Republicanamente Monárquico

 


“Una nación no es sólo su Historia; es también un proyecto común que mira hacia el futuro”.

Discurso de proclamación, Felipe VI.

La Corona, uno de los últimos símbolos de unidad que quedaban inmaculados en España, ha comenzado a encajar ataques, incluso desde el mismo poder, en la figura de Juan Carlos I, aquel que arbitró la Transición e impidió el fallido Golpe de Estado. Realmente, no se puede decir que se lo haya puesto difícil una vez destapados los trapos sucios que se entretejían paralelos a su impunidad y su talante “campechano”, de mano rápida y bragueta abierta.

Tampoco han ayudado las actuaciones de la Casa Real, quien, a pesar de haber aplazado por el momento los sueños húmedos de no pocos políticos de ver al viejo monarca comparecer, no ante los jueces que apenas respetan, sino ante unas Cortes donde ellos mismos se erigirían como sumos condenadores desde sus amados atriles, no ha conseguido esquivar la polémica. Su Majestad Felipe VI, a pesar de las dificultades que entrañan repudiar a un padre anciano, debería haberlo hecho siguiendo el viejo consejo de “Por España, todo por España” que el mismo Emérito recibió de su propio padre. Todo por no volver a abrir una vez más ese olvidado y absurdo debate.

¿Por qué es absurdo hablar de república a mediados de 2.020? Porque el republicanismo español, en su inmensa mayoría, no es democrático. Así de sencillo. Al igual que ha ocurrido con tantos otros términos de noble imprenta (feminismo, democracia, progresismo, igualdad o ecologismo), el significado original ha sido canibalizado por el populismo de izquierdas para darles un significado diametralmente opuesto acorde a sus intereses. Gracias a ello bien puede uno estar a favor de las tesis primigenias, la igualdad total de derechos entre hombres y mujeres, pero ser acusado de machista si se rechaza cualquiera de los absolutos dogmas de fe del nuevo feminismo. La trampa es sublime, pues al esconder sus acciones tras términos tan relucientes es casi imposible discrepar sin ser acusado de atacar la idea original.

Así “Democracia popular” se convertiría en la dictadura de las nuevas élites políticas y culturales autoproclamadas portavoces del pueblo. “Ecologismo” significa ya poco más que socialismo anticapitalista clásico con coartada ambientalista en vez de obrera. La nueva “Igualdad” es la exaltación a ultranza de los nacionalismos, identidades particulares y cualquier cosa de lo que antaño llamábamos fascismo y “Progresismo” políticas sociales y puritanismo semejante al de la Derecha de los tiempos del “destape”.

En contraposición queda la Monarquía, a cuyo término original se ha aferrado el populismo sin atender a circunstancias de ningún tipo. No se cansan de denostarla por medieval, como si la república fuera un invento moderno, mientras defienden radicalmente los medievales fueros históricos del País Vasco o los reaccionarios privilegios políticos, económicos e industriales concedidos a Cataluña por Felipe V, Franco, Pedro Sánchez o cualquier otro sentado en el poder durante los últimos 300 años.

Debería ser obvio a estas alturas que monarquía es tan sinónimo de autoritarismo y pobreza como república de democracia o progreso. Solo hay que ver que de los 20 países más ricos del mundo, 12 son monarquías y que, los 20 más pobres son, sin excepción, repúblicas. Y también convendremos que cualquiera preferiría antes la monarquía danesa o la república alemana que la república socialista cubana o la monarquía saudita. Al menos eso espero, pues el republicanismo mayoritario español parece sentirse más cómodo con repúblicas autocráticas como la venezolana que por otras jacobinas o capitalistas como la francesa o la estadounidense, respectivamente.

Y si ese republicanismo español, el único espectro de la población que verdaderamente parece nostálgico de otras eras que creíamos superadas, ni siquiera reconoce la legitimidad de una Constitución, la del 78, aprobada por una aplastante mayoría soberana, ¿cómo podríamos confiar que respetaría las endebles mayorías electorales de su tan ansiada república? Más aún, con sus antecedentes, ¿quién nos garantizará que se mantendrá el Estado de Derecho y no se transicionará de una democracia parlamentaria plena a un régimen autocrático con apellidos de republicano, anticapitalista, federal, foralista, socialista, identitario, feminista y ecologista?

Aunque parezca un oxímoron, no hace falta una república para practicar el republicanismo, pues son sus ancestrales valores los que defiende la Corona en España hoy en día. Los valores monárquicos, sin embargo, en su sentido más arcaico, bien podrían representarlo el populismo de izquierdas encuadrados en formaciones políticas lideradas por reyes indiscutibles e, incluso, algunos como Podemos, por una familia real al completo. Republicanos confesos gracias a algo tan ajeno al régimen monárquico como la “tradición familiar”.

Porque el actual republicanismo no está sustentado por ningún tipo de reflexión intelectual de pensadores serios (¿cómo iba a estarlo si Marañón, Unamuno, Ortega y demás abjuraron en su momento del monstruo que ayudaron a crear?), sino por simples eslóganes y proclamas adolescentes, de los de pegatina en carpeta y post en Internet, utilizado por el viejo afán de demoler el Estado a cambio de demagogias, chiringuitos y cacicadas locales.

La república, por tanto, no es más que un paraíso a la carta, una utopía indeterminada con tantas versiones como demagogia quiera hacerse. Por esa razón no hay que hacer caso de ningún tipo de encuesta sobre el tema; todas están viciadas, pues gran parte de los que se afirman republicanos únicamente conciben su criatura presidida por Iglesias, Sánchez, Évoles o compañía, pero ¿cuántos de ellos aceptarían una república encabezada por Aznar o Abascal?

Otra objeción sería su apoyo sistemático a las iniciativas del nacionalismo periférico a la hora de blindar o ampliar sus inconcebibles privilegios, el verdadero y singular régimen medieval que aún permanece vigente, el único que realmente impide la igualdad de todos los ciudadanos españoles. Encabezado tradicionalmente por el nacionalismo vasco y catalán, se han apuntado ya valencianos, baleares, navarros, asturianos, leoneses, gallegos y turolenses merced a los buenos resultados cosechados para sus castas políticas. Que estos partidos nacionalistas se cuenten entre los más enfervorizados republicanos nos debería hacer recelar sobre esta supuesta república dispuesta a blindar sus privilegios señoriales.

Si de verdad nos consideramos una sociedad madura y democrática, deberíamos comenzar a atender a los hechos y dejar de lado las palabras, tan volubles y manipulables. Y no existe ningún hecho que nos permita evidenciar una verdadera tradición republicana en la actual España. Y mientras esa tradición no se desarrolle, un demócrata tan solo puede escoger entra las dos opciones válidas: Constitución del 78 o Frente Popular, o como quieran hacerse llamar en cada tiempo.

Recordemos que la corrupción o el mal hacer manchan a las personas, no a las instituciones. Si no poca democracia nos quedaría o poco Gobierno habría, pues el PSOE de los EREs ya habría sido ilegalizado, el PP de M. Rajoy demolido y el Podemos imputado desterrado de la política.

Al final no son las palabras lo que importan, solo los hechos. Y mientras tanto, a un demócrata solo le queda gritar ¡Viva el Rey!

A.C.G.

Entradas populares