La Gran Traición
“¡La propuesta de
autonomía seria,
creíble y realista de Marruecos es la ÚNICA
base para una solución justa y duradera por una paz y prosperidad perdurables!”
Donald Trump en Twitter, Presidente de EEUU.
La característica ausencia de principios de Sánchez, su auténtica ideología, debería de habernos curado ya de espanto. Que el viernes 18 de marzo diese uno de sus habituales giros de timón para, tras renunciar nuevamente a sus promesas y programas, claudicar diplomáticamente ante el imperialismo de Rabat, entra dentro de la idiosincrasia del personaje.
Lo verdaderamente meritorio fue que, al menos
durante un pequeño lapso de tiempo, el Ejecutivo y sus palmeros intentasen
vender que la sumisión del Sáhara Occidental se trataba de una jugada
maestra, que conseguiría frenar a Marruecos impulsando simultáneamente a
España como potencia regional y hub gasístico europeo.
Podría parecer un tema menor, pero desde 1898
Marruecos es el país extranjero que más ha influido en nuestra política
interna: desde la Semana Trágica de Barcelona, las guerras del Protectorado,
el desastre de Annual, el fin de la Restauración, la Guerra Civil, los
africanistas, Franco, la Guerra del Ifni, la Marcha Verde, las sucesivas
oleadas de inmigración, el asalto de Perejil y, finalmente, el atentado del
11M.
Por eso, desde que la sociedad española conoció
la noticia de nuestra genuflexión ante la Monarquía Alahuita, los rumores se
extendieron por los mentideros políticos del Reino. Desde posibles intereses
económicos de carácter personal que se aseguraba Sánchez (como González en Chad
o Zapatero en Venezuela), hasta la amenaza de revelar implicaciones
comprometedoras durante el 11M.
Un runrún de chantaje que
se acrecentó conforme se iban destapando los hechos y al que se sumaron Argelia
o, incluso, aliados del PSOE (Podemos y nacionalistas) cuando el propio
Gobierno hizo público el escándalo “Pegasus”, vinculándolo
temporalmente a la visita de Sánchez a Ceuta tras el gran asalto a la valla
alentado por Marruecos.
Bien podría ser verdad, pues ni siquiera Franco
llegó a tal nivel de autocracia como para virar la postura del país sin
debatirlo, aunque fuese como formalismo, en Consejo de Ministros. Menos aún en
una democracia avanzada, donde la política exterior es creíble, respetada y
previsible, fruto del consenso entre partidos. Sin embargo, el PSOE no solo actuó
a espaldas de la oposición, el pueblo y sus socios de Gobierno, sino que ni
siquiera pudo administrar los tiempos de la chapuza: en lugar de un comunicado
conjunto, como cuando Marruecos cerró su crisis con Alemania en febrero, la
Casa Real marroquí se encargó de filtrar la carta que ponía punto y final a
décadas de neutralidad y apoyo a la legislación internacional.
Una carta que, para más inri, presenta un
vocabulario extraño, afrancesado, que sugiere que fue corregida, o directamente
redactada, por Rabat. Ni siquiera figura adecuadamente escrito el nombre
del Ministerio de Asuntos Exteriores. De hecho, el discurso que Pedro Sánchez
ha adoptado, “la solución más seria, realista y creíble”, es un calco
de las palabras de Donald Trump en su proclamación de reconocimiento de la
autonomía marroquí sobre el Sáhara.
A cambio, España ni siquiera obtiene una
garantía escrita de que no se repetirán nuevas avalanchas de inmigrantes o
el fin de las reivindicaciones expansionistas marroquíes sobre Ceuta, Melilla,
Canarias y sus aguas. Por no tener, ni siquiera se ha reabierto de forma plena
las aduanas de Ceuta y Melilla, ahogadas bajo asedio desde 2018. Sánchez
aseguró en la Cámara que la soberanía española “está fuera de toda duda”
(solo faltaría) y que el paso de personas y mercancías será “gradual”.
