Guerra de Trincheras
En un país tan cainita como el nuestro, acostumbrados a
enfrentarnos entre nosotros, con el transcurso del tiempo y las generaciones no
resulta extraño que en nuestros días, para una gran parte de la población
española sea completamente imposible separar temas, a priori independientes
entre sí, pero entremezclados gracias al imaginario colectivo.
Ya en el siglo XIX Goya se encargó de reflejar ese
sentimiento tan nuestro de atacar a cualquier otro español que se nos ponga por
delante y no comparta ideario. Metidos en la tierra hasta las rodillas y
moliéndonos a garrotazos, irreductibles en nuestras posiciones, sin pensar
nunca en ceder o pedir tregua. Así transcurrió el siglo XIX, entre afrancesados
y patriotas, entre liberales y absolutistas. El XX no fue mejor. España se
dividió en dos bandos, en azules y rojos, y tras matarnos entre nosotros quedó
un ganador que se ensañó con los vencidos y una España rencorosa de aquello.
Con la llegada de la democracia y el siglo XXI poco se hizo
para cambiar la mentalidad desaprovechando una oportunidad histórica para
hacerlo. Poco a poco se fue conformando un bipartidismo con dos grandes
partidos enfrentados completamente entre sí, incapaces de acordar en conjunto
ni lo más nimio, e imposibilitados de gobernar si no obtenían las ansiadas
mayorías absolutas, a no ser que se apoyaran en aquellos que buscaban de todo
menos el interés de la nación. No hay nada que genere más votos y más fanáticos
que la existencia de un enemigo a batir a la misma vez que santificas tu opción
como libre de toda mácula de pecado. Este escenario tuvo su mayor auge en el
gobierno de Zapatero, que para conservar el poder consintió en abrir y usar los
peores sentimientos y recuerdos de la gente.
Así llegamos al clima de crispación de hoy en día. El caso
Nóos, con la imputación de la infanta, se ha convertido en una especie de lucha
entre monárquicos y republicanos. La condena de Lionel Messi, defraudador
cuatro veces mayor que el cuñado del Rey, en una lucha entre culés y
nacionalistas contra el resto. Poco importa la cantidad y la inmoralidad. Todos
los medios catalanes y afines al club se han lanzado a una campaña para limpiar
la imagen del jugador a la vez que acusan al resto de una campaña de
desprestigio. Igual que la pasada campaña anticorrupción en algunos
ayuntamientos de Granada, Valencia, Salamanca, y contra los catalanes en
Cataluña según algunos.
La división ha alcanzado su culmen también en la estela
nacional. Podemos, la creación de la inutilidad del bipartidismo, de un PSOE
sin liderazgo fuerte desde González, y un PP ahogado por su propia corrupción y
necesitado de un enemigo creíble para revalidar su estancia en el poder, ha
resucitado todo el odio y la envidia enclaustradas en una porción de la
población desde la Guerra, llegando al extremo de acusar a todos los que no son
como ellos, el pueblo (por tanto paladines de la verdad y de la voluntad
popular) como el enemigo a batir. Que el miedo cambiase de bando se convirtió
en su lema para conseguir derribar a todos aquellos que eran casta, aunque
muchas formaciones han ido entrando y saliendo de esta definición.
Así llegamos al día de hoy, imposibilitados para formar
gobierno porque el PSOE no puede traicionar a sus más fieles votantes, aquellos
que aún les siguen votando, a los que lleva 40 años tratando al PP como el
enemigo. Como bien le decían a Camerón hace poco, si llevan toda la vida
criticando a la Unión, corres el riesgo de que el público acabe por creérselo.
Podemos, cada día más casta (aquí ya no dimite nadie a pesar de los fracasos y
sus promesas y ni siquiera se oye autocrítica), sigue intentando tentar al PSOE
con un gobierno de lo que él llama de progreso. No explica que para hacerlo
deberá sustentarse inevitablemente en partidos situados en el espectro político
bastante más a la derecha del PP. Parece que cuando la derecha lleva el prefijo
de independentista sí que les resulta atractiva.
Esta semana se constituyen Cortes y de momento estamos más
cerca de las terceras elecciones que del comienzo real de la legislatura, con
un PP y Podemos encuadrados en sus marcas, un Cs que no se quiere mojar y un
PSOE que tiene el síndrome del perro del hortelano.