Orange is the new black

Resulta increíble como un partido con tan solo 40 escaños está monitorizando la totalidad de la política española, sin embargo, Ciudadanos, a pesar de todos los vaticinios tras saberse su resultado final en el hemiciclo lo está consiguiendo con creces.

Desde Podemos, con la vista puesta en todos los sondeos que auguran un descenso de su partido (y eso si se sigue presentando con todas las confluencias, que está por ver) han venido rebajando el tono hacia la formación naranja, como una forma de lavado de cara tras las últimas palabras y demandas de Ciudadanos. Pablo Iglesias ya considera a la formación de Rivera necesaria para formar gobierno al que él llama “Progresista”, aunque sigue en contra de su inclusión en el mismo. Piden que Cs se abstenga ante su gobierno por sentido de Estado y que se sienten a mirar lo que van a hacer. Algo es algo, menos da una piedra. Por lo menos ahora Podemos acepta hablar con ellos aunque se sigue reservando la vicepresidencia y los ministerios del hipotético gobierno.

En el PP, sin embargo andan confundidos con los movimientos del partido naranja. Antes de las elecciones todos los medios de comunicación hacían una sencilla suma: si PP y Cs sumaban en escaños habría un gobierno de coalición, a fin de cuentas este último se nutre de gran parte del descontento electorado conservador.  El giro hacia el PSOE los ha sorprendido, pero siguen insistiendo en su idea de gobierno de la gran coalición con la inclusión de Ciudadanos en ella aunque insisten desde Génova que los números saldrían igual sin estos si tuvieran el apoyo del PSOE. La formación busca el apoyo del único partido que acepta entablar negociaciones con ellos como agua de mayo pero no a cualquier precio; Rajoy ha marcado su cabeza como línea roja.

Si el PSOE veía como su socio ideal a Ciudadanos antes de las elecciones, su pacto ha reafirmado esa sensación. Es imposible encontrar en la directiva a alguien que no esté contento con el pacto logrado y beneficia a cualquier candidato socialista, sea cual sea este. Mientras que Pedro Sánchez podrá presentarse como un líder con altura de miras por su pacto, quitando uno de los principales argumentos de la andaluza, Susana Díaz ve con buenos ojos una unión, posiblemente después de unas nuevas elecciones, entre ella y el partido de Rivera como ya ha pasado en Andalucía.

Por su parte, Albert Rivera, que no es tonto, consciente de que una repetición de las elecciones está cada vez más cerca, se está aprovechando de la coyuntura y vendiéndose como partido de centro, constitucional y de Estado, dispuesto a pactar tanto con el PP como con el PSOE por el bien del país. Y aprendiendo de los errores pasados, Rivera ya no acapara las televisiones, sino que otros miembros del partido están empezando a coger peso. Aunque como saben desde Ciudadanos por propias experiencias, unas elecciones, a pesar de lo que digan las encuestas, no tienen por qué ser lo preferible para ellos.

Rivera sueña con un pacto a lo Borgen, donde pueda auparse hacia las más altas esferas, e incluso no descarta apoyar a un independiente, aunque esto último con la boca muy pequeña. Saben que si eso pasara, tras las elecciones a dos años después de una corta legislatura de muchas reformas les sería difícil vender la necesidad de la existencia de un partido de centro ante una sociedad demasiado acostumbrada a catalogar entre derechistas e izquierdistas como la española. Unas nuevas elecciones por el contrario les serviría para seguir vendiéndose como necesarios y con PP y PSOE no tan agresivos sabedores de que al ganador de los dos les vendría bien un Ciudadanos más fuerte, sobre todo si canaliza en subida la bajada de Podemos.

A.C.G.

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