Igualdad, Justicia, Feminismo


“El feminismo es la habilidad de elegir lo que quieres hacer” Nancy Reagan

¿Quién es feminista? Para mí, un feminista es cualquiera que reconozca la igualdad plena entre mujeres y hombres e intente llevarlo a cabo mediante una lucha compartida entre ambos sexos, sin distinción ninguna entre ellos ni imponiendo un género por encima del otro. Pues, como bien decía Gregorio Marañón, “Masculino y femenino no son dos sexos superiores o inferiores el uno al otro. Simplemente son distintos”. Soy feminista y, en mi opinión, este es uno de los pocos temas que no permiten las medias tintas. Si no eres feminista eres machista, y punto.

Desde que las primeras mujeres protestaron contra las injusticias que les acosaban hasta nuestros días se han obtenido multitud de logros. Hoy en día la mujer es más libre y plena que cualquiera de sus ascendientes pudo serlo y la justa igualdad cada día parece más factible de lograr. Pero claramente no es suficiente. Aún quedan muchos ámbitos sobre los que se debe de actuar para eliminar las últimas trabas que impiden que un hombre y una mujer sean tratados como iguales.

Por eso siguen siendo tan necesarias propuestas como las de Islandia, donde las empresas deberán mostrar públicamente los salarios que pagan a todos sus empleados. Pero también son imprescindibles otras medidas: eliminar cualquier castigo referido a sexos y no a conductas en el Código Penal, permisos de maternidad y paternidad iguales y no renunciables para impedir la discriminación, mayor concienciación y educación, impedir que la mujer denunciante por violencia de género pueda echarse atrás y se anule el juicio… por eso indigna que Mariano Rajoy crea que la desigualdad entre hombres y mujeres en materia laboral no es un asunto que competa al Gobierno: “No nos metamos en eso”.

A pesar de nuestro Gobierno, la sociedad española lidera el mundo occidental en materia de igualdad y tolerancia. En España, la tasa de feminicidios fue en 2016 de 5,2 por millón de habitantes, notablemente por debajo de la de la UE (11,7) o EEUU (39,6). Por otra parte, el 20% (que no es poco) de las españolas declaró haber sufrido alguna vez algún tipo de acoso, significativamente por debajo de la media de la UE (33%). Cifras que, sin embargo, aún dejan mucho margen de mejora.

Por suerte, una gran proporción de hombres y mujeres coincidimos en que los roles tradicionales deben dejar de repartirse por géneros y pasar a ser una voluntad individual. Pero para hacerlo necesitamos aplaudir con las dos manos, porque una sola no aplaude. Hombres y mujeres, distintos, pero no superiores o inferiores, complementarios, deben unirse para contribuir con su diferencia a un nuevo modelo que elimine cualquier desigualdad y abuso de poder. Por eso son necesarios movimientos como #MeToo. Al menos en sus inicios.

Señalaba Margaret Atwood que el movimiento #MeToo había sido una oportunidad para que muchas mujeres pudieran denunciar un abuso que seguramente no hubiera logrado obtener una audiencia imparcial por parte de las instituciones. Pero el movimiento parece estar degenerando en algo más. Como dice Atwood: “Para tener derechos civiles y humanos para las mujeres deben existir derechos civiles y humanos. Punto. Incluido el derecho a la justicia fundamental”. Mucha gente parece estar aprovechando el movimiento simplemente para imputar a otros delitos sin pruebas, aniquilando su honra, su carrera y su reputación sin que se haya abierto siquiera una causa judicial contra ellos o se haya probado delito alguno. Volvemos a los viejos tiempos, cuando el acusado era culpable hasta que probase lo contrario. Aunque esta vez sin que siquiera empiece el juicio pues este resulta ya irrelevante. Aunque se llegase a celebrar y el acusado resultase inocente, esto no serviría para aplacar a algunos.

El feminismo no se basa en odiar al hombre, es luchar contra la absurda distinción entre géneros. Este concepto que las primeras feministas tuvieron que repetir de multitud de formas para convencer a tantos hombres sobre la nobleza de su propósito bien podría volver a ser esgrimido para recordárselo a muchas de esas que se hacen llamar feministas de tercera ola y que más bien podrían considerarse como antifeministas disfrazadas.  

