Divide et Impera


“Si no puedes ganar, asegúrate de no perder”

Johan Cruyff.

“Con tal de que no gobernara la CUP, el PP permitió al PSC gobernar en Badalona. Con tal de que no gobernara el PP, el PSC estaba dispuesto a pactar con la CUP”. Pocas frases simbolizan mejor, como esta de Andrea Mármol, el modelo de país que persiguió implantar Zapatero desde 2.004 y que Sánchez lo ha elevado a dogma de fe. Porque Badalona no es la excepción, es la regla. A día de hoy para la izquierda cualquier cosa, literalmente cualquier cosa (ERC, CUP, PNV, Bildu…), es preferible a un gobierno de derechas.

Y es que las repetidas encuestas muestran como frente al peor gobierno del planeta en su gestión de la epidemia y la crisis económica, que se ha dedicado a propagar bulos durante toda la pandemia, que está siendo objeto de mofa y repudia por la mayoría de medios internacionales, que ha jugueteado con la idea de monitorizar las redes sociales en busca de disidentes, que ostenta el récord mundial de médico infectados, que se ha saltado sus propias cuarentenas… apenas se hace mella en el electorado de izquierdas.

Es triste ver como los bloques permanecen inamovibles, como grandes sectores de la sociedad se muestran más indignados por el sacrificio de un perro o el asesinato de un ciudadano estadounidense que por la muerte de 43.000 españoles, muchos de ellos padres, amigos o abuelos suyos. Esta situación exaspera y frustra al PP, sumido en un vaivén sin rumbo ni sentido, pues son incapaces de imaginar como derrotar a alguien cuyos votantes prefieren todos los males del mundo y todas las víctimas necesarias con tal de no dar la oportunidad de que se les demuestre que pueden llegar a estar equivocados. Por ello, mientras algunos líderes no dudan en subirse al carro de Vox, otros tiemblan y retroceden aterrados, espantados ante lo que dirán sobre ellos las editoriales de “El País” o la gente que jamás les votará. Ambas opciones, tanto el aumento de la crispación como la sumisión y la falta de discurso favorecen a Sánchez. ¿Qué ocurre cuando una fuerza imparable se enfrenta a un objeto inamovible?

Sánchez y sus “redondos” asesores sí que han entendido con facilidad la situación. Por eso leen los sentimientos y emociones de sus votantes y, más importante, de sus adversarios, mejor de lo que ellos hacen con los suyos propios. Por eso los manejan como títeres, marcan en todo momento la agenda mediática consiguiendo en el proceso que, durante la peor gestión de la historia moderna de España, aún se cuelen en el debate los disturbios raciales en EEUU o la responsabilidad de la oposición en buena parte de las muertes.

Los espacios están muy bien diferenciados y definidos. Sin oposición en el centro izquierda tras la huida de Cs, el PSOE puede hacer lo que le plazca sin que por ello le dejen de votar, pues incluso los más moderados de sus votantes huirán en todo caso a la abstención antes de correr el riesgo de provocar que por su voto Vox acabase llegando al poder. Estrategia sublime de demonización que permite que el votante socialista prefiera pactar con los terroristas que hasta hace poco les mataban, y que no han repudiado el haberlo hecho, antes que con otras víctimas, por muy derechistas que estas sean. Y por supuesto, no pierde el tiempo en intentar que algún votante del lado contrario cambie de papeleta.

No les hace falta, ya se han encargado de desdibujar a la derecha en dos facciones: la derecha moderada (PP y Cs), a la que de vez en cuando pueden demandar pleitesía, y la extrema extrema derecha (Vox). Una división absurda en la que los tres partidos entraron enfervorizados. Así, la parte socialdemócrata del PP se lanzó a la “moderación” bajo el experimento de “España Suma” con Cs. El problema con ello no es si ambos partidos suman o restan en determinados territorios, sino que los votantes de los primeros no se parecen a los segundos. Puede parecerlo a simple vista, pero esa realidad esconde muchos matices.

Los azules, azules son, afincados en la derecha democristiana, el centro derecha conservador y en unos valores bastante más semejantes a los postulados del partido de Abascal (repleto de ex del PP) cuando rebaja el tono populista, que a la esencia liberal-progresista de Cs. Y así, ese intento de fusión bancaria no aglutinará ningún voto, pues los más conservadores huirán a Vox, que tiene, marca y relato, cansados de que la moderación suponga aceptar los preceptos de la izquierda; mientras que los naranjas, muchos rojos por dentro, preferirán endosar las filas de la abstención antes que decidir entre Sánchez y Vox, ambos iguales de terribles por lo que han visto de uno y por lo que le han hecho imaginar, sin que nadie se lo rebatiese, de los otros. El agua pasando de vaso a vaso entre los tres partidos al servicio de la Moncloa.

