El Tercer Mandato


 “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.”

Abraham Lincoln, 16º presidente de los EEUU.

Limitado por las medidas contra el Coronavirus, y rodeado por 25.000 soldados de la Guardia Nacional apostados en las cercanías del Capitolio, Joe Biden ya ha jurado el cargo como presidente de los Estados Unidos de América. El 46º de una larga lista que arrancó en 1.789 con George Washington, tuvo una investidura que sin duda pasará a la historia por las excepcionales circunstancias en las que se produjo.

Sin embargo, aunque la ausencia física era palpable, no sucedía lo mismo con la virtual. Todos los ojos del mundo, en especial desde el vergonzoso asalto al Capitolio del 6 de enero, se mantenían fijos en el mismo emplazamiento, dando una clara muestra de la importancia que el contexto político estadounidense supone para el orbe.

La insurrección antidemocrática protagonizada por los más fanáticos seguidores de Trump, alentada por el propio presidente saliente, seguro que alegró a buena parte de la izquierda y los medios de comunicación, quienes desde hace 5 años se habían enfrascado en una constante e inmisericorde campaña mediática de ataque y derribo contra el republicano, acosado sin piedad como nunca antes otro en su posición. Ni Clinton con sus excesos sexuales, ni Bush con sus guerras y mentiras, ni la campaña de espionaje de Obama contra los líderes europeos sufrieron tal sistemática manipulación mediática que ha hecho que los europeos consideren al expresidente poco menos que un dictador, un loco o un ser despreciable.

Pero si hasta ahora las televisiones y periódicos solo podían limitarse a repetir machaconamente mantras del tipo “Trump malo, Biden bueno” en tertulias y artículos unidireccionales, incapaces de proporcionar argumentos sólidos o salirse del guion, la egolatría malcriada de Trump y su incapacidad a la hora de aceptar la derrota, les ha brindado la perfecta justificación de profecía autocumplida.

Solo han hecho falta 4 años de populismo trumpista para que el ejemplo por excelencia de democracia liberal fuese asaltado por una turba armada y organizada. Ante la pasividad de la Guardia Nacional al servicio de Trump, todo el sistema dependió de la voluntad de un solo hombre. Si el vicepresidente Mike Pence hubiera cedido ante los chantajes del expresidente por su “falta de valentía”, y hubiera bloqueado a Biden, podríamos estar hablando ahora de un escenario distinto, donde el vacío de legalidad hubiera provocado que cada alto cargo de la administración, y los propios mandos militares, tendrían que optar entre una u otra lealtad en una sucesión de declaraciones que hubiera generado respuesta en la población de todo el país. Una sociedad, recordemos, especialmente armada.

No es de extrañar, por tanto, que en su discurso inaugural el ya presidente apelase a la unidad nacional y anticipase que uno de sus principales objetivos fuese cerrar las heridas internas. Pero no hace falta ser muy viejo para saber que la mayoría de los llamados a la “unidad nacional” suelen acabar en palabras huecas.

Por su parte, Trump no se lo pondrá fácil merced a su campaña de difamación, calumnias y falsedades que han deslegitimado su nominación a ojos de millones de personas, sumidas en sus cámaras de eco personales. Deberá enfrentarse a eso, hacer notar, por ejemplo, como los abogados del expresidente hacen continuas declaraciones públicas sobre irregularidades mientras que, en la Corte, tras el juramento, contradicen sus propias afirmaciones admitiendo su incapacidad para probar sus palabras.

Si sus palabras son sinceras, no puede ceder ante la hiperlegitimada ala izquierda demócrata comandada por el “Escuadrón” de Cortez, deseosa de embarcarse en una caza de brujas que coarte la libertad de expresión bajo la justificación de los discursos de odio o extremismo, imponiendo un adoctrinamiento cultural y una narrativa progresista que acabe purgando a cualquier disidente. En este caso, Biden tiene que entender que la batalla que se está librando en la actualidad no es entre derechas e izquierdas, sino entre populistas y demócratas.

Porque este feudalismo moderno no es solo de derechas. Aunque en el último lustro la lupa se ha centrado en exceso en los Estados de la Biblia y su supremacía blanca, machismo intrínseco y nacionalismo cristiano, no es menos peligroso (y más insidioso por su permeabilidad y buena prensa) el feudalismo izquierdista ideado en las universidades de élite, y apoyado por algunos millonarios tecnológicos de Silicon Valley, sumido en nuevos delirios identitarios racistas o de género, cargados con la superioridad moral de los justos y dispuestos a apoyar cualquier tipo de asalto callejero o método antidemocrático mientras persiguen imponer su modelo de “hombre nuevo”.

