155, el Artículo de Broma
Unas
pocas horas han tardado los demócratas catalanes en purgar a un discrepante
dentro de sus filas. Toda una lección de democracia para nuestra dictadura
española. Pena, no obstante, hay poca. No muy diestro debía ser el consejero si
ha sido incapaz, tras tantos años de experiencia y ejemplos, de comprender que
le ocurre en Cataluña a aquellos que escapan del pensamiento único. Y más
viniendo del partido del que procede.
El
mayor error de la Transición de Suarez, entregar ideológicamente la educación a
las Comunidades, parece estallarnos de forma inexorable 40 años después. Nuestra
educación dejó de formar españoles hace tiempo para fabricar catalanes, vascos,
andaluces, valencianos… muchas veces a costa de convertir en antagónicas esas
identidades. Se permite una flagrante manipulación de los libros de historia (no
solo en Cataluña), donde se ensalza a la Comunidad y sus diferencias, achicando
los nexos de unión con el resto, presentando a su vez a España como un ente
cruel, malvado y mezquino, siempre raudo a la hora de prohibir y coartar lo que
por derecho les pertenece como pueblo único y soberano.
Las
calumnias, plantadas sutil y sibilinamente, repetidas hasta la saciedad en los
medios de comunicación, apoyadas desde las mayores esferas políticas y
refrendadas por los libros de historia de las escuelas, lo poco que la mayoría
suele leer, se va introduciendo lentamente en el imaginario colectivo para
aturdirlo, tomando fuerza poco a poco, hasta señalar al enemigo a batir, esa
España retrógrada que nos hunde, llena de ciudadanos vagos, mezquinos y poco
inteligentes, únicos beneficiarios de nuestro progreso y trabajo, catalán en
este caso. Burdo embuste que apenas resiste el más mínimos rigor histórico.
Pero ya se han encargado de que no queden libros en las bibliotecas escolares
que reflejen esas nimiedades.
Lo
más esperpéntico de todo es como la misma izquierda ha asumido la tónica del
lenguaje xenófobo contra lo español. Desde Junqueras, con su mayor descendencia
francesa, al alcalde socialista, diferenciando a la europea Cataluña con la
prolongación del Magreb que es España. El abrazo de un nacionalismo bueno
(catalán, vasco o cualquier otro) en contraposición de uno malo (el español).
Así, se imprimen libros de texto que reflejan una realidad alternativa, se
promulgan políticas sociales que excluyen a más de la mitad de la población y
se insulta diariamente en la televisión pública o en los periódicos cualquier
sentimiento de pertenencia a España.
Lo
peor es que muchos de los que lo permiten se escandalizarían por actitudes
semejantes contra judíos en Múnich o contra negros en New York. Hubo más protestas
cuando, al poco de la llegada de Trump, la web en castellano de la Casa Blanca
se mantuvo cerrada un día por reformas que cuando se multa a las tiendas por
rotular en castellano en la mismísima Barcelona.
No
quieren entender que el verdadero progresismo consiste en reconocer una simple
verdad: defender que España es una nación de naciones supone, de facto, dejar
de defender que España sea una nación de ciudadanos, impidiendo en el
envite cualquier posibilidad de apertura a todos los territorios aquejados de nacionalismo.
Sin embargo, parece que a los plurinacionalistas, a los que Sánchez se acaba de
unir, se les escapa algo importante. Afirman y defienden que España es una
nación de naciones, donde conviven diferentes sentimientos de pertenencia, “una comunidad de pueblos resultado de un
largo y doloroso proceso histórico en el que han tomado parte todos ellos”.
Buena descripción para cualquier tipo de país cuya extensión sobrepase una
ciudad.
Pero
la tontería, además de grotesca, es perversa y con un objetivo insidioso:
vaciar de concepto a España para preparar la reivindicación de las naciones
culturales que la componen, ellas ya sí, únicas y esenciales. Por eso hiela la
sangre escuchar a Iglesias presentándose orgulloso a la moción de censura por
tener a los independentistas apoyando su propuesta de nación. La corrupción del
tres por ciento hasta les suena reivindicativa.
Esta
visión plurinacional de España no parece contradecirse con el hecho de que
Cataluña (o cualquier otra Comunidad) sea una nación a secas, con un único
sentimiento de pertenencia en su seno. Aquí no hay procesos a lo largo del
tiempo, sino patrias nacidas tal cual desde el origen de los tiempos. “Som un
sol Poble!” claman los plurinacionalistas sin siquiera tener la decencia de
sonrojarse. Así lo han mamado desde pequeños. Eso es lo que le han enseñado en
colegios, universidades y clases de historia.
A
todo esto, el Gobierno de Rajoy, como siempre, deja el tiempo correr diciendo esperar
el momento oportuno, demasiado cobardes o acomplejados para actuar siquiera con
la fuerza de la Constitución o la Ley de su parte. En este caso, empero, el
tiempo corre en su contra, pues cada año una nueva generación entra a votar,
una nueva y engañada generación que aun no sabe que Rafael Casanova lucho en Barcelona,
en un lejano 1713, no solo por el bando austriaco, sino también por el bien del
Reino.