La Derecha de Schrödinger
“Haced política.
Porque si no la hacéis, alguien la hará por vosotros. Y probablemente, contra
vosotros.”
José Ortega y Gasset.
Aún está por ver cuáles serán las
consecuencias de la aplastante derrota electoral que el centro-derecha ha
sufrido en Cataluña. No parece que estas modificaciones vayan a ser de gran
envergadura si nos limitamos a escuchar a los líderes de PP y Cs, quienes
prefirieron achacar el ridículo a la baja participación.
Una mejor reflexión hubiera estado
encaminada a preguntarse cómo es posible que, tras dos años de gobierno de
izquierdas, tras una pandemia que ha dejado hueco en decenas de miles de
hogares y que amenaza con engullir la economía, el centro-derecha español haya
sido incapaz de movilizar a más población que el Ministro de Sanidad que capitaneó
el desastre sanitario.
Es cierto, como se lamentaban los populares
tras el 14F, que han tenido que enfrentarse a un panorama mediático
mayoritariamente posicionado en su contra, pero las excusas son fútiles. Quien
cría cuervos sabe a lo que se aviene, y estos lodos no son más que el barro que
Mariano Rajoy tanto contribuyó a extender. De todas formas, el problema del
centro-derecha viene de largo, y no se paliará simplemente con un cambio de
sede, ni de siglas, ni de logo, ni tan siquiera con la reunificación entre Cs y
PP. El dilema es más profundo, casi metafísico: estamos hablando de las ideas.
Hace tiempo que la derecha renunció
a dar la batalla cultural. Se ejemplificó claramente en la frase de M. Rajoy de
“si alguien quiere irse al partido liberal o al conservador, que se vaya”,
y años después de que se hiciese realidad su sugerencia, apenas nada ha
cambiado. Es asombroso ver como los conservadores han permitido, incluso
impulsado, que un partido como el PSOE sea hegemónico en nuestro país. No en
votos, que es circunstancial, sino en espíritu. Viendo los últimos 40 años de
nuestra democracia es fácil constatar cómo ha sido el PSOE el encargado de
dirimir el marco conceptual de lo que es correcto y lo incorrecto, lo pensable
y lo impensable, quien ha fagocitado y movido a su conveniencia el centro
ideológico de nuestro país, hasta el punto de señalar los límites hacia donde
los contrarios pueden expandirse en su discrepancia. Es el nuevo Movimiento
Nacional.
Un ejemplo actual sería la
tormentosa relación que el PP sufre con Vox y su reflejo en Podemos y el PSOE.
Desde los medios socialistas se posicionó rápido a Vox en la nueva
ultraderecha, ya lo habían sido anteriormente PP y Cs, y es lógico que utilicen
esa cantinela. Lo absurdo es como la teórica prensa no afín acaba asimilando
ese lenguaje o, como mucho, apenas trata de combatirlo. Sin embargo, cuando se
trata a Podemos, los términos ultra, extremista o peligroso parecen quedar
reservados para la derecha. Si el PP quiere buscar la moderación, debe
separarse de Vox… mientras el PSOE lo es gobernando con Podemos y pactando con
Bildu.
Tras la insulsa moción de censura
de Vox, los medios se volcaron con Casado. Casi parecía que le erigirían estatuas
en todas las cabezas periodísticas mientras le llovían las alabanzas y halagos
por su trato a Abascal. Cs también goza de cierto crédito y aprecio en cada
edición del CIS y de El País por su nueva táctica apaciguadora y complaciente
con el Gobierno PSOE-Podemos y su radicalismo y ataques a Vox. Sin embargo,
cuando los votantes tuvieron que decidir la fuerza que mejor podría defenderlos
del nacionalismo catalán, su decisión fue clara: se fueron al único partido capaz
de transmitir un ideario.
Sinceramente, ¿alguien sabe que
propuestas ofrece el PP a su electorado? Más allá de bajar medio punto del
IRPF, ¿qué gran programa enarbola la actual dirección para validarse ante los
votantes? La estrategia popular parece idéntica a la de hace 10 años: sentarse
a esperar a heredar el poder. Pero el bipartidismo ha muerto, y fiarlo todo a la
buena gestión, el voto útil y la moderación es un camino muerto antes de
empezar.