Lo más importante, pues, empieza a partir de este punto. ¿cómo gobernará Biden? Ha tenido el apoyo unánime de los medios de comunicación, que lo han promocionado casi como el nuevo Mesías, aquel que viene a salvar al mundo de todos los males. El legado que se ha encontrado no es precisamente el mejor, un país arrasado por la pandemia, la crisis económica y la división social, y su éxito dependerá precisamente de como aborde estos temas.

Los dos primeros no deberían suponerle un desafío demasiado complicado. A pesar de lo que uno podría pensar al leer los diarios, la pandemia no desaparecerá ni será más plácida solo porque el turnismo en la presidencia se haya completado. Sin embargo, con el actual ritmo de vacunación resulta bastante seguro predecir que EEUU alcanzará la inmunidad de grupo antes de terminar el año, lo que permitirá cerrar uno de sus capítulos más oscuros de la historia reciente. En cuanto a la crisis, mientras no incurra en las dulces mieles de las políticas intervencionistas socialistas, la economía estadounidense se caracteriza por ser dinámica y resiliente, por lo que, si se la deja funcionar con poco más que algún plan de estímulo, esta acabará encontrando el mismo camino que transitaba hace justo un año.

Los mismos medios, actores de Hollywood, artistas y académicos que se encargaron de crucificar a Trump por el más mínimo detalle, ahora se encargarán de disimular hasta el más grande de sus fallos, excesos y arbitrariedades. Puede servirse de ello como Obama lo hizo, cuyas promesas de traer justicia, libertad y paz al mundo, su garantía de amistad con Europa, su apoyo a la inclusividad, su compromiso con el desarme nuclear, su voluntad de paz hacia Oriente Medio y su conciencia climática le valieron el devaluado Premio Nobel de la Paz.

Sin embargo, en sus 8 años apoyó las primaveras árabes de 2.011 con consecuencias que todavía padecemos, espió sistemáticamente a todos los líderes europeos electos democráticamente sin apenas escándalo social, mantuvo abierto Guantánamo a pesar de sus promesas, declaró guerras, invirtió 350.000 millones de dólares para modernizar el arsenal nuclear, fracasó en su proyecto social, potenció el fracking de combustibles fósiles, buscó el liderazgo hegemónico del Imperio estadounidense, exportó el doble de armas que Bush en sus 8 años de mandato y deportó más inmigrantes en cualquiera de sus legislaturas que el propio Trump.

Bajo Biden se volverán a recuperar las formas y el talante, pero el fondo y las estrategias no variarán en exceso más allá de la eliminación de las estridencias y bravatas infantiles del anterior magnate. El “America First” dejará paso al “America again” como excusa para potenciar la producción nacional, los aranceles a China no se levantarán de la noche a la mañana, se reavivarán conflictos con Rusia en su área de influencia (Ucrania, Siria…), la cuestión migratoria, más allá de los gestos, se mantendrá por la feroz oposición de los inmigrantes legalizados por el miedo a perder su trabajo y dudoso es como convertirá al segundo país más contaminante de la Tierra en un modelo ecológico.

Tantas alabanzas, tanto apoyo mediático, tal vez sea un regalo envenenado, pues puede hacerle caer en la misma burbuja ilusoria de autocomplacencia que dominó el último mandato de Obama y que lo separó de la América real. Biden tiene fama de ser pragmático y moderado, y así lo podemos comprobar con el Gabinete que ha conformado, repleto de grandes figuras del viejo establishment demócrata.

Es esencial que entienda por qué Trump ganó las elecciones de 2.016 con 65 millones de votos y por qué en 2.020 74 millones lo volvieron a elegir. No fue porque decenas de millones de personas se volviesen de repente peligrosos fascistas, racistas, machistas y homófobos. Suya será la responsabilidad de que dentro de 4 años estemos mejor (o peor) que en la actualidad.

“Ha ganado la democracia”, enunció Biden en su discurso inaugural. Y es verdad, por muy sonoras que sean las pataletas de Trump. Pero que no se le olvide que la democracia también ganó con Trump en 2.016 a pesar de las impugnaciones demócratas a cuenta de la trama rusa. Y también lo hizo en 2.012, 2.008 y 2004 y todas las anteriores, porque la legalidad no triunfa solo cuando gana el que uno apoya.

A.C.G.

Entradas populares