El Valor de un Rey
Sí
antes de la tarde del martes 3 de octubre nos hubieran pedido un diagnóstico de
la situación del país, todas las respuestas hubieran sido fatalistas o
derrotistas, no solo en lo referido a la autonomía catalana, sino a la misma
viabilidad de España como Estado constitucional. Así de lúgubre era el panorama
y el sentimiento de orfandad política e impotencia al que nos había llevado
Rajoy, primero, dejando pasar tiempo esperando una rendición a motu proprio de
los golpistas; y más tarde, dejando la respuesta al desafío secesionista en
manos de Trapero y los suyos, criaturas del mismo monstruo independentista que
se le encomendaba detener.
Pero
lo más bochornoso estaba por llegar en esa comparecencia en la que Rajoy
trataba de pretender que ninguno de nosotros habíamos visto las largas colas de
votantes, incluidos los cabecillas, riéndose de las acciones del Gobierno y, por
ende, de todo el país. También vergonzoso fue observar como ese mismo Gobierno apartaba
la vista cuando policías y guardias civiles eran escracheados, humillados y
expulsados de los hoteles como perros sarnosos. Puigdemont y los suyos se las
prometían muy felices sin que nadie pareciese capaz de detenerlos, Pablo
Iglesias se frotaba las manos ante el previsible efecto dominó que provocaría
la implosión de la democracia y multitud de órganos se aprestaban a la
hipócrita mediación entre dos instituciones legítimas y semejantes. A esas
alturas del martes no cabía nada más que una tétrica sensación entre los
defensores del orden constitucional.
Pero
entonces habló el Rey. Invirtiendo las tornas, dejando la inanidad para el
presidente y asumiendo todos los riesgos del ejercicio del liderazgo, Felipe VI
se puso a la cabeza de la resistencia institucional contra el golpe en unos
instantes tan cruciales para la historia de nuestro país. La labor entre
bambalinas del Rey sirvió para sentar las bases del acuerdo entre las
diferentes fuerzas políticas frente al desafío soberanista, siempre en
permanente contacto con Rajoy, Rivera y Sánchez, su labor pública fue
ejemplarizante. El discurso de Felipe VI fue como un chute de adrenalina
colectivo. Los policías y guardias civiles se sintieron por fin respaldados y
los jueces y fiscales entendieron que todo estaba en sus manos. Pero, sobre
todo, movilizó a los ciudadanos de a pie.
Si
hasta entonces los españoles se habían limitado a sacar las banderas a los
balcones y tragarse la frustración y la rabia, de repente comprendieron que
podían hacer mucho más. Fue un impulso contagioso. Fue el germen de la guerra
económica contra los malvados. Unos se cambiaron de banco, otros cancelaron
vuelos y hoteles, algunos promovieron el boicot… el terror al castigo de la
Bolsa precipitó los acontecimientos. Los grandes bancos, cuya primera patria
son sus clientes, rápidamente soltaron amarras de la autonomía que se hundía y,
tras ellos, miles más los siguieron. De repente, el bastión separatista,
insensible a todos los demás argumentos de la razón, la lógica, la igualdad o
la solidaridad, sintió el vértigo de verse sitiado por el bolsillo haciendo
frente, gracias al Rey y su labor de mediación reconocida en la Constitución,
por primera vez, a un frente democrático unido.
Las
reacciones de la izquierda radical y de los secesionistas eran de esperar y la
virulencia con la que se han lanzado Iglesias y los suyos contra la yugular del
monarca mientras reanimaba a la narcotizada presa demuestran cuan acertado ha
sido el trabajo que ha realizado Felipe VI. El miedo los invadió cuando se
percataron de que las palabras del Rey eran el punto de inflexión que permitía
que los españoles despertásemos del aturdimiento provocado en que nos
encontrábamos, poniendo punto y final a su proyecto de disolución del régimen
constitucional democrático por el que
nos regimos. Fue la primera vez que escuchamos claramente lo que estaba
aconteciendo en Cataluña: “El inaceptable intento de secesión de una
parte de la nación, la irresponsabilidad de sus dirigentes dividiendo la
sociedad y saltando por encima de las leyes y la Constitución”. Las
palabras de Felipe VI fueron acertadas y un bálsamo para la sociedad que pudo
comprobar que su Rey estaba con ellos y un jarro de agua fría para las huestes
moradas.
En
cualquier partido se miente. En todos. La mentira no tiene color político. De
Podemos lo que sorprende es su escala y su pragmatismo. Han sido capaces de
cruzar todas las líneas rojas, incluso hasta socavar el Estado Democrático de
Derecho. En estos días han trazado un nuevo eje del mal: el Bloque monárquico vs la España democrática. El nuevo mantra.
Apropiarse de la democracia frente a ese bloque monárquico. Es común en todos
aquellos a los que les falta democracia llenarse la boca de ella o incorporarla
en sus siglas. Cualquier ciudadano sensato refutaría unas afirmaciones tan
burdas, pero el problema no son sus descaradas mentiras, sino que hay millones
de almas dispuestas a creer todo lo que enarbolen Iglesias y sus seguidores.
Cuando
proclamaron, tras la aplicación del 155, que “se ha suspendido la
democracia”, su mantra atravesó las redes sociales y las televisiones con
la fuerza de una bala. Sería inútil pararse a razonar que en una democracia
suspendida nunca podrían dar esas ruedas de prensa subversivas. Podemos ha
desplegado una batería de mentiras deliberadas, eslóganes vacíos y medidos, sin
escrúpulos, destinados a alcanzar sus objetivos. Es inútil perder el tiempo.
Ellos saben que mienten y a los suyos les vale así.
Por
eso han llegado a los extremos de convertirse en la marca blanca de los independentistas
en España, incluso de que sus declaraciones en estos días, tras el justo
encarcelamiento de los golpistas, no presenten matices diferenciadores. Tras
esto, yo me pregunto ¿No da que pensar sobre la idea que tienen de la
separación de poderes quienes tildan de error político una decisión judicial?
Sin
embargo, suscribo completamente algunas afirmaciones lanzadas. No, la cárcel,
es cierto, nunca puede ser una solución. La cárcel es, nada más y nada menos, que
la consecuencia de sus actos.