Es decir, que volveremos “gradualmente” a como estábamos antes de que
Mohamed VI nos aferrase el cuello. Agarre que refuerza la posición de poder de
Marruecos sobre España mientras generamos motu proprio un nuevo adversario.
Sánchez ha logrado, una vez más, lo imposible: enemistarse
de manera consecutiva con Marruecos y Algeria sin obtener contrapartidas
palpables. A cambio de dar alas al eterno vecino conflictivo, hemos enojado
a un socio fiable, un aliado natural frente al nacionalismo amenazante del “Gran
Marruecos”, y abandonado definitivamente a los saharauis. Un pueblo con DNI
español hasta 1975.
Justo cuando España podía optar a
convertirse en un hub gasista para una Unión Europea en crisis energética,
gracias a nuestras plantas de reclasificación de Gas Natural Licuado y las
buenas relaciones con Argelia (segundo proveedor de gas a Europa tras Rusia),
hemos decidido darle una puñalada trapera a nuestras aspiraciones. Ni siquiera
hizo falta esta vez que una potencia extranjera intercediese en nuestra
desestabilización.
Argelia no cortará el gas, pues sería considerado
como un ataque a toda la Unión, pero con la retirada del embajador argelino de
Madrid y la ruptura del “Tratado de Amistad y Cooperación”, se acabaron
los tiempos en los que España se beneficiaba de gas a mejores precios que
nuestros vecinos y una posición económica ventajosa en el país. Desde este mes
de mayo, Italia se ha convertido en el “socio preferente” declarado y
efectivo de Argelia y, en cuanto las funciones técnicas y los oleoductos lo
posibiliten, también se convertirá en el hub energético de Europa como
principal distribuidor de gas. Mientras, España deberá contentarse con el
oneroso gas estadounidense fruto de la nula interconexión europea.
Lo más infausto es que España tenía la carta
ganadora. Manteníamos una postura cómoda y pragmática (no hacer nada) y
parecíamos negociar desde una posición de fuerza. Tras el asalto a Ceuta, la reputación
marroquí se había dilapidado; además, su peor sequía en 30 años, su dependencia
energética de las plantas españolas de GNL tras el cierre del oleoducto
argelino y su escasez de materias primas le empujaban a una grave crisis
económica si no recibía los casi 2.000 millones de euros presupuestados en
ayudas desde la UE. Unos subsidios que debían contar con el beneplácito del
gobierno español.
Sin embargo, al margen de Sánchez y sus gigas
robadas, lo que nos hace en verdad chantajeables y predecibles es nuestra
habitual tendencia a evitar toda clase de choques políticos y económicos. La
vieja política del “colchón de intereses”, como en 1914 o en Ucrania, se
ha vuelto a demostrar no solo inútil, sino nociva. Lo que Rusia está demostrando
con Alemania, tras décadas de “Ostpolitik”, lo replica diariamente
Marruecos, explotando cada una de nuestras interdependencias como ventanas de
vulnerabilidad. No se puede mantener una relación democrática del siglo XXI
con un país sujeto a un régimen político autocrático del siglo XIX. Si no,
al final, la interdependencia económica acaba afectando geopolíticamente a uno
solo de los extremos.
Este viraje envalentonará a Marruecos, pues no
hay mayor incentivo que la debilidad para aquellos que imponen por la fuerza
sus objetivos. De hecho, mientras el Gobierno sigue jugando al equívoco, la
posición de Marruecos respecto a Ceuta, Melilla y nuestras aguas es cristalina:
siguen figurando dentro de sus mapas oficiales. ¿Por qué va a cambiar
Marruecos su manera de actuar si el Gobierno le acaba de premiar por saltarse
la legalidad? ¿Qué impedimento tiene para continuar si aprende que los hechos
consumados funcionan?
La experiencia del pasado permite asegurar que
la Monarquía Alauita ya se inventará otro pretexto para continuar con sus
reclamaciones. Y de ninguna manera renunciará a la vía de presión de los flujos
migratorios. Nada nuevo bajo el Sol, con la salvedad de que España ya no
contará con el contraataque que suponía su teórico respaldo a la casa saharaui.
