Regreso al Futuro
“Por eso digo que lo importante, en mi opinión, es que el
Partido Popular colinde con el Partido Socialista desde el punto de vista
ideológico. En este momento es muy fácil porque el Partido Socialista se ha
extremado y ha dejado millones de votos sin cobertura, que son la
socialdemocracia, el centro izquierda, los socialistas, digamos, templados. Yo
creo que ese es el espacio que debe ocupar el Partido Popular.”
Alberto Núñez Feijoo, Presidente del Partido Popular.
En
torno a su efigie parecen haberse aglutinado todos los barones del partido, así
como el resto de condes, vizcondes y demás hidalgos del aparato popular. Los
caciques regionales lo aclaman, los mandos intermedios lo anhelan, los alcaides
le desean larga vida mientras, todos a una, cantan las loas de su nuevo soberano:
el inicio de una nueva senda de moderación y centralidad bajo la batuta de una
persona de experiencia y diálogo, prestigio y autoridad, respetado y valorado
por los “poderes fácticos” empresariales y mediáticos. Una persona
sensata, razonable y pragmática avalada por cuatro mayorías absolutas.
Muchas
palabras grandilocuentes que parecen evadir una de las características más
importantes de un político, su ideología. Así que, ahora que viene a probar
suerte a la capital del reino buscando replicar lo que tan bien ha logrado en
sus límites feudales, es necesario preguntar, ¿qué tiene el gallego que ofrecer
al resto de españoles?
Es
bien sabido que Galicia no necesita partidos separatistas porque para eso ya
gobierna el PP. Ahí están sus políticas dirigidas a limitar, por aquello
del idioma, el libre acceso y la meritocracia en cada vez más ámbitos. Ese
nacionalismo se refleja en las alabanzas que el PNV le ha obsequiado, al ser
tan “comprensivo con las realidades nacionales vasca y catalana” frente
a un PP tradicionalmente “hipercentralista y autoritariamente español”.
Desde
el punto de vista económico es relevante que, tras casi 16 años de poder
omnímodo en Galicia, no haya podido alcanzar más que un resultado mediocre. En todo este tiempo, la economía gallega ha
crecido a un ritmo inferior al del conjunto de España (5,3% vs 6,6%) y ha
perdido población más rápido que la media española. Incluso teniendo en cuenta
la política fiscal, sobre la que tiene un mando absoluto (independientemente de
las peculiaridades sociales, económicas y demográficas de Galicia), su
desempeño también es vulgar. Según el Índice Autonómico de Competitividad
Fiscal de España, Galicia está en la posición 12ª de las 19 posibles, solo
empeorada por las Comunidades históricas del PSOE (salvo Castilla la Mancha) y
Cataluña.
Viendo
el mediocre resultado de sus políticas, uno ya no se extraña que, como hemos
visto en la cita del comienzo de este artículo, el referente ideológico de
Feijoo sea la socialdemocracia tradicional, al estilo del PSOE de Felipe
González. El viejo marianismo intelectual (valga el oxímoron) regionalista,
burocrático y acomodado, que abomina de batallas culturales y propenso a la
mansedumbre con la izquierda y el nacionalismo, resucitará para Semana Santa.
Resulta
interesante que el próximo experimento del “nuevo” PP sea, básicamente,
apostar a que los españoles estén tan hartos de la nueva política que vuelvan
corriendo al marianismo. Es decir, otra vez al punto de partida. Para ello, el
plan del nuevo líder in pectore, como ha contado por activa, por pasiva
y por gubernativa, será “moderar” al PP de Casado para atraer al
huérfano votante centroizquierdista español dándole la espalda a Vox.
Así,
se negará a dar la batalla de las ideas contra la hegemonía progresista, se
estrechará la mano de los nacionalistas y se pactará la composición del CGPJ,
eliminando la “extremista” idea de que los jueces pudiesen elegirse a sí
mismos y culminando la colonización del poder judicial que tanto ansiaba la
izquierda para que pueda, como en el reciente pactado Tribunal de Cuentas, ser
utilizado impunemente al servicio del sanchismo. Todo adornado con un
significante tan vacío de significado como “sentido de Estado”, como si
el Estado estuviera por encima de la democracia, los derechos individuales o la
separación de poderes.
Sin
embargo, esta idea de atraer al socialdemócrata tiene un pequeño inconveniente.
En un sistema tan políticamente fragmentado como el actual, es imposible que
ningún partido, ni siquiera Feijoo, consiga la mayoría absoluta. Así las cosas,
al gallego solo le quedarán dos opciones: pactar con Vox o con el PSOE.
Sin
embargo, el paso a la izquierda de un PP que se niegue a dar la batalla de las
ideas contra la hegemonía progresista y nacionalista, ¿le permitirá situarse en
una posición de fuerza frente a un Vox que siga ganando descontentos? Además,
¿serían capaces de tragar con ese pacto los votantes que haya ganado entre “la
socialdemocracia, el centroizquierda y los socialistas templados”? y si cuaja
con el PSOE la Gran Coalición bajo los principios morales de la izquierda,
convirtiendo a Vox de facto en la única oposición viable, ¿lo abandonarán
el grueso de votantes conservadores que rechazan instintivamente el consenso
socialdemócrata?
La
solución Feijoo parece una opción tan muerta, por fortuna, como el viejo PP.
Una solución que, para más inri, corre el riesgo de beneficiar principalmente a
Vox. El viejo votante conservador lleva mucho tiempo caracterizándose por las
mismas peculiaridades que adolecen a los populares: pasividad y absoluta
inercia de espera. Sin embargo, después de tanto tiempo de líderes grises,
aquiescentes con los imaginarios idearios nacionalistas y conniventes con los
dogmas de la izquierda identitaria, buscan estrellas que seguir. Y con Ayuso y
Abascal han gritado lo mismo. Quieren salir a ganar, pasar a la ofensiva.
Aunque
puede que la jugada salga bien. Feijoo no movilizará contra sí a una izquierda
casi más hastiada de los suyos que la derecha y, tal vez, consigan distanciarse
de Vox lo suficiente como para tratar de torearlos en el Gobierno. A fin de
cuentas, tendrá a todo el aparato mediático de su parte. Unos medios que
nos han vendido que es un “moderado” al obligarte a presentar un QR
sobre cuantas dosis llevas si quieres entrar a un bar, frente a una “radical”
Ayuso que ofrece la libertad de elegir. Que “moderado” es el
nacionalismo regionalista y la sumisión a dogmas impuestos, mientras que “radicalidad”
pasa por abanderar con firmeza cualquier principio diferente a los imperantes…
aunque este sea el de la más absoluta libertad.
Los
que critican a Ayuso aducen que su éxito jamás sería extrapolable, pues España
no es Madrid. Ahora estamos a punto de comprobar si, en este caso, España es Galicia.
