría quebrando todas las empresas nacionalizadas. El resultado fue nefasto. Desde la llegada de Maduro en 1999 a esta fecha se han destruido casi el 70% de las empresas del país y la productividad promedio ha caído en un 60%.

Eso sí, las tasas de empleo, sustentados por el empleo público, es una de las más altas en el panorama internacional. Pero como ya se demostró en las Repúblicas Socialistas Soviéticas, de nada sirve tener empleo si no logras obtener el dinero suficiente para comer, gracias a la inflación producida por la devaluación de la moneda, o no llegan los alimentos a los supermercados.

A pesar de todo, la izquierda mundial vio en Chávez un nuevo mesías que llevaría a renacer la utopía que ya había muerto en Europa Oriental y agonizaba en Cuba. Pronto ser verdaderamente de izquierdas significaba aplaudir a Chávez y no criticar a Castro. Rápidamente los militares venezolanos, favorecidos como jamás se había visto, pasaron de ser los escuderos fascistas a los garantes de la revolución popular gracias a “intelectuales” de todo el mundo. A golpe de talonario, el régimen bolivariano compró lealtades por todo el globo. Sin duda el fin del régimen dejaría perdedores, por eso sigue conservando defensores y obteniendo silencios cómplices.

Al final, como era previsible, la bajada de los precios del petróleo está produciendo el desmantelamiento del “socialismo del siglo XXI”, o lo que es lo mismo, el mismo error de siempre, la lucha a ultranza contra los mercados y la democracia, genera los resultados esperados.

En un contexto mundial donde la inversión y la riqueza vuelven al mundo occidental, Venezuela es incapaz de sumarse a los beneficios económicos tras tantos años de expolio al sector privado. Ni siquiera les queda la opción de subir los impuestos pues ¿quién tiene el dinero para pagarlos? Es incomprensible la terquedad de los utópicos de querer hacer posible lo imposible y, como siempre, la falta de profundización en las medidas socialistas se lleva la culpa del fracaso. Ya saben cómo calificar a esos que tratan de alcanzar resultados diferentes bajo los mismos métodos.

Desde España debemos hacer todo lo posible para ayudar a restituir la democracia en Venezuela, empezando desde el Gobierno. Al PP se le llena la boca hablando de la crítica situación mientras deniega todas y cada una de las más de 9000 solicitudes de asilo de ciudadanos venezolanos, despachándolas bajo el lapidario argumento de que en su país no hay riesgo para los derechos humanos. Puede que Rajoy sufra episodios como el doctor Jekyll o hayan pedido a los de Iglesias que redactaran las respuestas.

Ahora mismo en Venezuela gobierna una élite desconectada de la sociedad, hay una difusión extrema de la miseria y se ha generado espontáneamente una extraordinaria lucha popular. Las condiciones previstas por Marx y Lenin para el alzamiento de la revolución están dispuestas, prestas a luchar contra el verdadero enemigo del proletariado: el marxismo.

Qué triste debe ser comprarse una revolución de mentiras y ser derrotado por una de verdad.  

A.C.G.

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