La reciente explotación marroquí de gas y petróleo en aguas canarias, sin
respuesta española, tan solo es la primera muestra del fin de nuestra
influencia estratégica como potencia regional en el Magreb.
Una debilidad que se traslada a diversos
ámbitos. A nivel militar, la distancia entre nuestros países es más estrecha
de lo que percibe la población. Marruecos lleva más de una década
invirtiendo de forma contundente en su poderío marcial, modernizando sus
fuerzas armadas con equipos de alta tecnología: carros de combate Abrams,
helicópteros Apache, aviones de combate F-16V, drones de ataque, artillería de
nueva generación y avanzados sistemas antiaéreos son algunos de las últimas
adquisiciones marroquíes, a lo que hay que sumar la reintroducción del servicio
militar obligatorio en 2020.
Mientras tanto, en España hemos reducido
nuestra inversión hasta convertirnos en una de las democracias que menos
dinero gasta en su defensa del mundo. La artillería marroquí está
rebasando a la española, nuestros carros de combate podrían no ser de la misma
calidad, estamos muy por detrás en el servicio de drones de gran tamaño,
tenemos graves problemas a la hora de renovar nuestra flota de cazas, nuestra
superioridad naval se ha reducido drásticamente (de 17 buques a 1 en el año
2000, a 11 a 7 actualmente), hemos perdido muchas capacidades bélicas (repostaje
en vuelo, contramedidas antisubmarinas, ala embarcada de portaviones…) y nos
descolgamos de prácticas modernas como la guerra electrónica. Todo ello sin
hablar del problema de la obsolescencia masiva de material y la acuciante
necesidad de modernización de buena parte de nuestros equipos, como la práctica
totalidad de nuestra defensa antiaérea.
Un lastre que nos resta capacidad de disuasión
y que, como se demostró en el pasado, la UE no nos proporcionará. Durante el
incidente de Perejil, Francia empujó a Bruselas a ponerse de perfil, negando
a España el acceso a los satélites compartidos durante los momentos clave. Tampoco
contaremos esta vez con el decidido apoyo estadounidense. Mientras que los
americanos se encuentran en pleno idilio con Marruecos, España lleva alentando
unas pésimas relaciones con el gigante, dando una imagen de enfrentamiento,
inestabilidad y deslealtad. Y no hay ninguna diferencia entre Putin y
Mohammed VI. Es un tirano, un déspota autoritario que utilizará al ejército
el día que crea que pueda repercutirle mayores beneficios que pérdidas.
Nuestra debilidad también se refleja en el
plano diplomático, donde las formas siempre tienen una importancia capital.
Por eso resulta inaudito como, tras una capitulación como la del Sáhara, no
sean los marroquíes quienes acuden a Madrid en agradecimiento, sino los
españoles a Rabat en búsqueda de absolución. Tampoco es baladí, ni fortuito, la
famosa fotografía de la bandera de España al revés, símbolo de rendición. Ni
que, en esa misma cena, se situase a Sánchez junto a una efigie de bronce de
Tariq Bin Ziyad, el general que dirigió la conquista musulmana de la Península
Ibérica. Menos aún que se fijase la reapertura de la frontera justo en el
aniversario de la invasión migratoria a Ceuta.
España debe de reflexionar sobre cuál es nuestra
verdadera relación con Marruecos, además de la situación formal de Ceuta y
Melilla dentro de nuestro destino compartido. Unas ciudades a las que Madrid
se ha opuesto sistemáticamente a incluir en el espacio Schengen o en el
artículo 5 de la OTAN con tal de no molestar a nuestro “vecino cordial”.
Un tabú que no solucionaremos con un simple
cambio de gobierno, sobre todo con un PP más exaltado por el ninguneo de
Sánchez en la toma de decisiones que por las consecuencias de sus actos. Difícilmente
Feijoo, como buen rajoyista, cambiará algo que no entra en lo que, para él, no
está dentro de “lo verdaderamente importante”. Y como siempre, el
siguiente problema llegará antes de que se haya podido solucionar.