Cuando un movimiento social, cualesquiera que sean sus fines, no permite crítica alguna acaba convirtiéndose en dogma e Inquisición; y eso es lo que está pasando ahora. Cuando una ideología se transfigura en religión, cualquiera que se atreva a protestar, aunque sea por un pequeño matiz, es visto como un hereje o un traidor. La discrepancia es anatema. Si cien intelectuales francesas publican un manifiesto argumentado y razonado advirtiendo de un creciente puritanismo contra la sexualidad y las libertades, al instante los insultos y el boicot llega. Algunos grupos, liderados, valga la ironía, por mujeres que se hacen llamar feministas, les niegan su capacidad y autonomía como mujeres mientras las reducen a peleles, despreciando a aquellas que osan no concederles la razón en todo.

Es una pena que el feminismo esté siendo secuestrado por una escuela de pensamiento único, monolítico y totalitario, que pretende ser la voz de todas las mujeres, nunca de los hombres, siendo tan solo la de un grupo. Sus métodos son visibles: acusación, condena y ostracismo en un orden y una intensidad tal que no deja la posibilidad de responder o de defenderse. Una ideología que, más allá de denunciar los abusos de poder, toma el rostro del odio a los hombres y a la sexualidad capaz de lanzar lindezas como que “todos los hombres son potenciales agresores”. Las primeras feministas pedían a los machistas recordar a sus madres, hermanas e hijas cuando se dirigían a ellas. Con estos grupos bien podríamos hacerlo a la inversa. Recordarles que hay algunos hombres que matan y hacen cosas horribles, al igual que algunas mujeres. Se les llama asesinos, delincuentes. Los hombres no van por ahí matando y violando mujeres, aunque haya algunos individuos repugnantes, cobardes y malvados que lo hacen. Estos grupos, siempre tan pendientes del lenguaje, deberían tratar de ser un poco más rigurosas con el mismo.

También debemos apartar de nosotros el espectro del revisionismo cultural, de la nueva e insidiosa censura que pretende reescribir la literatura, refilmar el cine y renarrar la historia. Disparates como cambiar el final de la ópera Carmen de Bizet para que sea la protagonista quien mate a su maltratador, o la retirada de cuadros, poemas o pinturas, algunas por mostrar a jóvenes en posición sensual, otras por mostrar ninfas desnudas tan solo como un “sujeto pasivo y decorativo”. Eliminar el cuerpo femenino y la libertad sexual tan difícilmente obtenida.

Para algunas de estas, las mujeres que piensan distinto a ellas son menos mujeres. Y no solo deben comulgar con su visión del feminismo, sino con su visión ideológica de la política. Es ridículo que mujeres que dicen luchar por los derechos de su género les dicten normas a otras mujeres sobre lo que pueden o no hacer. Normas que están obligadas a obedecer y cumplir si no quieren ser relegadas. Resulta paradójico como este nuevo feminismo, tan proclive a las cuotas y la victimización, acaba por ser machista en su visión de la mujer. Al final va a resultar que el machismo y este “neofeminismo” coinciden en lo esencial: ambos consideran inferiores a las mujeres. Que lastima que no impere el feminismo de Marie Curie: “Nunca he creído que por ser mujer deba tener tratos especiales, de creerlo estaría reconociendo que soy inferior a los hombres y yo no soy inferior a ninguno de ellos”.

Para acabar me gustaría señalar una crítica y una recomendación. La crítica, primero, va hacia el movimiento #MeToo. Es necesario denunciar todos los abusos que se cometen impunes, pero me resulta extraño que las actrices que hicieron sus carreras prestando todo favor imaginable a monstruos como Weinstein ahora sean tratadas como justicieras. Me resulta extraño porque aquellas que no consintieron aceptar su relación, las que mantuvieron su dignidad y principios, no han tenido tanta representación ni apoyo. Tal vez porque ahora no figuran en las listas de famosas.

La recomendación es que el feminismo debería mirar hacia el mundo islámico. Resulta hipócrita hablar de micromachismos cuando hay mujeres sometidas y maltratadas en nuestras mismas fronteras. Mientras en Irán las mujeres se arrancan sus velos para reclamar libertad y son ajusticiadas por ello, en España nos venden que el velo es un ejemplo de feminismo y liberación. Se deberían replantear ciertos dogmas y no tener miedo de atacar a ciertas religiones.


Además, tiene que haber alguna diferencia entre que te prohíba ser azafata un clérigo saudí o lo haga una feminista, pero vete tú a saber cuál.

A.C.G.

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