Perdida por incomparecencia la batalla del relato, debe comenzar la remontada y para ello sobra un partido. Por eso es inevitable una refundación de la derecha conservadora que sea capaz de aglutinar a los votantes de PP y Vox, bastante similares, capaz de presentar un relato y una alternativa coherente al camino marcado por el PSOE, mientras que Cs vuelve a su función original de ser útiles a izquierda y derecha.

¿Por qué? Porque incluso en 2.011, sumidos como estábamos en los peores estragos de la crisis económica, sin más perspectiva que un rescate traumático y un desempleo y una miseria creciente, la izquierda cosecharía un 36% de votos y el centro izquierda moderado de UPyD un 5%. Sumados los nacionalistas, si en aquel entonces el 54% de la población española fue incapaz de cambiar, ¿qué les hace pensar que esta vez será diferente? Más aún cuando ya no existe un único partido que saque rédito absoluto del 44% restante.

Así que, asumiendo que ese 36% de fanatismo religioso de la izquierda no ha crecido en estos años, una vez aglutinado el ciego voto conservador en una candidatura solvente, será labor de Cs aglutinar con una propuesta liberal, progresista y reformista al pequeño % de votantes dispuesto a que su voto sirva para investir gobiernos de uno u otro color, mientras no sean hunos u hotros, y, más importante, al otro pequeño % de votantes de centro izquierda que, a pesar de situarse en contra de todas las acciones de Sánchez y los suyos, son fanáticamente incapaces de votar a la derecha.

Porque Sánchez no es ninguna fuerza inamovible y lo cierto y verdad es que ya ha sido derrotado con anterioridad. Dos veces en realidad. La primera fue cuando su propio partido le obligó a dimitir tras intentar dar un pucherazo fraudulento en las votaciones internas y la segunda cuando ERC se negó a apoyar los presupuestos generales de 2.019. No hace falta ser un excelente estratega para dilucidar el común denominador de ambos fracasos. En los dos casos la razón de su descalabro fue que el causante tenía en posesión algo que Sánchez necesitaba: los votos para atrincherarse en el poder.

El talón de Aquiles de Sánchez es su propio ego, su inmensa ansia de poder despótico y la tremenda posición de debilidad en la que esto le coloca al no concebir otra manera de obtenerlo que la traición y la mentira, dejándolo incapacitado, casi genéticamente, de forjar alianzas sinceras con socios fiables. Por eso con Sánchez se acaba de la misma forma que él acaba con sus adversarios: traicionándole. Pero para poder realizar algo así, primero hace falta estar en posición para hacerlo. Es decir, hay que permanecer a su lado y esperar que acabe por ponerse en tus manos con tal de garantizarse unos minutos más de poder.

Los nacionalistas y Podemos lo han entendido y lo utilizan en beneficio propio. Vox y el PP no y por eso jamás podrán vencerlo, porque el presidente no necesita en absoluto sus votos y el frentismo que generan sigue aupando sus resultados electorales. En contra de la estrategia de acercamiento juega la personalidad del propio Sánchez, su narcisismo y su soberbia, tan vistosa, tan visceral, que hace especialmente complicado para cualquier político con algún tipo de moral unirse a él. De ahí que sus socios preferentes sean siempre los peores entre los españoles (Bildu, Podemos, ERC…), aquellos cuyo odio a la democracia liberal, a España y a sus conciudadanos supera cualquier escrúpulo moral. 

Ese fue el gran escollo que Rivera no pudo superar, porque acertó con el diagnóstico, son una banda, pero erró con el remedio. Deslumbrado por la ambición de sus resultados, se olvidó de que para gobernar un país basta con tener los apoyos suficientes para influir y quiso ganar a Sánchez en su propio juego mientras terminaba de comerse al PP. Arrimadas está desandando ese camino y lo correcto de su decisión se demuestra en que un solo de Cs ha generado más grietas en el gobierno de coalición y los nacionalistas que meses y meses de frentismo. Tanto terror que incluso se lanzaron a los brazos de los herederos de ETA, sirviéndoles en el proceso la cabeza de los millones de trabajadores amparados por los ERTEs de la Reforma Laboral, con tal de ahuyentar a la formación liberal.

Sin embargo, mientras los grandes partidos de la derecha no lo comprendan, y parece que aún queda camino por recorrer, los dueños del cortijo seguirán siendo los nacionalistas, los cantonalistas y el populismo y falangismo sociológico de Podemos. El sanchismo a fin de cuentas.

Paciencia. Queda Gobierno de coalición para rato.

A.C.G.

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