La Historia Interminable
Se celebra un Congreso entre dos
formas de entender la Revolución. Por un lado, el líder de la corriente
“moderada” propugna la participación activa en las instituciones y el
Parlamento, alineándose incluso con otras fuerzas a su derecha (aunque aún dentro
de la izquierda). El objetivo es hacer aflorar las contradicciones del régimen
capitalista y así llegar al poder. Por el contrario, el otro líder prefiere la
subversión callejera a cualquier foro representativo y desprecia cualquier
colaboración con las fuerzas de la élite burguesa. Ambos líderes son grandes
amigos en lo personal, pero se encaminan a destruirse mutuamente en lo
político.
Podría estar refiriéndome al
Congreso de Podemos, pero estoy evocando la lucha interna ideológica y de poder
en el seno del Partido Comunista Ruso a principios del siglo XX. El primero,
líder de los que más tarde se conocerían como Mencheviques (minoritarios), era
Julius Martov. El segundo, líder de los Bolcheviques (mayoritarios), Vladimir
Ilich Ulianov, alias Lenin. Ambos propugnan la revolución socialista, un mismo
objetivo. La diferencia única y fundamental se encontraba en la forma. No dice
nada bueno sobre nuestros docentes que unos profesores universitarios de
política puedan caer en un error tan recurrente de la izquierda. Así, si
exceptuamos los nombres propios, sería difícil contemporizar esta frase del
historiador Richard Pipes: “Las
diferencias que separaban a las dos facciones eran minúsculas, y a menudo
meramente formales. El principal obstáculo de la reunificación era la
insaciable sed de poder de Lenin que hacía imposible trabajar con él salvo en
calidad de subordinado”.
Posándonos en la actualidad, la
ideología del número uno y el dos es la misma. Ambos levantan el puño en sus
mítines en un símil perfecto de lo que prometen: dureza, puño y comunismo. Sí
se pasa uno a echar un vistazo a los documentos de cada corriente se puede
poner a temblar. Con referencias incluso a la URSS e inspirados en las
corrientes latinoamericanas, se ataca a los viejos partidos, a la ofensiva
neoliberal (la conspiración judeomasónica entiéndase) y a la UE. No me extiendo
mucho en los puntos porque parece casi de chiste considerar a Montero y sus
políticas como liberales y ya hablaré más dilatadamente sobre las críticas a la
UE que no son más que críticas a la globalización.
Así, podríamos decir que las
únicas discrepancias entre las dos familias se centran tan solo en la cuestión
de IU y en la manera de absorber al PSOE. Se habla pues en ambos, no de ampliar
el Estado, sino de construir un nuevo modelo que determine las relaciones
económicas, sociales y culturales que permitan llegar a una especie de Nueva
Sociedad. Controlada por ellos, claro.
En este Congreso tan solo se
están jugando los cargos. Quien pierda simplemente desaparecerá de la vida
pública en la consiguiente purga y quien gane se quedará con el control de
Podemos. Errejón, sin embargo, el verdadero intelectual del grupo, no quiere
acabar igual que Martov, por lo que se está posicionando para realizar lo que
el segundo jamás llegó a soñar: alcanzar el poder. La forma de conseguirlo es
obvia. Un discurso fantástico y falaz donde proclama que un líder, o cualquier
otra persona, pueda seguir desempeñando su cargo a pesar de que ganen ideas
contrarias a las suyas. Imagínense.
Pase lo que pase, a partir del
domingo disminuirán de tono los ataques entre las corrientes, los golpes bajos
y las declaraciones. Sobre todo desde la parte perdedora, que se verá reducida
drásticamente tras la purga. Lástima que también perdamos la oportunidad de
disfrutar de otras situaciones, como el estado de máxima tolerancia y
pluralidad que se ha respetado en la Sexta, donde han concedido que Iglesias
hable los días impares y Errejón los pares. También resulta grato ver las
declaraciones de Iglesias contra Felipe González (dice que descalificado para
ser presidente por su participación con un grupo terrorista) justo encima de
una foto con su amigo Otegui. Grato o terrible, no sé yo.
Pase lo que pase el domingo, solo
puedo afirmar una cosa con rotundidad: el perdedor pasará a formar parte del
selecto grupo de fundadores caídos en desgracia. Monedero, Luis Alegre,
Bescansa… a este paso Pedro Sánchez se va a quedar solo en Podemos.