Tuertos y Ciegos
“Había una vez un reino con dos
súbditos que peleaban todo el tiempo. Tal era el nivel del conflicto, que se
volvió en un problema para el rey. Por eso, decidió intervenir en la pelea y,
tomando a uno de los dos, le dijo “Pídeme lo que quieras. Pídeme lo que quieras
y te lo daré. Pero, te advierto que a tu enemigo le daré el doble”. Ante eso,
el hombre meditó su respuesta y contestó: “Mi señor, quítame un ojo”. Con eso,
él quedaría tuerto, pero el otro quedaría completamente ciego.”
Cuento popular, Anónimo.
Contaba Ignacio Varela en su columna dominical
que, durante su etapa universitaria, un profesor enfrentó en cierta ocasión al
núcleo fundacional de Podemos (Iglesias, Errejón y Cía.) a una interesante
disyuntiva: ¿Qué era preferible, una “sociedad A” donde el rico
obtenía 10 y el pobre 5, o una “sociedad B” donde el rico obtiene 7 y el
pobre 4?
Un acercamiento racional nos decantaría por la primera
alternativa, pues tanto la suma de riqueza (15 vs 11) como el reparto para
ambas personas (10/5 vs 7/4) es evidente superior. No es difícil comprender por
qué siempre es ventajoso una sociedad desigual, aunque próspera y con
sus clases más bajas disfrutando de una vida razonablemente digna, que un país
igualitario con parte de sus ciudadanos bordeando el umbral de miseria.
Sin embargo, la naturaleza humana no entiende
de racionalidades. Varela cerraba su anécdota narrando que todos los miembros
del primigenio Podemos, al igual que lo hace el actual votante medio de
izquierdas, prefirieron la opción “B”. Es decir, más igualdad a cambio de mayor
pobreza, que prosperidad general a cambio de desigualdad. Eligieron Cuba
frente a Singapur.
Solo así se entiende la rentabilidad política
de esta cruzada ideológica del Gobierno frente a las bajadas de impuestos de
Ayuso y demás presidentes populares. En esa estela, la Ministra de Hacienda ha
anunciado la entrada en vigor de un nuevo impuesto contra “los ricos”,
que viene a sumarse al tributo a la banca y energéticas y la subida impositiva
del IRPF a las rentas más altas.
Un movimiento apoyado en la vieja falacia de
que es posible empobrecer a los ricos para enriquecer a los pobres y de que, “los
ricos”, son los que deben aumentar su contribución a las arcas públicas
para sufragar los dispendios del Estado. Ocultando, convenientemente, que ya se
produce esta situación.
España es el 6º país de la OCDE y el 4º de la
UE que más dinero obtiene de sus clases altas. Según
los datos de la Agencia Tributaria, un 18% de la recaudación total del IRPF
pesa sobre los hombros del nimio 0,66% de españoles beneficiarios de rentas
superiores a los 150.000 euros anuales. ¡Que “insolidaridad” por parte
de nuestros 100.000 conciudadanos más pudientes!
Para que una económica crezca, es necesario
desarrollar un sistema fiscal atractivo, que cubra servicios públicos
esenciales pero que potencie el ahorro, atraiga capital dispuesto a invertir y
sirva de competencia frente a nuestros vecinos. Sin embargo, hace años que España
prefirió obsequiar al mundo con nuestros ciudadanos más talentosos y pudientes.
Más aún cuando no existe ningún Muro de Berlín capaz de evitar la
huida de capitales y la deslocalización del patrimonio mobiliario
(acciones), donde la mayoría de “los ricos” mantienen su fortuna.
Pero cuando la izquierda se enfrenta a la
realidad de un impuesto ineficiente en su recaudación, fácilmente evadible y
expulsor de riqueza, clama al cielo con indignación: “No vamos a eliminar
impuestos solo porque se marchen de España”. Como si no fuese precisamente
este el argumento idóneo para su erradicación: la pobreza que genera el
éxodo de la riqueza de un país.
Es decir, el punitivismo como único objetivo
vital. La envidia como fuerza motriz para quienes prefieren permanecer tuertos
mientras, en sus ensoñaciones más candentes, condenan a los odiados “ricos”
a quedarse ciegos.
A.C.G.
