Match Point
Norberto Bobbio,
filósofo socialista.
El conocimiento nos hace libres. Un
principio universal que contrasta con la furia mediática con la que se ha
acogido el “Protocolo fantasma” de Castilla y León. Más allá del
discernimiento que atribuyamos a Gallardo, que un mero ofrecimiento de
información, no una imposición, haya generado tamaña discordia habla de lo
viciado, e inconcluso, de este debate.
Una cuestión como el aborto, que soslaya
tantas implicaciones éticas y morales, debería ser merecedora de un debate
serio, que conduzca a consensos construidos sobre la voluntad de las partes
sin imposición dogmática. Sin embargo, los más fanáticos que militan dentro
de proabortistas y provida continúan supeditando a sus grupos. Así, mientras
unos tildan a las abortistas de asesinas, los otros equiparan el traumático proceso
a un corte de uñas. Sin cabida para la equidistancia.
Mi sentir es que la antigua
ley de supuestos no podía abarcar todos los necesarios, mientras que la actual ley
de plazos permite excesos que deberían estar proscritos. Aunque tanto
mujeres como hombres deberían poder decidir autónomamente sobre sus vidas, sentenciar
libremente a otra inocente escapa de sus potestades.
¿Qué es una vida humana? Casi
unánime afirmamos que un recién nacido lo es, pero ¿Y un minuto antes? ¿Y un
día? ¿Y un mes? En mi caso, ante la imposibilidad de dar una respuesta exacta y
universalmente aceptada, pondría el límite en el momento en que el feto
tiene capacidad de sufrimiento. Que sea la ciencia la que fije un lapso
aceptable mediante procedimientos objetivos.
Una solución desgarradora para intentar
mitigar nuestro fracaso social. El aborto debería ser siempre la última
opción, un mal mayor destinado a impedir otro mal superior, no un derecho a
libre dispensa. Y poco tiene de progresista su normalización o su celebración
idealizada.
No todo lo que no es ilegal es
un derecho inalienable del ser humano. Por eso resulta tan esperpéntico
escuchar defender ese supuesto “derecho” intrínseco al aborto, con el
Gobierno y el PP afirmando que harán todo lo posible para que pase a estar “suficientemente
garantizado”.
Y es que, muchos de los
argumentos que profesan aquellos que ensalzan su abortismo rayan en la
eugenesia o la hipocresía, incapaz de sostenerlos consistentemente. Uno usual es
aquel que considera al feto un mero conjunto de células, incapaz de subsistir
independientemente por sí mismo, por lo que la madre debería poder actuar sobre
él según su arbitrio. Un razonamiento que fácilmente podría extenderse a los
recién nacidos o a ciudadanos dependientes, que pasarían a ser propiedad de sus
cuidadores, legitimados a terminar con su existencia a capricho.
Otra tesis es la
intrínsecamente feminista: la independencia de las mujeres. Sin embargo,
son los mismos acérrimos defensores del “nosotras parimos, nosotras
decidimos” quienes persiguen penalmente la libre prostitución. O la
gestación subrogada, proscrita en la misma ley que permitirá a las menores
abortar sin consentimiento paterno antes, incluso, que comprar legalmente tabaco
o alcohol. El empoderamiento femenino de Schrödinger.
Adicionalmente, una izquierda autoproclamada
como defensora de los desvalidos debería pensar en como el aborto sirve a los
intereses del capital, ¿o alguien cree que Amazon tiene una motivación
genuinamente feminista cuando promete financiar el aborto de sus empleadas?
La mera voluntad de la madre no
otorga vida a un niño. Y su aborto es, simplemente, una decisión
estrictamente egoísta por parte de quienes no desean hipotecar su vida mediante
un nacimiento no anhelado. Ya sea por antojo o necesidad.
Tan solo impulsando una mejor educación
sexual y ayuda económica lograremos acotar el aborto. Y resulta desconcertante
como los habituales proselitistas del Estado protector feminista continúan
obstaculizando la difusión y multiplicación de los medios asistenciales y financieros
que este podría poner a disposición de las principales interesadas: las
mujeres.
