Regreso al Futuro

 


“Por eso digo que lo importante, en mi opinión, es que el Partido Popular colinde con el Partido Socialista desde el punto de vista ideológico. En este momento es muy fácil porque el Partido Socialista se ha extremado y ha dejado millones de votos sin cobertura, que son la socialdemocracia, el centro izquierda, los socialistas, digamos, templados. Yo creo que ese es el espacio que debe ocupar el Partido Popular.”

Alberto Núñez Feijoo, Presidente del Partido Popular.

Acabada la Semana Trágica del Partido Popular, un nombre ha emergido con luz propia sobre todos los demás. Y es que, ¿existe hoy alguien mejor que Feijoo para templar gaitas en el PP? El eterno delfín de Rajoy dará el paso al lograr ahora lo que no pudo obtener en 2018: una designación por aclamación, bajo palio, sin competencia ni rivales.

En torno a su efigie parecen haberse aglutinado todos los barones del partido, así como el resto de condes, vizcondes y demás hidalgos del aparato popular. Los caciques regionales lo aclaman, los mandos intermedios lo anhelan, los alcaides le desean larga vida mientras, todos a una, cantan las loas de su nuevo soberano: el inicio de una nueva senda de moderación y centralidad bajo la batuta de una persona de experiencia y diálogo, prestigio y autoridad, respetado y valorado por los “poderes fácticos” empresariales y mediáticos. Una persona sensata, razonable y pragmática avalada por cuatro mayorías absolutas.

Muchas palabras grandilocuentes que parecen evadir una de las características más importantes de un político, su ideología. Así que, ahora que viene a probar suerte a la capital del reino buscando replicar lo que tan bien ha logrado en sus límites feudales, es necesario preguntar, ¿qué tiene el gallego que ofrecer al resto de españoles?

Es bien sabido que Galicia no necesita partidos separatistas porque para eso ya gobierna el PP. Ahí están sus políticas dirigidas a limitar, por aquello del idioma, el libre acceso y la meritocracia en cada vez más ámbitos. Ese nacionalismo se refleja en las alabanzas que el PNV le ha obsequiado, al ser tan “comprensivo con las realidades nacionales vasca y catalana” frente a un PP tradicionalmente “hipercentralista y autoritariamente español”.

Desde el punto de vista económico es relevante que, tras casi 16 años de poder omnímodo en Galicia, no haya podido alcanzar más que un resultado mediocre. En todo este tiempo, la economía gallega ha crecido a un ritmo inferior al del conjunto de España (5,3% vs 6,6%) y ha perdido población más rápido que la media española. Incluso teniendo en cuenta la política fiscal, sobre la que tiene un mando absoluto (independientemente de las peculiaridades sociales, económicas y demográficas de Galicia), su desempeño también es vulgar. Según el Índice Autonómico de Competitividad Fiscal de España, Galicia está en la posición 12ª de las 19 posibles, solo empeorada por las Comunidades históricas del PSOE (salvo Castilla la Mancha) y Cataluña.

Viendo el mediocre resultado de sus políticas, uno ya no se extraña que, como hemos visto en la cita del comienzo de este artículo, el referente ideológico de Feijoo sea la socialdemocracia tradicional, al estilo del PSOE de Felipe González. El viejo marianismo intelectual (valga el oxímoron) regionalista, burocrático y acomodado, que abomina de batallas culturales y propenso a la mansedumbre con la izquierda y el nacionalismo, resucitará para Semana Santa.

Resulta interesante que el próximo experimento del “nuevo” PP sea, básicamente, apostar a que los españoles estén tan hartos de la nueva política que vuelvan corriendo al marianismo. Es decir, otra vez al punto de partida. Para ello, el plan del nuevo líder in pectore, como ha contado por activa, por pasiva y por gubernativa, será “moderar” al PP de Casado para atraer al huérfano votante centroizquierdista español dándole la espalda a Vox.

Así, se negará a dar la batalla de las ideas contra la hegemonía progresista, se estrechará la mano de los nacionalistas y se pactará la composición del CGPJ, eliminando la “extremista” idea de que los jueces pudiesen elegirse a sí mismos y culminando la colonización del poder judicial que tanto ansiaba la izquierda para que pueda, como en el reciente pactado Tribunal de Cuentas, ser utilizado impunemente al servicio del sanchismo. Todo adornado con un significante tan vacío de significado como “sentido de Estado”, como si el Estado estuviera por encima de la democracia, los derechos individuales o la separación de poderes.

Sin embargo, esta idea de atraer al socialdemócrata tiene un pequeño inconveniente. En un sistema tan políticamente fragmentado como el actual, es imposible que ningún partido, ni siquiera Feijoo, consiga la mayoría absoluta. Así las cosas, al gallego solo le quedarán dos opciones: pactar con Vox o con el PSOE.

Sin embargo, el paso a la izquierda de un PP que se niegue a dar la batalla de las ideas contra la hegemonía progresista y nacionalista, ¿le permitirá situarse en una posición de fuerza frente a un Vox que siga ganando descontentos? Además, ¿serían capaces de tragar con ese pacto los votantes que haya ganado entre “la socialdemocracia, el centroizquierda y los socialistas templados”? y si cuaja con el PSOE la Gran Coalición bajo los principios morales de la izquierda, convirtiendo a Vox de facto en la única oposición viable, ¿lo abandonarán el grueso de votantes conservadores que rechazan instintivamente el consenso socialdemócrata?

La solución Feijoo parece una opción tan muerta, por fortuna, como el viejo PP. Una solución que, para más inri, corre el riesgo de beneficiar principalmente a Vox. El viejo votante conservador lleva mucho tiempo caracterizándose por las mismas peculiaridades que adolecen a los populares: pasividad y absoluta inercia de espera. Sin embargo, después de tanto tiempo de líderes grises, aquiescentes con los imaginarios idearios nacionalistas y conniventes con los dogmas de la izquierda identitaria, buscan estrellas que seguir. Y con Ayuso y Abascal han gritado lo mismo. Quieren salir a ganar, pasar a la ofensiva.

Aunque puede que la jugada salga bien. Feijoo no movilizará contra sí a una izquierda casi más hastiada de los suyos que la derecha y, tal vez, consigan distanciarse de Vox lo suficiente como para tratar de torearlos en el Gobierno. A fin de cuentas, tendrá a todo el aparato mediático de su parte. Unos medios que nos han vendido que es un “moderado” al obligarte a presentar un QR sobre cuantas dosis llevas si quieres entrar a un bar, frente a una “radical” Ayuso que ofrece la libertad de elegir. Que “moderado” es el nacionalismo regionalista y la sumisión a dogmas impuestos, mientras que “radicalidad” pasa por abanderar con firmeza cualquier principio diferente a los imperantes… aunque este sea el de la más absoluta libertad.

Los que critican a Ayuso aducen que su éxito jamás sería extrapolable, pues España no es Madrid. Ahora estamos a punto de comprobar si, en este caso, España es Galicia.

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