El primero de los puntos es un mito
que apenas se sostiene. Ese viejo paradigma, que enarbolan desde hace años, por
el cual la población acabaría votándolos tras los desastres económicos de la
izquierda confiando en su gestión, se ha roto… si es que alguna vez existió. Eso
lo entiende a la perfección el PSOE que, eliminando cualquier tipo de complejo
hasta el sonrojo, se encargaron de presentar como candidato estrella al
Ministro de Sanidad de un país con uno de los peores datos del mundo en gestión
de la pandemia. Y ganaron las elecciones.
¿Cómo es esto posible? Primero,
dejando constancia que nadie en el PSOE se lee la prensa de centro derecha.
Segundo, el mundo actual se mueve por imágenes, ideas y espíritu, y no hay
mejor eslogan que dos palabras tan simples como “Efecto Illa”. ¿Qué es
eso sobre lo que todos hablaron antes incluso de que se produjese? Nada,
absolutamente nada. No era un informe concienzudo, ni un artículo desgranando
de forma pormenorizada los pros del aspirante respecto al resto. No, tan solo
dos palabras bien engrasadas y contundentes, con un mensaje, con una idea. Y es
también su capacidad de trasmitir lo que provoca que Vox esté de alza en las
encuestas, y es la razón por la que Cs se mantuvo en la lucha hasta que decidió
que era mejor no tener mensaje que compartir cualquier idea con los de Abascal.
De ahí que el discurso del voto
útil tampoco funcionará. Cada día que pasa el PP intentando forzar a los votantes
de Vox a que crean que su partido ya no tiene a nadie con quien pactar, con la
esperanza de que vuelvan a la casa del padre, es una jornada perdida. ¿Para qué
van a volver? ¿Para apoyar a un partido que, únicamente, les ofrece inmovilizar
la situación en el tiempo hasta la siguiente convocatoria electoral? No, muchos
en la derecha están deseando apoyar una formación que, cuando gane las
elecciones, se sienta legitimada a mover la idea de España en una dirección
diferente a la del PSOE, sin que sienta urticaria ante la simple sugerencia de
poder intentarlo. Quieren un partido capaz de defender con firmeza sus
posicionamientos.
Pero para ello, debes estar
convencido de lo que dices, atesorar creencias. Siempre se habla de que el PP
sufre un problema patológico con su estrategia de comunicación, como si fuese
simplemente cuestión de encontrar un eslogan adecuado. No, para que una idea
cale, para que puedas comunicarla de forma efectiva, antes tienes que haberla
desarrollado, maquinado, pensado. Liderar la oposición no se trata de oponerse
sistemáticamente a todas las propuestas del contrario, requiere formular tus
propias iniciativas. Y ese un trabajo que jamás ha ocurrido en el partido
conservador, que siempre ha acabado prolongando la misma tara: cuando no posees
ideas propias, acabas padeciendo las del contrario.
Por eso vemos, una y otra vez, que
la definición que tiene el PP de “moderarse” no es imprimir su propio
discurso de centro, sino asimilar, 5 años después, todas y cada una de las
doctrinas que marca el PSOE. La moderación, por sí misma, no es una ideología. ¿Es
moderarse posicionarse a favor de la injusta Ley de Violencia de Género o de la
“Desmemoria Histórica”? ¿Lo es continuar apostando por las trabas que
impiden que ciudadanos en regiones bilingües puedan elegir el idioma en que quieren
ser educados o apoyar un sistema autonómico que divide entre ciudadanos de
primera y de segunda? ¿Es moderado aceptar un Gobierno de Podemos mientras
denigras a Vox comparándolo con los asesinos de Bildu?
Si Casado quiere llegar un día a la
Moncloa deberá aprender a desarrollar su propio argumentario político. Y este
da igual si es más moderado o conservador, únicamente debe marcar una
alternativa sólida mientras lo enumera con convicción ¿O es que alguien se cree
que Vox podría llegar a desbancar a Martínez-Almeida o a Díaz Ayuso, ambos
perfiles ideológicos muy marcados, representativos de las diversas corrientes
del partido?
La amenaza de que eso pueda pasar a
nivel nacional muestra que el problema no lo tiene el partido como marca, sino
su líder. Y si llega a ocurrir nos encontraríamos ante el más “Redondo”
de los escenarios para el PSOE: su conversión una vez más en un Rey Sol del
centro, situando a su izquierda una amalgama de radicales, populistas y
nacionalsocialistas y a su derecha un Vox fácilmente caricaturizable por RTVE,
Atresmedia y Mediaset como “franquista” y “extremista”.
Y nada complacería más a Sánchez
que contar con un PP deseoso de aprobar cualquier acuerdo que le dicten para
justificar su imaginaria futura llegada al sillón presidencial.
A.C.G.
